SIRÂT trance en el desierto: se estrena la nominada al Oscar

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Dicen que para alcanzar el paraíso hay que cruzar un puente tan fino como un cabello y más afilado que una espada. Ese umbral imposible se llama sirât y, según la tradición islámica, todos —justos y pecadores— deberán atravesarlo. Con esa imagen ancestral como punto de partida, Oliver Laxe construye una de las experiencias cinematográficas más intensas y conmovedoras de los últimos años: Sirât: Trance en el desierto, una película que no se mira: se atraviesa.

Premiada en Cannes y favorita en la temporada de premios, la película llega a las salas argentinas como una descarga sensorial donde imagen, sonido y emoción se funden hasta borrar la frontera entre lo real y lo espiritual. Laxe, una de las voces más singulares y premiadas del cine español contemporáneo, propone una road movie abrasiva, filmada en Super 16 mm, con una paleta de colores terrosos y desaturados que refuerza la sensación de extravío, trance y transformación.

La historia sigue a Luis (un inmenso Sergi López), un padre desesperado que, junto a su hijo adolescente, se interna en el desierto marroquí en busca de su hija desaparecida hace meses. La pista: el universo de las fiestas rave. Beats, polvo, cuerpos sudados y música electrónica sin pausa se convierten en el telón de fondo de una odisea cargada de peligros, silencios, revelaciones y estados alterados de conciencia. Convencido de que entre luces estroboscópicas y trance colectivo podrá recuperarla, Luis emprende un viaje que terminará siendo mucho más que una búsqueda: será un descenso, una ruptura, un renacimiento.

La banda sonora traza un recorrido que va desde el techno más crudo, feroz y mental hasta el ambient más destilado y trascendente, buscando llegar a un punto donde el sonido se desintegra

“Me atrae el significado cotidiano de la palabra Sirât, que se traduce como ‘camino’ o ‘senda’”, explica Oliver Laxe. “Un camino que tiene dos dimensiones: la física y la metafísica o espiritual. Sirât es el camino interior que te empuja a morir antes de morir, como le ocurre al protagonista de esta película. También es el nombre del puente que, según se dice, conecta el infierno y el cielo”.

En ese sentido, Luis es —según el propio director— como cualquiera de nosotros: una persona común, con una vida anónima, que ha vivido en la comodidad de un mundo que mantiene la muerte a distancia. “Tal vez por eso vivimos adormecidos, desconectados de nuestras verdades más profundas”, reflexiona Laxe.

Pero la vida irrumpe sin aviso, despierta de golpe y nos obliga a preguntarnos si realmente vamos hacia donde creemos. La película se inscribe en ese momento de quiebre. Sirât es dura, sí, pero, como aclara su director, “es una dureza necesaria y afirmativa”.

Lo que atraviesan estos personajes los empuja a crecer, a abrir un nuevo horizonte, a enfrentarse a sí mismos sin nada que perder. En ese fondo brutal y despiadado, la transformación se vuelve posible.

“Me atrae el significado cotidiano de la palabra Sirât, que se traduce como ‘camino’ o ‘senda’”, explica Oliver Laxe.

Laxe no esquiva la pregunta central: ¿cómo reconectarnos con la muerte en una sociedad profundamente tanatofóbica que ha expulsado su esencia de la vida cotidiana? ¿Cómo aceptar la dura sabiduría que nos ofrece?

Para él, el cine es uno de los pocos espacios donde aún es posible experimentar estas preguntas de manera directa, visceral y colectiva.

En Sirât, todos los personajes —especialmente Luis— se ven obligados a mirar a la muerte a los ojos. Pero, como en El sabor de las cerezas de Kiarostami, esa confrontación termina convirtiéndose en un himno a la vida. “Así que sí, Sirât es una película sobre la muerte. Pero, sobre todo, es una película sobre la vida, sobre la supervivencia tras haber tocado fondo”, afirma el director.

¿Qué hay en el fondo del dolor? La humanidad. Personajes frágiles que reconocen su pequeñez ante algo mucho más grande, que pasan de la desconfianza al cuidado mutuo, sin juicios, en lo que Laxe llama “una comunión de cicatrices. Una comunión de heridos”.

