Luciano Rosso no entra del todo en ninguna categoría, y ahí está justamente su potencia. Actor, bailarín, performer y creador por naturaleza, su lenguaje nace desde el cuerpo, pero no se agota en la destreza física, sino que se amplifica a través del humor, la inteligencia escénica y la sensibilidad para leer el mundo sin necesidad de palabras. Desde Tigre al mundo, construyó una carrera singular, lejos de los caminos académicos y cerca del juego, la observación y la intuición. Con “Un poyo rojo”, la obra de teatro físico que protagoniza junto a su compañero Alfonso Barón desde hace más de 15 años, recorrió más de treinta países y demostró que el movimiento puede ser un idioma universal.
A sus 43 años, Rosso no busca solemnidad ni épica, apuesta a la comedia, al riesgo y a la conexión directa con el espectador. Su cuerpo es herramienta, archivo y territorio de experimentación. Y su escena, siempre viva, funciona como un espacio donde lo absurdo, lo cotidiano y lo profundamente humano conviven sin pedir permiso.
“Nací en Tigre, en la provincia de Buenos Aires, y creo que ese espacio marcó mi manera de vincularme con el cuerpo y el entorno. De chico fui muy inquieto y expresivo, pero recién a los 17 años empecé a canalizar toda esa energía mediante la danza, en un estudio a la vuelta de mi casa, donde organicé mi cuerpo y desarrollé una sensibilidad más permeable al movimiento, al juego y a la observación, algo que hoy sigue siendo central en mi trabajo artístico”.
-Tu vínculo con el cuerpo parece natural.
-Desde chico hice lip sync y playback de manera compulsiva. Con la tele o la radio prendida, imitaba voces, canciones, publicidades. A veces frente al espejo, otras frente a mi familia mientras cenaba. Era un juego permanente, casi inevitable, una necesidad de pasar el sonido por el cuerpo y convertirlo en acción. Recuerdo cantar Valeria Lynch mientras mi mamá limpiaba la casa, Violeta Rivas, locutores de radio, conversaciones ajenas en el colectivo. Incluso sonidos de la calle o de una plaza. Mi cerebro siempre funcionó así, necesitaba traducir el sonido en cuerpo, interpretarlo, hacerlo propio desde el movimiento.

-¿Qué descubriste en ese estudio a la vuelta de tu casa?
-Si bien no tengo una formación académica tradicional, tomé muchas clases de jazz, contemporáneo, algo de ballet clásico, afro, tango, hip hop y danzas urbanas. Tomaba de cada ritmo lo que me llamaba la atención, sin un plan rígido. Esa falta de encasillamiento terminó siendo una ventaja porque me permitió construir un lenguaje propio, híbrido y flexible.
-Hay mucho de actoral en tus performances. ¿Cómo se dio ese cruce?
-Después de empezar con la danza entré en El Choque Urbano, una compañía de música y teatro con objetos. Estuve allí casi ocho años y fue una escuela enorme. Trabajé con artistas como Oski Guzmán y Daniel Casablanca, y ahí uní definitivamente el teatro, la música y el cuerpo como herramientas expresivas. Fue el espacio donde empecé a darle forma a mis ideas. No sabía exactamente qué iba a hacer, pero entendí que quería mezclar lenguajes.


-¿”Un poyo rojo” surge directamente de esa búsqueda?
-Exacto. Teníamos un Centro Cultural en San Fernando donde creábamos pequeñas piezas y de ahí salió este proyecto. Al principio no sabíamos si iba a funcionar ni si el público lo iba a entender. Era un material muy verde que fuimos puliendo con Nicolás Poggi y nuestro aun hoy director, Hermes Gaido. Con el tiempo, la obra creció y tomó vida propia.
-¿Me intriga conocer ese proceso creativo de la obra?
-Nació de improvisaciones. Teníamos premisas claras: que no tuviera texto, que se entendiera en cualquier país, que fuera fácil de transportar por el mundo y accesible a todos los públicos. Y a partir de eso empezamos a improvisar y cosiendo ese material azaroso en una estructura sólida.
-La escenografía es mínima pero llamativa.
-Totalmente. El locker y el banco aparecieron casi por azar, pero enseguida entendimos que eran elementos universales, presentes en cualquier teatro del mundo. Eso nos permitía viajar livianos, sin depender de grandes dispositivos.

