Entre la técnica y la sensibilidad, el ingeniero agrónomo y enólogo mendocino Luis Coita Civit construyó una carrera marcada por la búsqueda de identidad en cada terroir. Desde Bodega La Macarena y Finca La Seis, en el valle de Anguinán, impulsa una mirada contemporánea sobre el vino riojano, combinando experimentación, respeto por el lugar y una profunda vocación por el trabajo colectivo.
Luis Coita Civit es ingeniero agrónomo y enólogo nacido en Mendoza, con experiencia en distintas regiones vitivinícolas de Argentina y proyectos que abarcan desde grandes bodegas hasta emprendimientos de autor. Actualmente se desempeña como responsable enológico de Bodega La Macarena y Finca La Seis, donde desarrolla líneas como Tinkunaco y Virtuoso, enfocadas en expresar la identidad del valle de Anguinán, en La Rioja. También impulsa proyectos personales como CoeurSair, centrados en variedades no convencionales y elaboraciones experimentales. Su trabajo se caracteriza por una mirada que combina conocimiento técnico, creatividad y una búsqueda constante de la expresión genuina del terroir.

¿Por qué elegiste estudiar Ingeniería Agronómica? ¿Cómo fue tu llegada al mundo del vino?
Fue un accidente, como muchas de las cosas que pasan en la vida y que terminan siendo trascendentales o definiendo aspectos importantes. Fui a un colegio técnico donde hice una tecnicatura en Enología y conocí a un profesor que me cambió la forma de ver las profesiones a las que podía dedicarme.
Era un docente con una vocación enorme, un ingeniero agrónomo que nos transmitía mucho cariño por el mundo agrícola. En ese colegio también hacíamos vino, conservas y otras actividades que me generaron un cambio de paradigma. Yo estaba entre estudiar dos carreras muy distintas y, gracias a este hombre, terminé rindiendo para ingresar a Ingeniería Agronómica.
Recuerdo que en los últimos años de facultad un profesor dijo algo que me quedó grabado: que el primer trabajo formal probablemente condicionaría gran parte de nuestra vida profesional. Uno de los primeros trabajos que tuve fue haciendo vino. Y acá estamos todavía.
¿Esto fue en Mendoza?
Sí, en Luján de Cuyo.
En el corazón del vino mendocino.
Literalmente.
Si mirás hacia atrás, ¿qué diferencias encontrás entre aquel Luis que empezaba y el Luis de hoy?
Somos personas totalmente distintas, como creo que nos pasa a todos. La universidad es una especie de burbuja, un lugar muy estimulante donde uno descubre constantemente cosas nuevas y posibles caminos laborales.
Cuando uno sale al mundo profesional se encuentra con algo mucho más concreto: estructuras empresariales, roles definidos, responsabilidades claras y sistemas de evaluación. Ahí hay que aprender a funcionar sin perder la creatividad.
En el caso del vino, estamos hablando de un producto donde existe una clara expresión artística. Hay una parte técnica, como en cualquier arte, pero también creatividad. El desafío es lograr que esa creatividad florezca dentro de un sistema que también es un negocio y tiene limitaciones.
Creo que una de las cosas más interesantes de esta profesión es aprender a trabajar con esas limitaciones. La experiencia y la generosidad de quienes te enseñan ayudan muchísimo a encontrar ese camino.

