La vida de Paloma Fabrykant se rige por el vértigo. Esa necesidad casi física de acercarse a los límites del peligro, del cuerpo, de la fuerza, de las zonas donde la realidad pierde cualquier comodidad burguesa y empieza a parecerse a ese puente que hay que atravesar con peligro de derrumbe. Cualquiera puede ser el último paso. Periodista de policiales, cronista de territorios ásperos, escritora obsesionada con las emociones extremas y ex peleadora de MMA, Fabrykant construyó una trayectoria imposible de encasillar.
Durante años entrevistó a luchadores de todas las disciplinas pero también recorrió villas, cubrió el avance del narcotráfico en Rosario, en Tijuana, tomó cursos de corresponsal de guerra y, al mismo tiempo, entrenó karate, Jiu-Jitsu y artes marciales mixtas hasta terminar ella misma dentro de una jaula a puño limpio.
Ahora acaba de publicar “Toda tu furia”, una novela feroz y sensible sobre una chica atravesada por la intemperie emocional, la violencia y el desamparo en la Argentina de los años noventa. Escrita en segunda persona, la novela parece condensar muchas de las obsesiones que atraviesan su mente de autora. El dolor, la marginalidad y la resistencia como último espacio posible cuando todo lo demás entra en jaque.
Aunque parezca inverosímil, Fabrykant nació dentro de una familia profundamente ligada al arte. Su madre es Ana María Shua, una de las grandes escritoras argentinas contemporáneas; su padre, Silvio Fabrykant, el fotógrafo que tomó la imagen santa de Gilda y figura histórica del fotoperiodismo. Entre libros, cámaras y conversaciones intelectuales, ella eligió el camino incómodo, físico e imprevisible. Y entre un KO y su nuevo libro, se suceden sus trabajos de periodista en Clarín y guionista en “Bendita TV”.

“Toda tu furia” tiene una protagonista que atraviesa el dolor y la marginalidad desde muy chica. ¿Cómo apareció Lidia en tu imaginación?
Lidia nació bastante lejos de mi propia biografía. Yo quería construir una chica sola, huérfana, tímida, alguien que hubiera quedado completamente a la intemperie. Me interesaba que el lector sintiera rápidamente la necesidad de protegerla. Hay algo de las heroínas clásicas de Disney en ella, de esos personajes que atraviesan una cantidad enorme de desgracias, que tienen las peores de las infancias, para generar empatía. Después, claro, le fui agregando experiencias y universos que conocía desde la intimidad, pero psicológicamente ella es casi el reverso de lo que fue mi vida.
«…Conocí muchísimas mujeres dentro de las artes marciales y cada una tenía una historia tremenda detrás…»
El recorrido de las artes marciales tiene un nivel de detalle muy preciso. Quien lo lee parece estar sintiendo ese esfuerzo.
Porque esa parte la experimenté. Yo describí disciplinas que practiqué y mundos en los que conviví durante años. Conocí muchísimas mujeres dentro de las artes marciales y cada una tenía una historia tremenda detrás. Hay algo muy intenso en una mujer que decide entrar a un gimnasio de pelea o subirse a una jaula. Muchas veces son personas que vienen de dolores, de búsquedas o de crisis muy profundas. Todo ese material humano quedó acumulado en mí durante años y terminó apareciendo naturalmente.
La novela también retrata la Argentina de los años noventa, con fiestas electrónicas, precariedad humana y desprotección social.
Quería contar esa época porque había menos conciencia sobre muchas violencias y las chicas quedaban mucho más expuestas. Me interesaba pensar qué podía pasarle a una adolescente completamente sola en ese contexto. Lidia circula por lugares donde nadie la cuida realmente y eso la vuelve vulnerable. Quería explorar cómo una persona puede ir deslizándose hacia situaciones cada vez más extremas sin una red afectiva sólida que la sostenga.


El libro está escrito en segunda persona, una decisión acertada pero muy arriesgada para el mundo editorial. ¿Cómo llegaste a esa estructura?
Fue un proceso larguísimo. Primero escribí toda la novela en tercera persona y en pasado. Cuando la terminé sentí que era demasiado clásica, demasiado lejana. Entonces la reescribí completa en presente para darle más velocidad. Pero todavía faltaba algo. Necesitaba que el lector quedara atrapado adentro de la experiencia. Ahí apareció la segunda persona. Era una apuesta muy peligrosa porque no es una voz cómoda, pero sentía que podía convertir la historia en algo más inmersivo y visceral.
«…Ya no necesito estar arriba de una jaula para sentir que todo eso forma parte de quién soy. La escritura nunca la voy a dejar…»
Tus libros anteriores son muy distintos entre sí.
Escribo desde muy chica. Empecé prácticamente cuando aprendí a leer. Siempre tuve la sensación de que la literatura era mi territorio natural. Después trabajé muchísimo para diarios, revistas, editoriales y televisión. Publiqué poesía junto a mi mamá, hice biografías, crónicas, policiales. Con el tiempo entendí que escribir profesionalmente y escribir para expresarme son dos cosas distintas. “Toda tu furia” quizás sea el libro donde más pude unir esas dos dimensiones.
Venís de una familia profundamente ligada a la cultura. ¿Cómo convivieron en tu casa la literatura, la fotografía y tu fascinación por las artes marciales?
Para mis padres fue difícil entenderlo. Ellos vienen de un universo intelectual mucho más clásico y mis búsquedas siempre fueron bastante disruptivas. Pero yo nunca sentí que fueran mundos incompatibles. Las artes marciales también son una forma de arte. Hay una estética, una disciplina, una búsqueda expresiva del cuerpo. Yo sentía que toda mi vida estaba demasiado concentrada en la cabeza, en el intelecto, y necesitaba explorar el cuerpo como territorio creativo y sensitivo.


