Luis Coita Civit, enólogo jefe de Bodega La Macarena y Finca La Seis, habla del vino como quien descifra un mapa de emociones. Desde Anguinán, en Chilecito, impulsa etiquetas que equilibran tradición y modernidad: Tinkunaco y La Seis. “El vino es como el arte: técnica, intuición y memoria compartida”, asegura mientras describe a La Rioja como un territorio con un carácter único.
Luis Coita Civit no llegó al mundo del vino por mandato ni por herencia directa. Fue, como él mismo dice, “casi un accidente”. Un docente del secundario lo empujó hacia una vocación que mezcla ciencia, creatividad y paciencia: “Es un lugar donde hay una parte técnica muy linda, pero también una creatividad infinita. Eso me atrapó desde el principio”.
A fuerza de viajes y aprendizajes —Nueva Zelanda, Francia, bodegas como Chandon, Durigutti o Peñaflor—, Civit descubrió que el vino es, sobre todo, interpretación. “Lo que hace único a un vino es el lugar. El suelo, el viento, la luz. Hay algo del entorno que imprime su sello en cada uva, y nuestro trabajo es descubrirlo y amplificarlo”. Habla como quien encuentra poesía en los detalles invisibles: en el tiempo exacto de una cosecha temprana, en el matiz de una acidez viva, en los taninos que, según su mirada, “aquí nacen prácticamente maduros en la planta”.

Cuando conoció La Rioja en 2014, sintió que el territorio le hablaba. “Es un lugar de vinos de altura, con una luz tan limpia que todo parece más nítido. Hay una sanidad natural en los viñedos, casi sin necesidad de intervención. Eso nos permite vinos jóvenes, crocantes, con texturas vivas y una identidad directa”. Desde entonces, Anguinán y la bodega que hoy lidera se convirtieron en su escenario de experimentación.
No es casual que lo que hoy produce en Bodega La Macarena y Finca La Seis tenga algo de relato histórico. Hay un cruce íntimo entre su propia genealogía —es descendiente de una rama de Facundo Quiroga— y la historia de la familia Herrera, que fundó el proyecto vitivinícola y cuyo legado está impreso en cada botella. “Visitar los viejos viñedos y ver plantas de más de 300 años que aún producen uva es como estar frente a un testigo vivo de nuestra historia. Hay algo profundamente emocionante en eso”.

La línea La Seis es, para Civit, el corazón de esa tradición. “Es un vino que habla de la familia, del abuelo de Macarena Herrera, que comenzó con todo esto. Las etiquetascuentan esa historia, esa forma de ver la tierra como una herencia viva”. En paralelo, los vinos Tinkunaco representan un pulso más joven, una búsqueda de modernidadsin perder raíz. “El nombre es un homenaje a la unión: de la gente, de las variedades, del trabajo colectivo. Nada de lo que hacemos sería posible sin los cosechadores, los técnicos, la logística, las manos que tocan cada etapa del proceso”.
Su manera de describir el Torrontés riojano parece la de un explorador que ha encontrado un tesoro. “El Torrontés pasó de colonizar toda Argentina a casi desaparecer y hoy vive un renacimiento. En La Rioja lo depuramos, lo entendemos mejor. Es un vino que ahora ofrece capas de aromas, complejidad, delicadeza. Es fascinante porque no es el mismo vino cuando lo abrís que una hora después”.
Habla de vinos como otros hablarían de cine o música: con pasión y con la certeza de que cada botella guarda un fragmento de tiempo y emoción. “El vino, como el arte, tiene un marco técnico, pero después está lo que hace cada persona que lo prueba. Combinarlo con una comida, con un momento, con una charla, es intervenirlo, dejar tu huella. Eso es lo que me interesa: que la gente experimente”.

Civit no es de los que se encierran en dogmas. Defiende la idea de romper reglas: beber un rosado con un postre, un blanco con carnes. “El vino es juego, es creación. Hay que animarse a probar cosas nuevas, aunque salgan del molde de lo que ‘se supone’ que debe hacerse”.
Desde Anguinán, mientras supervisa cosechas tempranas y experimenta con madera, acero y concreto, Civit construye una narrativa que no solo habla de vinos, sino de identidad. “Lo que ofrecemos es una paleta amplia: vinos fáciles de beber, con menos alcohol, más frescura, pero también con profundidad. Queremos que quien abra una botella encuentre una historia que se conecta con la suya”.
El enólogo mendocino, que un día llegó casi por casualidad a este oficio, hoy se mueve como un intérprete de territorios y memorias. Lo suyo es leer la tierra, escucharla, y traducirla en vinos que celebran tanto el pasado como el futuro de La Rioja.