¿Tus gustos también fueron cambiando con los años?
Sí. No sé si podría nombrarte una marca puntual, pero sí estilos o variedades.A medida que uno prueba más cosas, descubre un abanico enorme de experiencias que ni siquiera sabía que existían. Sin embargo, cuando vuelvo a probar algunos de esos vinos que me gustaban al principio, me pasa algo muy especial.
Cuando empecé a hacer vino le llevaba muestras a mi papá. Él tomaba vino todos los días con las comidas, pero no estaba inmerso en el mundo del vino. Conocía tres o cuatro bodegas y tenía su vino favorito.
Yo le llevaba vinos que me parecían increíbles y él los probaba, me decía “muy rico” y después abría el vino que le gustaba a él. En ese momento pensaba: “¿Qué está pasando?”.
Con el tiempo entendí que tenía un paladar muy acostumbrado a ese vino. Hoy, cuando encuentro una botella de ese estilo, la vuelvo a probar porque me conecta con mi viejo, pero también con la inocencia de aquella época. Ahora descubro complejidades que antes no veía.
Creo que uno nunca abandona esos primeros descubrimientos. Los redescubre desde otro lugar.
Es como regresar hacia adelante.
Sí, totalmente.
Una cosa es trabajar para una bodega y otra muy distinta es poner tu nombre en un proyecto propio. ¿Cómo fue esa experiencia con CoeurSair?
Es un camino muy distinto porque aparece la necesidad de encontrar una identidad propia y que esa identidad funcione también como producto.
Uno puede hacer algo que le parezca extraordinario desde lo personal, pero después tiene que enfrentarlo a la evaluación de quienes lo consumen. Para que un vino exista en una vinoteca o en un restaurante tiene que haber demanda.
Entonces aparece un desafío interesante: a veces uno quiere explorar lugares muy específicos del espectro del vino y eso no siempre coincide con lo que busca el mercado.
La parte más linda es que podés llevar una idea hasta el extremo de lo que te gustaría hacer. CoeurSair, por ejemplo, está construido casi exclusivamente sobre vinos blancos y rosados elaborados con variedades poco convencionales y técnicas que difícilmente podrían aplicarse en una bodega grande.
Pero también hay desafíos enormes. No existe una estructura detrás. Todo se hace a pulmón.
Y ahí aparece algo muy lindo: la familia, los amigos, los hijos. Mis hijos van a la bodega, me ayudan a rellenar barricas, han visto cómo funciona todo. Se transforma en algo mucho más íntimo y cotidiano.

¿Cómo fue el encuentro con La Rioja y con el terroir de Anguinán?
La Rioja es un lugar extremadamente diverso. La cordillera tiene un desarrollo mucho más ancho que en Mendoza y eso genera una enorme cantidad de microrregiones con características muy distintas.
Yo ya había estado antes trabajando para una empresa que tenía bodegas desde Mendoza hasta Salta. Habían pasado varios años hasta que volví a encontrarme con la familia Herrera para hablar del proyecto.
Recuerdo que entré a La Rioja por la Ruta 40 y cuando llegué a Guandacol vi una geología completamente distinta. Había formaciones montañosas, colores y movimientos del terreno que no existen en Mendoza.
Ahí tomé conciencia de que estaba entrando a un lugar diferente y que había una identidad por descubrir.
Porque el vino lo hace, en gran parte, la región. El clima y el suelo son los factores más importantes. Nosotros interpretamos eso y tratamos de arruinarlo lo menos posible.
Fue un proceso de descubrimiento que continúa hasta hoy.

El Torrontés de Tinkunaco me pareció un vino bisagra. ¿Cómo nace ese proyecto?
Tinkunaco es una celebración muy importante del noroeste argentino que hace referencia al encuentro de los pueblos. Toda la línea está inspirada en esa idea.
Los vinos no son varietales completamente puros. Siempre tienen algún pequeño secreto, algún juego de cortes que aporta complejidad.
En el caso del Torrontés, incorporamos entre un 3% y un 5% de Viognier, una variedad francesa que se adapta muy bien a las condiciones de la finca.
El Torrontés es una variedad criolla fascinante. Es parte de la identidad argentina y particularmente de la identidad riojana.
Bien riojana: resistente.
Sí, resiliente. Hay distintas variantes, pero el que conquistó al mundo fue el Torrontés Riojano. Si uno encuentra el punto exacto de madurez, logra algo extraordinario: aromas florales intensos, frutas blancas y una acidez que mantiene el vino vivo y equilibrado.
Después sumamos complejidad mediante el uso de barricas usadas, que no aportan aromas agresivos de madera, pero sí permiten una microoxigenación muy beneficiosa para el vino.
Otro vino que me llamó mucho la atención es el Petit Verdot.
Es una variedad interesantísima. Históricamente era utilizada para aportar estructura en cortes de otras variedades. La analogía clásica era que el Petit Verdot era como la pimienta en un plato. Nadie come un plato de pimienta a cucharadas, pero una pequeña cantidad puede transformar completamente una receta.
Hay lugares donde la variedad se vuelve demasiado agresiva. En este clima encontramos un equilibrio muy interesante entre estructura, fruta y frescura. Creo que el Petit Verdot de Tinkunaco representa muy bien lo que esta variedad puede lograr en La Rioja.

