BAFICI 27: cuando el cine independiente le gana la pulseada al algoritmo

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Hay algo casi anacrónico, casi heroico, en la existencia del BAFICI. En un mundo donde el debate cinematográfico se libra en plataformas de streaming que premian el consumo rápido y la emoción fácil, Buenos Aires vuelve a demostrar, edición tras edición, que todavía hay público dispuesto a sentarse en una butaca a ver cine que incomoda, que pregunta, que no cierra del todo limpio.

Del 15 al 26 de abril llega la edición número 27 del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, y los números hablan solos antes de que empiece la primera función.

El récord que nadie esperaba

En un contexto de crisis cultural sostenida, donde los presupuestos para el cine nacional se recortan y los debates sobre el financiamiento público de la cultura se vuelven cada vez más ásperos, BAFICI 27 marcó un nuevo récord de inscripciones: 4.637 películas de 113 países, con 1.014 producciones argentinas, un salto notable frente a las 860 del año anterior.

Eso no es un dato administrativo. Es una señal política. Es el cine independiente del mundo votando con sus películas a favor de un festival que, a pesar de todos los vientos en contra, sigue siendo una ventana genuina hacia lo que el mercado no quiere mostrar.

La memoria como acto de resistencia

Pero si hay un gesto que define el espíritu de esta edición, es la retrospectiva que el festival eligió para su sección Focos. BAFICI 27 dedicará una retrospectiva completa a Pere Portabella —Portabella-100—, en el marco del centenario del cineasta catalán, organizada junto al Ministerio de Cultura de España y la Generalitat de Catalunya.

Veinte años después de aquella primera retrospectiva fuera de España que el propio BAFICI organizó en 2006 y que sorprendió al mundo cinéfilo, el festival regresa a Portabella. No es nostalgia: es coherencia. Es recordarle al público que el cine político, el que interpela, el que no pide permiso, tiene una genealogía y un peso específico que conviene no olvidar.

¿Quién es Pere Portabella? Una vida al borde del sistema

Para quienes no lo conocen, el nombre puede sonar lejano. Para quienes sí, suena como una contraseña. Pere Portabella nació en Figueras en 1927 y es director, guionista y productor; desde sus inicios fue propietario de la productora Films 59, desde la que impulsó algunos de los títulos más importantes del cine moderno español. Su figura excede cualquier definición cómoda.

Como productor, fue artífice de obras tan relevantes como Viridiana de Luis Buñuel —que ganó la Palma de Oro en Cannes en 1961—, Los golfos de Carlos Saura y El cochecito de Marco Ferreri. Eso solo ya sería suficiente para garantizarle un lugar en la historia del cine. Pero Portabella fue más lejos.

Pere Portabella y Teo Escamilla filmando

Alejada de las premisas del cine argumental, su filmografía como director es una experimentación constante que mezcla poesía, música, teatro y medios audiovisuales, y es también una negación de la anécdota como elemento organizador de la trama. Títulos como Vampir-Cuadecuc (1970), Umbracle (1972) o Die Stille vor Bach (2007) son obras que no se «consumen»: se habitan, se discuten, se recuerdan.

Su trayectoria, además, nunca estuvo separada de la política. En 1977 fue elegido senador en las primeras elecciones democráticas tras la dictadura de Franco y formó parte de la Comisión para la redacción de la Constitución Española. Para Portabella, el cine y la política nunca fueron territorios distintos. Lo dijo él mismo con una claridad que pocos se permiten: «yo vivo mezclado, para mí es imposible separar la política del cine, del teatro, de la música.»

El reconocimiento institucional llegó tarde, como suele ocurrir con los que no se rinden al sistema. El MACBA, el Pompidou, el MoMA y el Museo Reina Sofía cuentan con películas de Portabella en sus colecciones permanentes. En 2024 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, otorgada por el gobierno español. Cien años después de su nacimiento, el mundo del arte parece estar poniéndose al día con alguien que siempre estuvo varios pasos adelante.

Die Stille vor Bach

Que el BAFICI lo traiga a Buenos Aires en este contexto no es un capricho de programación. Es una declaración de principios sobre qué tipo de cine vale la pena celebrar y por qué.

Lo que el BAFICI le dice a la ciudad

Buenos Aires tiene una relación particular con su festival de cine independiente. No es solo un evento cultural de calendario: es parte de la identidad cinéfila de una ciudad que se piensa a sí misma como capital cultural latinoamericana. El BAFICI es, en ese sentido, también un espejo. Cuando crece, cuando bate récords de participación, cuando trae retrospectivas de cineastas que siguen siendo incómodos y vigentes a los cien años, la ciudad también se afirma.

Que el festival reúna a cineastas, críticos, productores y público en un evento que convoca al cine independiente de la región y del mundo no es poca cosa en el año 2026. Es, en cierta medida, un acto de fe colectivo: la convicción de que todavía vale la pena hacer cine que no se rinde al primer algoritmo de recomendación.

Faltan pocas semanas. Las butacas esperan.