Silvia Freire: “Nunca es tarde para entrenar la mente y cambiar el rumbo”

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En su regreso a la próxima Feria del Libro, la escritora presenta Estoicada, una obra atravesada por el dolor, el viaje y la decisión radical de hacerse feliz. En esta charla íntima con RANDOM, cuenta sobre su motorhome, la Fe, el entrenamiento mental y el arte de no quedarse en “punto muerto”.

Hablar con ella es entrar en una conversación donde las ideas no bajan en línea recta, sino que se abren, se contradicen, se iluminan y vuelven a empezar. Como si pensar fuera, en sí mismo, un viaje.  Y quizás lo sea. Después de atravesar uno de los dolores más profundos de su vida, Freire decidió subirse a una aventura y recorrer nuestro país  y el exterior durante casi tres años.

De esa experiencia nace su nuevo trabajo –libro y canal del Youtube- pero también una certeza: no hay punto muerto posible cuando alguien decide, incluso en medio del dolor, poner primera.

Hoy con las redes, con nuevos formatos, la gente sigue buscándote para sentir tu enfoque optimista de la vida ¿Sentís eso?

Creo que lo más interesante es que la gente todavía no me pudo poner en caja. Tiene la libertad de creer que yo soy lo que el otro quiere que yo sea. Lo hacemos un poco con todo el mundo, pero yo me dejo.

Entonces la gente me pregunta como si yo fuera psicóloga o algunos, qué sé yo, me malinterpretan. Y bueno, nada, está bien. Y en esa malinterpretación siempre terminamos viendo, ¿no? Siempre, cuando uno busca, se encuentra.

Así que eso es a donde acompaño. En general, lo que hago es acompañar a la gente y a mí misma. Cuando te pierdas, vuelve al punto de partida. Así que trato de ir ahí, al inicio. Y esto no te está pasando con el que está ahí enfrente, sino que te está pasando con algo que ya estaba. Lo de la herida preexistente me encanta. Pensar en que lo único que estás haciendo vos es rozar mi herida, ¿no? Y eso mostrarlo me resulta fácil.

Y has sido consecuente con esto de nombrar todos los problemas que tenemos los seres humanos, pero para que no nos quedemos ahí, en ese punto muerto…

Sí, qué linda expresión, me la voy a quedar. Punto muerto. Qué linda imagen b… Estás ahí en punto muerto, ¿no? Y dale, meté primera, arrancá, vámonos de acá. Porque además la palabra muerto, ¿no?

Con todo lo que eso implica, y con el duelo, y con el dolor, y con lo irremediable. Muerto como terminado, ¿entendés? No solamente con los seres humanos. Digo, esto se terminó y no puedo quedar en ese punto muerto.

¿Cómo fue ese proceso que desemboca en salir en un motorhome y escribir Estoicada?

Vos sabés que yo siempre fui mi conejito de Indias. Nunca sentí que tuviera mucho para perder. Mi marido siempre me apoyó en lo que tuviera que ver con este camino porque era un gran admirador, gracias a Rolando Hanglin (su compañero radial) en realidad.

Cuando yo le dije a mi marido voy a escribir un libro, las paredes temblaron de la risa, se cagó de risa porque él había sido compañero mío de la secundaria y me había visto ratearme y llevarme todas las materias… Entonces, mucha fe no me tenía…

Tenía un concepto de mí que después fue cambiando gracias al carácter transitivo de amar a Hanglin, de admirarlo profundamente. Cuando Hanglin hablaba de mí como si yo fuera Einstein, mi marido decía, “le voy a prestar un poco de atención a esta mina porque me parece que esta mina me fue creciendo al lado sin que yo me dé cuenta”.

Supo sentarse a tomar algo fresco a la sombra de ese árbol que había crecido con profunda admiración, lejos de toda competencia. Fijate que él era muy celoso, posesivo, cabrón. Y todo eso se lo fue guardando de a poco, pobre tipo, y me fue dejando crecer.

Entonces, en ese crecer, yo no tenía hijo, no tenía compromiso, tenía un admirador al lado que me dejaba hacer lo que se me encantara (…) Es el mérito. Fue aprendiendo de los grandes maestros que me hablaron ocho horas por noche y eso es un montón.

Después empecé a ver los pequeños brotes, que no sabía ni de dónde salían. Conecté con mi niña interior, como lo pide la línea de pensamiento de Louise Hay. La esencia que hasta los siete años tiene una actitud activa y aprende.  (…) Me tocó entonces, en ese contacto con la niña y con la esencia, me tocó darle el mando para que ella dirija mi vida. Me animé a darle el mando a una pendeja.

Tipo lo dejo en buenas manos, mejor dicho, en pequeñas manos…

Hay que estar un poco loca, ¿viste? Porque que te maneje una nena de siete años es bravo. Y le dije, hacete cargo, gorda, porque yo si no, no sé cómo seguir. Yo estaba medio muerta, se murió mi marido, me quedó la mitad. Estuve toda la vida con ese tipo, con su mirada, con su admiración.

