Chiesa atiende el teléfono desde Miami, donde vive desde hace ocho años, y la distancia se vuelve un dato más del relato, nunca un obstáculo. Su voz, esa herramienta que desde hace mucho tiempo es su oficio, marca y territorio, llega nítida, entrenada y cargada de memoria. Actor formado en el teatro musical argentino y parte de una generación que empujó los límites del género, Chiesa quedó asociado para siempre a “Casi normales”, una obra bisagra que lo encontró joven, expuesto y en pleno aprendizaje. Con el tiempo, ese primer vértigo se transformó en conciencia, oficio y profundidad.
Desde Estados Unidos, su carrera se expandió sin perder la raíz. Hoy es una de las voces más reconocibles de la región y marca los tiempos de las publicidades de Disney, Mercado Libre, Telecom y Arcor. Marcas que confían en su decir preciso, sensible y trabajado al detalle. Pero detrás del voice talent hay un actor que sigue pensando la escena, el vínculo con el texto y el peso emocional de la palabra. Una búsqueda que también lo llevó a crear su propio método, una especie de taller al que denominó “Formación Sensitiva en Comunicación”, con el que entrenó a perfiles tan diversos como deportistas de alto rendimiento y agentes del FBI.
La entrevista ocurre así, con una llamada telefónica transcontinental, donde se filtra inevitablemente la nostalgia. Pensar en Mariano Chiesa también es recordar las obras icónicas “Avenida Q”, “Los monstruos” y “Sunset Boulevard”, todos éxitos que brillaron en Buenos Aires entre 2010 y 2018.


-Empezaste “Casi normales” siendo muy joven. ¿Cómo recordás aquel primer encuentro con la obra?
—La primera temporada fue, sin vueltas, olvidable. Yo no estaba profesionalmente preparado para cantar todo lo que la obra exigía. Era un material complejísimo y mi herramienta vocal todavía no estaba a la altura. Con el tiempo entendí que no se trataba solo de llegar a las notas, sino de sostener una intensidad emocional constante.
A partir de la segunda temporada empecé a sentirme más sólido, más consciente del desafío y del peso real de una obra que, con los años, confirmé que es enorme.
-Ahora volvés en una versión inmersiva y desde Estados Unidos. ¿Cómo te llegó la propuesta?
—La invitación llegó de la mano de Pablo del Campo, con quien tengo una relación de muchos años. Nos conocemos del mundo publicitario y él fue quien me convocó también en 2010 para “Avenida Q” y luego para “Casi normales”. Cuando surgió la versión inmersiva, evaluaron si yo podía interpretar a Dan Goodman, el padre, pero el tiempo de preparación era muy corto.
Entonces apareció la idea de Dr. Madden, grabado, como en la versión americana, y eso terminó siendo ideal para este formato.
-¿Cómo fue el proceso técnico y artístico de grabar el personaje a distancia?
—Fue una experiencia muy particular. Grabamos todo en Miami, con pantalla verde, siguiendo indicaciones muy precisas de tiempo y duración. Mela Lenoir fue muy respetuosa de mi recorrido previo con el personaje, pero había que ajustar cada frase al segundo exacto. Es una obra más corta, muy concentrada, y el trabajo se vuelve casi cinematográfico. Hay emoción, claro, pero mediada por la cámara y por una mecánica mucho más precisa.


-Pasaron casi quince años desde aquel estreno. Hoy sos padre y vivís en otro país. ¿Cómo cambió tu percepción de la obra?
—Cambió por completo. Cuando empecé tenía treinta años, no era padre y no pensaba serlo. Hoy tengo 44, una hija de ocho y otra sensibilidad. Además, hace poco falleció mi papá. Eso te reordena la mirada. Entendés el dolor, la pérdida y también la negación desde otro lugar.
Hoy abrazo mucho más al personaje de Diana, comprendo su mecanismo de defensa frente a la pérdida de su hijo y el impacto que eso tiene en toda la familia. Antes actuaba, ahora comprendo. Y si bien no me entra en la cabeza ese dolor, trato de acercarme en base a algunas pérdidas sufridas.
Es una obra más corta, muy concentrada, y el trabajo se vuelve casi cinematográfico.
-¿De qué manera influyó la paternidad en tu trabajo y vida personal?
—Ser padre me modificó profundamente como actor y como persona. Todo se vuelve más tangible, más frágil y, a la vez, más intenso. Vivir la muerte de mi papá me permitió dimensionar algo que antes solo entendía desde el texto: el terror a perder un hijo. “Casi normales” habla de eso sin concesiones.
Hoy no puedo pararme en escena desde la distancia. Hay una empatía inevitable, una conciencia emocional que antes no tenía.
-Tu hija descubrió en Argentina, la última vez que viniste, que tiene un papá famoso. ¿Cómo viviste ese momento?
—Fue conmovedor y muy gracioso a la vez. Ella me ve grabar todos los días en una cabina, pero no dimensionaba el alcance. En Buenos Aires empezó a escuchar mi voz en la tele, a ver la serie en Netflix y a notar que la gente me pedía fotos.
Un día me dijo, muy seria, que había descubierto que yo era famoso. Fue una revelación para ella y también para mí, una confirmación de que, aun viviendo lejos, el vínculo con mi trabajo seguía intacto.
Cuando estuvimos en Argentina, la llevé al circo de Flavio Mendoza y ella no podía creer que chicas un poco más grandes que ella —que tiene 8 años—, que me veían en la serie “Kally’s Mashup”, me pidieran fotos.


-Hoy desarrollás tu carrera principalmente en Estados Unidos. ¿Cómo es tu presente profesional?
—Es muy exigente. Vivir en Estados Unidos no es fácil y todos los días hay que remar. Pero trabajo mucho como voice talent para Argentina y Latinoamérica: soy la voz de Disney, Mercado Libre, Telecom y Arcor; ahora me contrataron para ser la voz de la NFL y continúo siendo la voz de “Código de Investigación”, el programa más visto hoy en la noche en Univisión.
Paralelamente, como no puedo quedarme quieto, armé un método propio, llamado Formación Sensitiva en Comunicación, con el que entrené desde deportistas hasta agentes del FBI. Es un presente activo, diverso y desafiante, que convive con la nostalgia y la gratitud por lo construido.
Ser padre me modificó profundamente como actor y como persona. Todo se vuelve más tangible, más frágil y, a la vez, más intenso.
-El año pasado viniste a presentar la obra “El huevo” al teatro Regina de Buenos Aires. Imagino que es más por sentimiento a tu país, que por una necesidad económica.
—En realidad íbamos a hacer “Las marcas del mar”, una obra que estuve realizando con la actriz y productora Constanza Espejo en Miami, pensada para el público latino. El guion es muy fuerte, está centrado en los años 40, con un intercambio de cartas donde los personajes se van conociendo a través de ellas, enviándolas desde diferentes partes del mundo.
Pero surgió un tema de derechos y me propuso ir con “El huevo”. Y sí, fueron seis funciones hermosas, que me permitieron estar en mi casa, mi ciudad, con mi familia, ver a mis amigos, estar con mi gente. Estar lejos del país de uno no es fácil y, aunque tenga un buen presente laboral, la nostalgia siempre da pelea.
-¿En un futuro está la posibilidad de volver a Argentina?
—Por ahora lo dudo porque estoy con muchas obligaciones laborales y mi hija está muy adaptada al país. Y aunque ella habla cien por ciento argentino, su madre también está acá y hay toda una dinámica familiar muy aceitada, yo todos los días trabajo para Argentina y cuando surge la posibilidad de ir por algún proyecto o actuar, aunque sea a través de una pantalla, ahí estoy.