Pasemos a Virtuoso. Uno de los aspectos más novedosos es el Carmenere. ¿Cómo llegaron a esa variedad?
El Carmenere es casi un accidente histórico.
Es una variedad originaria de Burdeos, muy sensible a la filoxera. Con el tiempo prácticamente desapareció y fue redescubierta en Chile, donde durante décadas había sido confundida con Merlot.
Cuando llega a Argentina encuentra algo muy particular en La Rioja.
Todo lo que era una dificultad en Burdeos —su ciclo largo, la necesidad de mucha maduración— acá se transformó en una virtud. La variedad llega perfectamente a madurez, desarrolla taninos redondos y una expresión única.
La familia Herrera la había plantado hacía años y durante mucho tiempo esa uva se vendía como producción primaria.
Cuando comenzamos a elaborar vinos propios descubrimos que en todas las degustaciones de cosecha siempre había un Carmenere destacándose.
Ahí nació la idea de hacer un Carmenere 100% de finca y desarrollar una identidad propia para esa variedad.

¿Cómo trabajan la línea Virtuoso Gran Vino?
Son vinos pensados para guarda.
No trabajamos con un único tanque. Tenemos diferentes momentos de cosecha y distintas partidas que funcionan como una paleta de colores.
Después seleccionamos los vinos con mayor estructura para llevarlos a barricas de roble francés de 200 y 500 litros.
La crianza suele durar hasta ocho meses, pero lo más importante sucede después.
Una vez que hacemos el corte definitivo, el vino pasa al menos seis meses en botella. Ahí los componentes comienzan a integrarse y aparece la armonía.
Es cuando la fruta, la madera, la acidez y los aspectos herbales dejan de ser elementos separados para convertirse en una obra completa.

Si armamos un asado, ¿cómo ordenarías los vinos?
Arrancaría con el Blend de Blancas de Finca La Seis para la picada y mientras se prende el fuego. Después, para una entraña, iría con el Malbec de Finca La Seis. Y cuando salga el costillar, sin dudas, Virtuoso Carmenere.
¿Y con una molleja?
Ahí me gusta romper las reglas. Iría con el Virtuoso Viognier. Tiene estructura, algo de madera, especias y funciona muy bien con grasas, carnes blancas y achuras.
¿Y para el postre?
Podríamos volver al Torrontés de Tinkunaco, especialmente si hablamos de un postre fresco. Pero si aparece un clásico argentino como queso y dulce, perfectamente podríamos volver a un tinto. Un Virtuoso Malbec con queso y dulce de membrillo funciona espectacular.
¿Qué es lo que te hace levantarte cada mañana y seguir adelante?
No tengo una respuesta demasiado clara. Creo que tiene que ver con descubrir cosas nuevas de manera colectiva. Porque esto no es un trabajo individual. Nos pasa seguido que hacemos vinos de parcelas de las que no esperábamos demasiado y nos sorprenden. Entonces llamamos a un colega y le decimos: “Vení a probar esto porque hay algo interesante”. Todo empieza ahí: en la experimentación.
Después aparecen las etiquetas, las botellas, los equipos de trabajo, la gente que está detrás de cada proyecto y hace posible que las cosas sucedan. Ese juego de experimentar, descubrir y tratar de hacer cada vino un poco más fino, más delicado y más estimulante para quien lo prueba es un motor enorme.
Salud.