Uno de los aspectos más singulares del film es su trabajo con intérpretes no profesionales, especialmente dentro del universo rave. “Todos estamos rotos, de alguna manera. La mayoría desarrollamos estrategias para ocultar esa herida original. Lo que admiro de los ravers es que llevan sus heridas abiertamente, sin vacilar”, dice Laxe.

Para él, hay algo profundamente conmovedor en la fragilidad de un actor sin experiencia, en esa vulnerabilidad que se filtra en cada gesto. Sin embargo, la caída de Luis es tan profunda que necesitaba a alguien con una trayectoria sólida. Ahí entra Sergi López, cuya sencillez, humanidad y generosidad se vuelven pilares emocionales del film, especialmente en relación con los actores que nunca habían actuado antes.

Si la imagen atraviesa como un rayo, el sonido —en palabras de Laxe— “nace dentro del espectador”. Está hecho de partículas que ya habitan el cuerpo, moléculas que responden a la vibración de la música y cobran vida. Por eso, el trabajo con David Letellier (Kangding Ray) se convirtió en uno de los puntos más altos de su carrera.

La banda sonora traza un recorrido que va desde el techno más crudo, feroz y mental hasta el ambient más destilado y trascendente, buscando llegar a un punto donde el sonido se desintegra, donde narrativa y melodía se disuelven en textura. El grano del Super 16 mm vibra en sincronía con el grano y la distorsión de la música, creando un paisaje sonoro donde el desierto, su presencia espectral y la electrónica se convierten en paisajes de la conciencia.

Querían —y lo lograron— que la materialidad sonora de la imagen ocupara un lugar central, hasta poder “ver la música y oír las imágenes”. El resultado es una experiencia inmersiva que sacude, acaricia o araña por dentro, según el momento.

Un recorrido de premios y reconocimiento internacional

Desde su estreno en el Festival de Cannes 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado, Sirât: Trance en el desierto recorrió festivales internacionales como Toronto y Londres, acumuló múltiples reconocimientos en los European Film Awards, consiguió 11 nominaciones a los Premios Goya, además de 2 nominaciones a los Globos de Oro y 2 a los Critics Choice Awards. Hoy se posiciona como una de las favoritas en la carrera por el Oscar, con nominaciones a Mejor Película Extranjera y Mejor Edición de Sonido.

En plataformas como Letterboxd, mantiene una de las valoraciones más altas de la temporada, con miles de comentarios que destacan su intensidad, autenticidad y potencia emocional. Con más de un millón de espectadores en Francia y España, la película llega a los cines argentinos el 29 de enero con toda su carga sensorial, espiritual y política.

Oliver Laxe: una voz singular del cine contemporáneo

Nacido en París en 1982, hijo de inmigrantes gallegos, Oliver Laxe regresó a Galicia a los seis años. Tras estudiar Comunicación Audiovisual, se trasladó a Tánger, Marruecos, donde autoprodujo y filmó Todos vós sodes capitáns, obra que le valió el Premio FIPRESCI en la Quincena de Realizadores de Cannes en 2010.

En 2016 obtuvo el Gran Premio de la Semana de la Crítica por Mimosas, rodada en las montañas del Atlas, y en 2019 ganó el Premio del Jurado en Un Certain Regard con O que arde, filmada en la sierra de Os Ancares. Quince años después de su primer estreno en Cannes, logró su primera presencia en la Competencia Oficial con Sirât, llevándose nuevamente el Premio del Jurado.

Sirât: Trance en el desierto no es una película cómoda ni complaciente. Es un viaje extremo que obliga a atravesar zonas oscuras para encontrar algo esencialmente humano: la posibilidad de transformación. Como el puente que le da nombre, es un cruce peligroso entre el dolor y la esperanza, entre el cuerpo que baila y el alma que busca, entre la pérdida y la fe. Pero quienes se animen a recorrerlo no saldrán iguales. Porque hay experiencias que no se olvidan: se quedan vibrando, como un eco en el pecho, mucho después de que se encienden las luces de la sala.