La historia de Juan Manuel Arancibia parece estar escrita con la tinta del vértigo. Tenía 18 años cuando un representante del mundo de la moda lo vio caminando por el microcentro porteño y le propuso algo que parecería absurdo, ser la cara de la campaña de Christian Dior en el mismísimo continente europeo. Lo inverosímil, viajar a París con el destino asegurado. Y así lo hizo. Ese milagroso encuentro fue un viernes y al lunes siguiente estaba conociendo la Torre Eiffel de la mano del legendario diseñador Karl Lagerfeld. Sin transición, pasó de ser un ascendente relacionista público de Asia de Cuba y Rumi, a ser el hombre de la campaña internacional de Dior, la cual empapelaría al mundo.
El ascenso fue rápido y el universo que lo rodeaba de ensueño. Trabajos para las marcas más importantes de la industria, viajes constantes y un circuito social donde actores, músicos y celebridades se mezclaban con las nuevas tendencias. En un desfile, podía encontrarse a Lady Gaga dando un mini concierto y compartir pasarela con Kate Moss y Naomi Campbell. Pero detrás de ese escenario sofisticado empezó a gestarse otra historia, menos visible. Las exigencias extremas con el peso, los trastornos alimentarios y el acceso permanente a sustancias fueron abriendo una grieta que, con el tiempo, se transformó en un abismo.
La salida llegó con un proceso de rehabilitación largo y consciente. Y lejos del “fashion world”, comenzó a reconstruir su vida de vuelta en su casa natal en Buenos Aires, con terapia y vínculos más sanos. Un camino de reconstrucción que le abrió una puerta inesperada, la del cine. Convocado por el propio director Leo Demario para la película “Solo fanáticos”, debutó como actor, interpretando a un magnate ambiguo y manipulador. Entre la memoria del vértigo y la calma conquistada, su historia hoy se lee como un recorrido de ascenso, caída, aprendizaje y regreso.
-Tu historia en la moda comenzó de una manera inesperada.
-Fue algo totalmente casual. Yo estaba en la calle, saliendo de un bar, cuando se me acercó una persona vinculada al mundo de la moda y me preguntó si alguna vez había pensado en modelar. Me pidió el teléfono y me dijo que había una propuesta muy buena para viajar al exterior. En menos de un fin de semana ya estaba rumbo a Europa. Todo ocurrió muy rápido, casi sin procesarlo. Me dijeron que habían hecho un casting de 500 chicos en Argentina y no quedó ninguno. Y cuando me vieron a mí me dijeron que era la persona que estaban buscando.


-¿Qué recordás de ese primer contacto con la industria de la moda?
-Al principio estaba muy inseguro. Tenía 18 años y no entendía del todo qué estaba pasando. No sabía el idioma, hablaban en inglés y francés y tuve que aprender todo a los golpes. Pero la gente con la que trabajé fue muy generosa conmigo. Me brindaron seguridad y mucha contención humana, algo que agradezco hasta hoy. Me ayudaron a adaptarme a un ambiente completamente desconocido y a confiar un poco más en mí mismo. Yo era bastante inseguro, de chico era gordito y eso me acomplejaba. Y de repente me encontraba en eventos compartiendo cenas con Lady Gaga, Megan Fox, Usher y quien te imagines.
«…Llegó un punto en el que entendí que si no pedía ayuda iba a perderlo todo…»
-¿Qué significó ser la cara de la campaña de Christian Dior, durante toda una temporada?
-Significó protagonizar para una de las marcas más importantes del mundo, todas las semanas de la moda de Europa. Desfilar en Nueva York. Que mi cara esté en todas las casas de la firma. Y después de ese trabajo me empezaron a llamar de marcas como Prada, Yves Saint Laurent, Hermès, Gucci. Mi vida se volvió una sucesión de campañas, sesiones de fotos y semanas de la moda. Todo sucedía muy rápido y yo todavía estaba tratando de entender esa nueva vorágine.


-¿Cómo era ese ritmo de trabajo?
-Muy intenso. Vivía en París pero viajaba constantemente a Milán y Londres. Hacía desfiles de alta costura, campañas fotográficas y eventos. Aun así, en Europa cuidaban mucho la exposición pública del modelo. La idea era que la carrera hablara por sí sola, con campañas importantes y algunas apariciones en eventos muy seleccionados. Yo estaba en pareja con Nicolás Ripoll y nos pedían que tratemos de mostrarnos lo menos posible. No ir a ningún lado, blindar nuestra intimidad. Que nos vean solo por nuestro trabajo.
«..Mi vida se volvió una sucesión de campañas, sesiones de fotos y semanas de la moda. Todo sucedía muy rápido y yo todavía estaba tratando de entender esa nueva vorágine…»
-Con esas cuestiones empezaste a sentir las fuertes presiones. ¿Qué fue lo más difícil?
-La exigencia con el cuerpo. Yo medía 1,87 y había una presión constante por bajar de peso. Empecé a obsesionarme con eso y a desarrollar una relación muy conflictiva con mi cuerpo. Me exigían 65 kilos en todos los desfiles. Y yo sentía, días antes, que nunca llegaba. Esa inseguridad abrió una puerta muy peligrosa en mi vida.
-¿Ahí aparecieron las adicciones y los trastornos alimentarios?
-Sí, fue gradual. Empecé a usar laxantes, después alcohol y/o cocaína para sacarme el hambre. Todo estaba ligado a la idea de adelgazar. Se volvió una combinación muy destructiva. Llegué a pesar mucho menos de lo que correspondía a mi cuerpo y ya estaba completamente fuera de eje, física y mentalmente. Llegué a pesar 60 kilos y ya tenía los rasgos deformados.


