Gran acierto de Editorial Edhasa al reeditar la primera novela de Eugenia Almeida. Una ficción necesaria —porque siempre lo son las obras que vuelven sobre la dictadura argentina—, pero en este caso con un plus: lo hace desde una perspectiva menos transitada, la de un pueblo de provincia, donde lo extraordinario irrumpe sin estridencias.
Almeida construye climas con precisión y, sobre todo, con oído. El uso del diálogo no solo agiliza la lectura sino que vuelve a la novela profundamente visual. Hay algo casi cinematográfico en esa circulación de voces, en esos rumores que van y vienen. Y ahí aparece también una lectura interesante: cuánto le falta, muchas veces, al cine argentino para captar esa vitalidad del habla pueblerina, donde el silencio no es la norma sino la excepción. Como alguien que vivió en un pueblo hasta los 18 años, doy fe de que la novela captura con verosimilitud ese pulso: la conversación constante, el comentario al pasar, el juicio apenas disimulado.
En El colectivo, prejuicios, ingenuidad, ignorancia, doble moral y el chisme como práctica social emergen con naturalidad, pero sin caer en el subrayado ni en el golpe bajo. Hay, incluso, una ternura sutil en el modo en que Almeida observa a sus personajes. No los absuelve, pero tampoco los condena. En ese equilibrio radica una de las mayores virtudes del libro.


La trama parte de una premisa tan simple como inquietante: en ese pueblo aparentemente calmo, un día el colectivo deja de parar. La primera vez desconcierta; después, inquieta. Y cuando la excepción se vuelve regla, lo que empieza a resquebrajarse no es solo la rutina, sino el tejido social. La espera se transforma en sospecha, la sospecha en rencor, y el rencor en necesidad de encontrar culpables.
En El colectivo, prejuicios, ingenuidad, ignorancia, doble moral y el chisme como práctica social emergen con naturalidad, pero sin caer en el subrayado ni en el golpe bajo.
En ese mecanismo casi inevitable, la figura del “otro” aparece rápidamente: una joven pareja llegada de la ciudad, alojada en el hotel del pueblo, se convierte en el chivo expiatorio perfecto. Son ajenos, están de paso, y —quizás— tienen motivos para querer irse con urgencia. O quizás no. Pero en un contexto enrarecido, eso ya no importa demasiado.


Alguna vez le preguntaron a la autora como fue el proceso de escritura de esta novela y contó que fue «urgente, febril, casi desesperado. Escribía a cada rato, en cada momento libre, en cada descanso. Como si hubiera habido algo que me empujara. Sin ningún plan, sin saber adónde iba ni que iba a suceder con esa historia.Fue una experiencia fuerte, como una gran tormenta que se gestó durante mucho tiempo, que se desarmó en una lluvia tremenda y que luego dejó un gran alivio: el olor de la tierra mojada».
Lo más inquietante de la novela es cómo muestra que la violencia no siempre llega desde afuera ni se manifiesta de manera explícita: puede crecer, silenciosa, en lo cotidiano, en lo mínimo, en lo que nadie parecía mirar demasiado. Quizás se le podría pedir un poco más de desarrollo a personajes como Ponce, el comisario o el cantinero-hotelero, que parecen guardar capas aún no del todo exploradas. Pero incluso en esa contención hay una decisión narrativa: sugerir antes que explicar.
El colectivo es, en definitiva, una novela breve pero persistente, de esas que dejan una incomodidad latente. Y en tiempos donde la memoria no es un ejercicio cerrado, sino una práctica activa, su lectura no solo resulta recomendable, sino necesaria.








