Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza (Malanzán, 2 de octubre de 1798 – Olta, 12 de noviembre de 1863) fue uno de los más emblemáticos caudillos federales del siglo XIX y el último gran líder en levantarse contra el centralismo porteño. Su figura, que encarna la resistencia del interior profundo frente a Buenos Aires, sigue despertando pasiones, debates y homenajes a 160 años de su asesinato. Su vida atravesó todas las guerras civiles argentinas, desde los tiempos de Facundo Quiroga hasta la consolidación del poder porteño luego de Pavón. Su muerte, brutal y humillante, marcó también el fin simbólico de las montoneras federales.
Orígenes y juventud
Aunque no se conserva su acta bautismal, se estima que nació entre 1796 y 1798 en Malanzán, en la Costa Alta de la Sierra de los Llanos. Hijo de Juan Esteban Peñaloza y Úrsula Rivero, provenía de familias influyentes de la región. Fue su tío abuelo, el sacerdote Pedro Vicente Peñaloza, quien lo apodó “Chacho”, aféresis de “muchacho”, sobrenombre que lo acompañaría toda su vida.
En 1822 se casó con Ana Victoria Romero, con quien tuvo tres hijos —solo una sobrevivió— y adoptó al joven Indalecio Peñaloza.

A las órdenes del Tigre de los Llanos
Desde muy joven integró las milicias riojanas bajo el mando de Juan Facundo Quiroga. Su arrojo en combate lo convirtió en una figura admirada: en batallas como El Tala, La Tablada, Oncativo y La Ciudadela enlazó cañones enemigos con su lazo, un acto temerario que lo hizo célebre. Tras el asesinato de Quiroga en 1835, Peñaloza heredó gran parte de su liderazgo en La Rioja.

El conflicto con Rosas y los exilios
Aunque federal, el Chacho se opuso al centralismo de Juan Manuel de Rosas y se unió a la Coalición del Norte, apoyando a Brizuela, Lavalle y Lamadrid. Las derrotas de Rodeo del Medio y El Manantial lo llevaron dos veces al exilio en Chile. Volvió a La Rioja en 1845, protegido por el gobernador sanjuanino Nazario Benavídez, quien le permitió reasentarse y reconstruir su prestigio local.
El “padrecito de los pobres”
Tras Caseros, Peñaloza entabló una relación política cercana con Justo José de Urquiza, quien lo ascendió a general y lo reconoció como jefe natural de los Llanos. Su vínculo con los sectores humildes era profundo: los gauchos lo consideraban su defensor y protector. Durante la década de 1850 fue pieza clave en la estabilidad cuyana y llegó a intervenir militarmente en San Juan para sostener el orden institucional.
Tras Pavón: el interior bajo fuego
La retirada de Urquiza después de Pavón (1861) dejó el interior del país a merced del avance porteño. El Chacho, que había mantenido una postura prescindente, pasó a ser el principal foco de resistencia. Mitre envió al general Paunero a Cuyo y a Ignacio Rivas al noroeste. La represión fue extrema: ejecuciones sumarias, degüellos y torturas de prisioneros. Incluso Domingo F. Sarmiento justificaba públicamente la violencia contra las montoneras, negándoles entidad política. En 1862 se firmó el Tratado de La Banderita, pero los prisioneros federales fueron degollados, lo que profundizó el conflicto.
La última rebelión
En 1863, perseguido y superado en armas, Peñaloza siguió obteniendo victorias parciales en La Rioja, San Luis, Córdoba, Catamarca y Mendoza. Incluso tomó brevemente la ciudad de Córdoba, antes de ser derrotado en Las Playas, donde sus hombres fueron masacrados. La resistencia estaba agotada.

La muerte del Chacho: rendido, lanceado y decapitado
El 12 de noviembre de 1863, tras días de huida bajo la lluvia, Peñaloza se refugiaba en Olta, en la casa de su amigo Felipe Oros. Exhausto, decidió rendirse. Cuando llegó el capitán Ricardo Vera, el Chacho entregó la daga que llevaba grabada la frase:
“El que desgraciado nace, entre los remedios muere.”
—Estoy rendido, dijo.
Pero una hora más tarde irrumpió en el lugar el mayor Pablo Irrazábal, enviado por Sarmiento con la orden de “no economizar sangre de gauchos”.
—¿Quién es el bandido del Chacho?
—No soy ningún bandido; soy el general Peñaloza.
Sin juicio ni interrogatorio, Irrazábal lo lanceó en el pecho y luego lo remataron a balazos. En medio de los gritos de su esposa Victoria, le cortaron la cabeza y la exhibieron en la plaza de Olta clavada en una pica. Su oreja fue enviada como trofeo al dirigente liberal Natal Luna y, según crónicas, exhibida en una fiesta en La Rioja esa misma noche.
La venganza sobre su familia
Victoria Romero, su compañera de mil batallas, fue encadenada y obligada a barrer la plaza mayor de San Juan. Los bienes familiares fueron confiscados. Murió en 1889 sin obtener justicia. Dos ancianas rescataron clandestinamente la cabeza del caudillo y la enterraron junto a una capilla.

Reacciones y legado
Aunque el gobierno condenó formalmente la ejecución, Irrazábal jamás fue procesado. Sarmiento celebró el crimen; Mitre lo reprendió en privado por “manchar al Ejército”. El asesinato del Chacho debilitó la gobernación de Sarmiento, quien renunció en 1864. Con el tiempo, La Rioja convirtió al Chacho en un símbolo identitario. En su facón puede leerse la frase:
“Naides más que naides, y menos que naides.”
En 2013 se inauguró en la capital riojana un monumento de más de 10 metros que honra al último gran caudillo federal.
Un hombre, una causa, una herida abierta
Ángel Vicente Peñaloza encarna la resistencia del interior frente al poder porteño. Para muchos, fue un bandido; para otros, un héroe popular. Pero nadie discute que su muerte marcó un antes y un después en la historia argentina. El Chacho cayó rendido, traicionado y ejecutado sin juicio. Con él moría la gran tradición montonera que durante décadas enfrentó al poder central. Su figura continúa interpelando a un país construido entre tensiones, desigualdades y profundas disputas por el poder.