-¿El título de la obra cómo surgió?
-De un error. Nosotros nos hacíamos llamar la dupla “Poggi Rosso”, por nuestros apellidos. En un varieté del Konex, un presentador un poco pasado de copas nos anuncia como “Pollo rojo”. Nos miramos y dijimos: “Listo, es el nombre”. A partir de ahí empezamos a investigar las riñas de gallos y apareció la idea de competencia.
-El teatro físico generalmente es drama, desgarro corporal, pero ustedes eligieron la comedia.
-En sí, el teatro físico es solemne y muy dramático. Pero yo quería ir por otro lado. El humor relaja, invita, genera complicidad. Para mí también es una forma de contrarrestar la pesadez del mundo. Durante una hora, la idea es que el espectador pueda olvidarse un poco de todo y reírse.
la obra de teatro físico que protagoniza junto a su compañero Alfonso Barón desde hace más de 15 años, recorrió más de treinta países y demostró que el movimiento puede ser un idioma universal.
-Con los años, la obra giró por decenas de países. ¿Cómo explicás el fenómeno?
-El cuerpo es universal. Todos nos comunicamos primero con el cuerpo. No importa el idioma. Recorrimos 34 países, hicimos más de 1500 funciones y la respuesta fue increíble en todos lados. Eso te confirma que el mensaje llega y que el camino es ese.
-¿Estés en la ciudad que estés, la venta pasa por “teatro físico”?
-Es una etiqueta práctica. En realidad todo teatro es físico. Pero como no hay texto y se mezclan danza, clown y actuación, necesitábamos un concepto que englobe todo eso. Teatro físico o comedia física ayudan a que el público entienda que va a ver algo distinto, aunque no sepa exactamente qué. Por ejemplo, hicimos una función en Nueva Caledonia, sospecho que ellos no entendían el castellano y nosotros no sabíamos ni en que idioma hablaba el público, pero fue una función maravillosa, nos aplaudieron y todos fuimos felices. El cuerpo comunica.

-¿La radio en escena sería un protagonista más?
-La radio introduce lo real dentro de la ficción. Nunca sabemos qué va a sonar. Puede ser una canción romántica o un sermón evangélico, y siempre funciona porque el cerebro del espectador necesita unir lo que escucha con lo que ve. Incluso cuando no entendemos el idioma, la reacción del público nos guía.
-Paralelamente estás presentando tu unipersonal “Apocalipsync”.
-Surgió en la pandemia. Estaba en París y sentí que si no hacía algo me volvía loco. Empecé a trabajar solo, a escribir escenas, a juntar material sobre el encierro y la creatividad como forma de supervivencia. Luego convoqué a María Saccone y durante meses armamos la obra, que estrenamos en Francia, en la ciudad de Aviñón.La obra cuenta ese día eterno que vivimos todos durante la pandemia. De las rutinas absurdas, de la gimnasia frente a la tele, de las redes sociales como salvación y condena. Es una mirada física y caricaturesca sobre ese período. Hoy funciona aún más porque ya hay distancia y podemos mirarlo con otra liviandad.
Rosso no busca solemnidad ni épica, apuesta a la comedia, al riesgo y a la conexión directa con el espectador. Su cuerpo es herramienta, archivo y territorio de experimentación.
-Tuviste tu momento viral con el “El pollito pío”. ¿Cómo se gestó?
-Yo tengo un canal de YouTube desde 2010 con playbacks hechos solo con la cara. En Madrid, durante una función, el público votó por Facebook que hiciera “El pollito pío” como bonus track de la obra. Alguien lo filmó, lo subió y al otro día mi teléfono explotó. Fue inesperado y muy intenso. Me abrió puertas, pero también quedó muy pegado a mi imagen. Igual lo entiendo como parte del recorrido. Surgió de un juego, de algo genuino, y eso es lo que trato de preservar siempre, incluso cuando el alcance es masivo.



-Tu cuerpo es tu principal herramienta. ¿Cómo lo cuidás ante tanta exigencia?
-El entrenamiento es la obra. Llegamos dos horas antes, entramos en calor y cuando empieza la función ya estamos trabajando. No seguimos dietas estrictas, pero comemos liviano y nos cuidamos. Cuando no actuamos, hago yoga y natación. Y me cuido mucho, sobre todo ahora que ya no tengo 20 años. Mis amigos ahora están con la moda del padel pero yo prefiero no ir para evitar las típicas lesiones de rodilla. Si una actividad me puede causar algún riesgo físico, no la hago. El cuidado tampoco es una cárcel, es una elección consciente.
-¿Cómo proyectás tu futuro?
-Estamos haciendo mucha gira. Estaremos en Córdoba y Rosario. Creo que tanto “Un poyo rojo” como “Apocalipsync” tienen vida para rato. Igual estamos creando una continuación y tengo otros proyectos en marcha. Pero mientras las disfrutemos, van a seguir. Para nosotros es como juntarse a jugar un partido con amigos, pero arriba de un escenario.