Como no sabía qué hacer, le doy a la pendeja esta que está tan creativa, tan vanguardista, tan sin límites. Me lo tomé para bien y ahí me fui. Le dije a la niña, ¿Qué te gustaría hacer ahora con estos despojos? Me dijo, me gustaría comprar una motorhome e irme a la mierda.

Así que reuní a mis asesores y dije, ¿me da para comprarme una motorhome? Y todos, por supuesto me dijeron que no, que no era recomendable, que tendría que alquilar, que primero tendría que ver. Mi niña se cagó en todos juntos a la vez y me compré la motorhome y me fui a recorrer parte de Argentina y del exterior me pareció una aventura espectacular.

Esto de amanecer todos los días en un lugar diferente me pareció maravilloso. Muchos lugares donde yo no podía encontrar a mi marido, salvo que lo buscara. Y eso está bueno, ¿no? Que inevitablemente venga el recuerdo es un tema y que vos busques al recuerdo y te hagas daño al pedo es otro tema. Así que yo tenía la firme decisión de hacerme feliz, porque ese era el trato que habíamos tenido con mi marido. Lo cumplí. Me hice feliz en estos casi tres años.

Después empecé a ver los pequeños brotes, que no sabía ni de dónde salían. Conecté con mi niña interior, como lo pide la línea de pensamiento de Louise Hay. La esencia que hasta los siete años tiene una actitud activa y aprende.

¿Qué pasó en ese viaje?

Lo primero que me pasó fue reconfortarme con la idea de que lo había hecho bien con las viudas que había conocido. Yo enseñaba muchas cosas de pico, porque yo tenía una vida plena, y hablar de un garrón, de algo feo, medio como que tocaba de oído, porque no sabía bien de qué se trataba. Sí, había pasado siete años jodidos en el comienzo de mi matrimonio, porque no sabíamos quién le iba a poner el pie en la cabeza al otro.

Por suerte llegó Louise Hay a mi vida en un libro que me pareció un pasquín: “Usted puede sanar su vida”, y digo esta porquería, esta inmundicia. Después esa maravillosa mujer me llevó al curso de milagros, que me pareció una inmundicia también, y resultó un curso que vengo haciendo desde hace más de 30 años.

Cuando logré salir de eso, tenía una vida tan plena que muchas veces no sabía si estaba haciendo bien con esa viuda que venía, y le decía yo, dinamita tu casa, o mudate, andate del lugar donde dormías con tu marido. Incluso hasta les ofrecía lugar para quedarse como de vacaciones, para cambiarles la vida, para que hicieran cosas diferentes. Y me resultó bien, pero nunca supe si era universal, y sí lo fue. Fue lo mejor que yo decidí hacer y lo mejor que les ofrecí también a ellas.

El hecho de que si la calesita está cerrada, no te quedes a llorar ahí pataleando. Me pareció buena la idea de esta decisión de ser feliz. Y corroboré que estuvo bueno. Yo a medida que voy avanzando, miro para atrás y digo, ¿va bien esto, Freire? Y la verdad que no te va nada mal.

Foto gentileza Agencia Coral

Pienso también ¿Cuán importante es, Silvia, para que ese árbol del que hablabas hace un rato pueda crecer, tener cuidado con los que te podan?

Creo que le damos las tijeras a la gente que tenemos alrededor. Entonces, lo primero que hago es cuidar y verme a quién le estoy dando la tijera para que haga conmigo lo que le estoy pidiendo que haga. Porque yo creo mucho en esa técnica de Ho’oponopono, la técnica milenaria para ser feliz

Te dice, gracias, lo siento, te amo, muchísimas gracias por entrar en mi realidad a darme lo que yo necesito para poder verme sanar. Esto que estás haciendo me duele a mí.  No le duele a todo el mundo. Lo que vos hacés me duele a mí. Gracias, lo siento. Gracias, lo siento, te amo. Lo siento porque lamentablemente te estoy usando a vos para que me lo muestres.

En general son personas que nos afectan y el verdulero mucho no me afecta. Me afectan mis seres más próximos, mis seres más queridos. Así que lamento que tenga que usarte a vos para poder ver algo que está en mí. Gracias, lo siento, te amo, te amo por ser quien eres. Y el portador de la noticia, de que acá algo está pasando.

Por otro lado, yo me estaba olvidando. Pasaban los meses y era todos los días en un lugar diferente. Tres años todos los días amanecer en un lugar diferente. Es un montón. Gracias a Dios se me ocurrió hacer un programa de turismo. ¿Pero sabés para qué? Para recordarme los lugares donde estuve (Mundo Freire Turismo Ancestral).

Un mundo nuevo…

Primero para mí. Y después para que toda la gente se anime a ser turista en su vida. A ser turista en su barrio. Sean turistas en su propio lugar. Y siéntanse turista. Haciendo un bolso, ya la cabeza te cambia. Trabajen a favor de lo que hacen. Vivan la vida. ¿Cuánta gente se muere sin haber vivido nada?