¿Recordás el momento exacto en que las artes marciales dejaron de ser un hobby y se transformaron en algo central?
Sí, fue después de volver de España, durante la crisis del 2001. Yo me había ido muy joven a Barcelona en el 2002, escapando un poco de la sensación de derrumbe argentino, y terminé haciendo trabajos muy precarios allá porque no tenía papeles. Me había ido con un trabajo en Clarín pero allá nunca hice pie. Y cuando regresé sentí que no encajaba en ningún lado. Estaba angustiada, enojada y bastante perdida. Ahí apareció el karate. El dojo se convirtió en una especie de refugio mental y emocional mientras intentaba reconstruir mi vida profesional y personal.
Llegaste a competir en MMA, con un récord de cuatro victorias y dos derrotas. ¿Cómo se llega a ese nivel?
A mí nunca me dio tanto miedo salir lastimada. Yo como periodista hacía policiales, recorría villas, cubría zonas peligrosas, viajaba sola a lugares complicados. Viví en Rosario en la época más compleja de esa hermosa ciudad. También fui corresponsal en Tijuana. El riesgo formaba parte de mi vida periodística mucho antes de pelear. Lo que sí me costaba era encontrar la agresividad necesaria para dañar al otro. Nunca terminé de conectar del todo con esa lógica. Yo podía soportar recibir golpes, pero me costaba mucho asumir que tenía que destruir a la persona que tenía enfrente para ganar. Creo que eso fue lo que me terminó alejando de la lucha profesional. No tenía instinto asesino, sí entendimiento que podía morir en lo que hiciera. Una cobertura narco o una pelea en la jaula.Primero escribí toda la novela en tercera persona y en pasado. Cuando la terminé sentí que era demasiado clásica, demasiado lejana. Entonces la reescribí completa en presente para darle más velocidad.
«…Primero escribí toda la novela en tercera persona y en pasado. Cuando la terminé sentí que era demasiado clásica, demasiado lejana. Entonces la reescribí completa en presente para darle más velocidad…»
Tu debut fue con una victoria pero con sabor a derrota por el contexto ¿Qué recuerdos te dejó aquella primera pelea en Gualeguaychú?
Fue rarísima y bastante traumática. Gané, pero la gente me abucheó muchísimo porque no entendieron la pelea. Era una velada muy caótica, con público borracho, en medio del carnaval. Imaginate entrenar durante meses, debutar, ganar y escuchar silbidos y botellazos. La pasé realmente mal. Pero también entendí que el combate tenía algo profundamente hostil y que uno debía aprender a convivir con eso si quería seguir adelante.

Durante años también fuiste una de las periodistas que más cubrió el universo de las Artes Marciales Mixtas en América Latina.
Sí, en ese momento era un nicho muy fuerte. Trabajaba en televisión, viajaba muchísimo y entrevistaba a peleadores de toda la región. Antes de pelear yo ya era bastante conocida dentro del ambiente. Por eso cuando decidí competir hubo tanto revuelo. Todos querían ver qué hacía la periodista que llevaba años hablando de peleas y de repente se metía adentro de la jaula.
Tus padres habrán padecido mucho tus decisiones.
Muchísimo. Pobres, sufrieron todas mis etapas. Las artes marciales, los policiales, Rosario, los viajes sola. Pero también entendieron que yo necesitaba encontrar historias ahí. Creo que con el tiempo vieron que de esas experiencias salían libros, notas o programas muy fuertes. Yo nunca tuve una personalidad demasiado burguesa en ese sentido. Siempre sentí curiosidad por los márgenes y por las situaciones donde algo está a punto de romperse.
Hoy trabajás en televisión y seguís entrenando. ¿Cómo proyectás tu futuro?
Entendí que mi vida siempre va a ser una mezcla de trabajo intelectual y entrenamiento mientras el cuerpo me acompañe. El boom de las MMA en Argentina bajó muchísimo y eso también cambió mi perspectiva. Pero las artes marciales siguen siendo el lugar donde encuentro equilibrio, disciplina y felicidad. Ya no necesito estar arriba de una jaula para sentir que todo eso forma parte de quién soy. La escritura nunca la voy a dejar. Amo mi trabajo como guionista en “Bendita TV”, mis colaboraciones periodísticas y los posibles libros que pueda escribir. Pero no proyecto, voy haciendo lo que mi cuerpo y mi mente pidan.