-¿Cuál fue el momento más crítico?
-Hubo varios episodios muy fuertes. En Buenos Aires llegué a tener convulsiones durante un desfile en el BAF por una sobredosis. Fue una semana muy dura, con ambulancias y situaciones muy extremas. Yo estaba totalmente desorganizado. Mi vida giraba alrededor de la noche, las drogas y la presión por el cuerpo.
-En ese contexto decidiste instalarte definitivamente en Argentina. ¿Qué significó ese regreso?
-Volví muy mal, física y emocionalmente. Me había separado de mi pareja y estaba atravesando un momento muy oscuro. En Argentina seguí trabajando como modelo durante un tiempo, pero mi vida estaba completamente descontrolada. Llegó un punto en el que entendí que si no pedía ayuda iba a perderlo todo.
-¿Cómo atravesaste el proceso de rehabilitación?
-Fue muy duro porque me sentía en la profundidad máxima de mi ser. Mis vínculos estaban rotos, mi salud también. Pero mi familia fue clave, mi mamá, mi hermano, mi entorno más cercano. Durante el tratamiento entendí que no solo tenía que trabajar las adicciones, sino también mi forma de relacionarme con los demás y conmigo mismo. Fue un aprendizaje complejo, pero muy sanador.


-¿Durante ese proceso, el modelaje dónde quedó?
-Cuando salí de la internación muchas marcas me ofrecieron volver a trabajar, pero preferí no hacerlo de inmediato. Necesitaba consolidar los cambios en mi vida. Me enfoqué más en mi familia y en reconstruirme como persona. Quería estar seguro de que las decisiones que tomaba eran realmente saludables.
-¿Durante tus años en Europa pudiste hacer una diferencia económica?
-No, nunca. En Europa gané mucho dinero y pude haber hecho una diferencia, pero mi estilo de vida no me lo permitió. Vivía viajando, gastaba sin medir y muchas veces pagaba todo para mis amigos. Siempre elegía los mejores hoteles y una vida de lujos. Esa dinámica hizo imposible construir una verdadera estabilidad económica. Todo lo que ganaba me lo gastaba. Viví muy bien, pero tal vez hoy, estoy pagando esa política de vida. Tanto en lo económico como en lo personal.
-Tras la tormenta llegó la calma y con ella, nuevos horizontes, como el cine.
-Sí, el director Leo Damario me llamó directamente para ofrecerme un papel en su película “Solo fanáticos”. No hubo casting. Me propuso interpretar a un personaje llamado Esteban, un magnate oscuro y manipulador. En principio el papel era para Esteban Lamothe, pero me recordaban de mi época de modelo y quedé. Fue una experiencia muy intensa y muy distinta a todo lo que había hecho hasta ese momento.
«…me hubiera gustado tomar algunas decisiones de otra manera, pero todo lo que viví me dejó aprendizajes muy fuertes. Las caídas me obligaron a crecer y a entender mis vulnerabilidades…»
-En el rodaje también compartiste escenas con actores reconocidos.
-Fue una experiencia muy linda. Pude trabajar con Benjamín Vicuña y todo el equipo fue muy generoso. Me dieron libertad para explorar el personaje, incluso improvisé algunas partes. Me metí mucho en el rol, traté de entender qué querían transmitir y en pocas horas habíamos filmado todas mis escenas. En la película trabajan Emilia Attias, Antonella ‘China’ Kruger, Nacha Guevara, Rafael Spregelburd, Martín Slipak y Donato De Santis.

-Mirando hacia atrás, con momentos tan altos y tan oscuros, ¿te arrepentís de algo?
-No me gusta vivir desde el arrepentimiento. Obviamente me hubiera gustado tomar algunas decisiones de otra manera, pero todo lo que viví me dejó aprendizajes muy fuertes. Las caídas me obligaron a crecer y a entender mis vulnerabilidades. Hoy trato de no repetir esos errores y construir una vida más consciente.
-¿Cómo es tu presente hoy, después de ese recorrido tan intenso?
-Hoy estoy mucho más enfocado en mi bienestar. Volví a mi peso natural, alrededor de 75 kilos, y trato de disfrutar cada trabajo que aparece. Estudié y me recibí, soy operador socioterapéutico en adicciones y trastornos alimentarios. Ayudar a otras personas también forma parte de mi recuperación.
-¿El modelaje ya es parte del pasado?
-No, para nada. Me gusta el modelaje pero me entusiasma seguir explorando el mundo del cine. Estoy abierto a las dos cosas. La diferencia es que hoy quiero vivirlo desde un lugar sano. Antes no disfrutaba nada, ahora quiero trabajar, crear y aprovechar las oportunidades, pero siempre cuidando mi equilibrio personal. Ese es mi verdadero objetivo.