Me da la sensación de que la vida es otra cosa y que está en nuestras manos. Así que todo lo que yo trato de transmitir, que me sale bastante bien, tanto transmitirlo como que lo recepcionen, tiene que ver con esto. Con hacerse felices.

podés entrenarte para cambiar. Nunca es tarde. Nunca. Si vas al gimnasio tres días algo pasa. No vas a adelgazar los 40 kilos por haber ido tres veces al gimnasio. Pero le vas a mandar una información al cerebro que ni siquiera vas a poder abarcar porque el cerebro va a decir ¿a qué venimos acá?

Me gustó esto en este libro que traes el estoicismo, que generalmente lo asociamos a lo duro, a lo frío. Y quizás, ¿qué otros malentendidos buscas romper con este libro?

Qué buena pregunta. ¿Qué malentendidos quiero romper? Lo que está buenísimo es que la gente crea que no permitir que te dirijan tus emociones o relacionen con ser insensible es una de las cosas que me encantaría aclarar.

Que a la gente le quede claro que el hecho de que no te permitas ser un animal apareándote en las esquinas, que no te permitas manejar borracho, que no permitas conducir tu vida embriagado de emociones, me parece que eso, lejos de no ser una persona insensible, es al contrario. Tener la sensibilidad de medir que me estoy perjudicando y estoy perjudicando al resto.

Porque si una madre supiera cuánto sufre un hijo cuando ella llora, cuánto, yo no sé si vos tuviste esa desdicha, pero ver llorar a una madre es algo horrible. Ni hablar de un padre. Ver llorar a un padre porque tu padre lo echaron de laburo, porque no tiene con qué pagar el alquiler, porque se la está viendo dura.

Ver llorar a tus padres, no solo que por amor es jodido, sino porque también te deja tan desvalido. Si éste no sabe qué hacer con su vida, ¿cómo sabría hacer yo con la mía? Entonces, me parece fundamental que el ser humano, lejos de llorar, arregle lo que haya que arreglar.

Es decir, no quedarnos en ese mar de tristezas…

Verdaderamente el llanto no corrige nada. Y cuando digo las emociones, yo me tengo que calzar el saco también, porque si bien logro no llorar, a veces no logro domar a la fiera. Yo soy de Tauro, veo un rojo y te voy a la yugular, ¿viste?

Entonces, cada cual con sus emociones, el que es tristongo tiene que trabajar con la tristeza y el que es iracundo, como yo, tendrá que trabajar con la ira. Pero a mí me pasa también que no tengo que dejarme llevar por las emociones, por los enojos, por los arrebatos. Y es un laburo que uno no se deje llevar.

Hablás mucho de entrenamiento mental….

Sí. Yo empecé a decirle así porque me daba vergüenza decir “curso de milagros”. Pero es entrenamiento. Nos entrenaron para ser lo que somos. Repetí conmigo: soy torpe, soy torpe, soy torpe… y listo, te lo creés.

Entonces también podés entrenarte para cambiar. Nunca es tarde. Nunca. Si vas al gimnasio tres días algo pasa. No vas a adelgazar los 40 kilos por haber ido tres veces al gimnasio. Pero le vas a mandar una información al cerebro que ni siquiera vas a poder abarcar porque el cerebro va a decir ¿a qué venimos acá? Che, hace tres días que vengo acá.

El cerebro va a empezar a buscar información acerca de lo que está pasando y esa información va a ser útil para arrancar un camino. Y ¿sabés qué? Para que el velero vaya a otro puerto hay que girar la vela tan poquito.

Se necesita tan poquito para que la vela vaya hacia otro lugar y termine en otro puerto, opuesto. Absolutamente opuesto.

¿Cómo es tu relación con la Fe?

Yo estaba peleada con todos. También con Dios (…-) Hasta que un día agarré una imagen y le dije: “Yo creo que sos un cartón, pero si me estás escuchando, entrá en mi vida”. Y entró. Empecé a sentirlo.

Si alguien quiere llamarle sugestión, yo le doy permiso. “La mina se sugestionó y terminó creída”, dale con eso. Y si no, también podés creer que ese barbudo me llevó al Padre (…)

¿Y sabés qué? Me siento comprometida en esta fantasía de si es mi papá, si ese creador es mi papá, es el tuyo, lo que quiere es verme feliz. Y si él juntó para comprarme la bicicleta y me la puso en la puerta, yo lo que menos puedo hacer es pedalearle y disfrutar de la bicicleta que me regaló.

Si me regaló la vida, lo que menos puedo hacer es disfrutarla y mostrarle que le agradezco muchísimo lo que hizo por mí y lo que hace. Y cuando me tiento en pensar qué pasó con mi marido, por qué las circunstancias fueron adversas, me callo, respiro y digo, a ver Freire, si te creíste que vos querés más a tu marido que Dios. Vos no lo querés más que él. Así que callate la boca, cerrá el c… y seguí para adelante.

La charla podría haber seguido. De hecho, queda la sensación de que no termina nunca: Silvia Freire no responde para cerrar, sino para abrir. Habla como vive: avanzando, probando, volviendo a empezar.

Y en ese movimiento —entre el dolor, el viaje, la fe y el aprendizaje— aparece una idea que atraviesa todo: no quedarse nunca en punto muerto.