Lorena Pronsky: “Hoy se sufre por cosas nuevas, pero el vacío sigue siendo el mismo”

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Pronsky escribe como piensa. Con intensidad, con filo y con una lucidez que no busca agradar, pero tampoco misericordia. Psicóloga de formación y narradora por necesidad, convirtió a su nueva heroína Carola, la protagonista de “Loca” y ahora de “Otra”, en una de las voces más incómodas y reconocibles de la literatura emocional argentina reciente. En esta conversación con Random, reconstruye el origen de esta mujer herida, habla del mandato contemporáneo de la felicidad, del negocio de la autoayuda, el impacto de las redes sociales y de por qué eligió la novela para contar aquello que en el ensayo no le alcanzaba.

Tu nuevo libro “Otra” viene a completar la historia de Carola.

Sí, la que había comenzado con mi libro anterior “Loca”. En realidad, esa primera novela arrancaba por el final, con un intento de suicidio y, desde allí, reconstruye el camino de una mujer atravesada por la depresión. “Otra” retoma esa vida después del derrumbe. Me interesó narrar qué pasa cuando alguien ya tocó fondo y debe seguir viviendo. Cómo se habita el después. Cómo se aprende, o no, a existir con las marcas.

Venías escribiendo ensayos, pero a tu parecer, carola necesitaba una novela.

Porque sentí que ya no podía seguir escribiendo del modo en que venía haciéndolo. Había trabajado cuentos, textos breves, ensayos, pero me quedaban chicos para lo que quería contar. Yo siempre escribo desde mi relación con la salud mental, por mi formación como psicóloga, pero buscaba mostrarlo desde la vida cotidiana. Cómo se levanta una persona deprimida, cómo atraviesa el día, cómo piensa. Para eso necesitaba tiempo, aire, una vida entera narrada.

¿La novela te dio ese espacio?

Totalmente. Me permitió entrar y quedarme. Antes tocaba temas como el duelo o la angustia desde distintos ángulos, pero acá quería seguir a alguien en profundidad. La novela me dio volumen emocional. Y aun así me quedó chica, porque la experiencia humana siempre desborda los formatos. En “Loca” aparece el padecimiento, en “Otra”, la pregunta de si con herramientas, vínculos y ayuda profesional se puede vivir mejor dentro de una sociedad hostil.

¿Cómo es esa sociedad que Carola ve hostil?

Una sociedad donde la felicidad funciona como mandato. Hoy pareciera que no alcanza con vivir, además hay que mostrarse feliz, exitoso, pleno. Y si no lo lográs, la culpa recae sobre vos. Carola siente ese mundo como excesivo, imposible de tramitar. Me interesó mostrar que muchas veces el sufrimiento no nace solo del individuo, sino también de los discursos que lo rodean y de las exigencias culturales que lo aplastan.

¿“Otra” ya estaba escrita cuando salió “Loca” o surgió después?

No, Cuando me decidí a escribir una nueva novela después de “Loca”, todavía no sabía qué iba a hacer. Incluso tenía otras ideas. Pero sentí que Carola no había terminado de decir lo suyo. Quedaba pendiente saber si alguien con depresión, con red de contención y tratamiento, puede salir adelante. No como cierre perfecto, sino como continuidad de una vida real. Por eso “Otra” no es un apéndice, es una segunda respiración.

«…Hay momentos donde la paso muy bien, incluso con felicidad genuina, porque siento que la historia encuentra su cauce. Pero también hay escenas muy intensas que me conmueven profundamente…»

¿Carola estaba en tu cabeza desde hacía mucho tiempo?

Creo que sí, aunque no de manera consciente. No estaba Carola pero sí alguien que tenía esos padecimientos. Cuando uno revisa mis libros anteriores aparecen semillas de ella, cierta mirada sobre el mundo, sobre la fragilidad, sobre cómo florecer en medio del barro. Después entendí que venía trabajando temas similares desde hacía años. Carola condensó muchas intuiciones previas. Fue la forma más nítida que encontró mi escritura para hablar de ciertas heridas contemporáneas.

¿Por qué elegiste contar una depresión? No es un tema muy marketinero.

Porque estoy harta de escuchar discursos vacíos sobre la felicidad obligatoria. En redes, en televisión, en todos lados aparece gente sin formación diciendo cómo vivir, cómo sanar, cómo “manifestar”. Y eso genera frustración. El cerebro no viene al mundo a ser feliz, viene a sobrevivir. Todo lo demás es más complejo. Me interesó confrontar esa falsa promesa mostrando la experiencia concreta de alguien que no encaja en ese mandato.

Cuestionás la industria que hay detrás.

Claro. Hay una economía enorme alrededor del malestar: autoayuda exprés, coacheos milagrosos, fórmulas para alcanzar plenitud en cinco pasos. Mientras más imposible sea la meta, más se consume. Entonces la búsqueda de felicidad se vuelve negocio. Eso me enoja profundamente. Porque además se individualiza el problema, pareciera que si sufrís es porque no hiciste bien la tarea, no porque vivís en un contexto difícil, injusto o alienante.

Leyéndo tu libro pensé: “Qué duro debe ser estar en la cabeza de Carola”. ¿Cuánto hay de vos y cuánto de ficción?

Siempre hay algo propio. Incluso cuando alguien escribe terror hay algo íntimo puesto ahí. No creo en la separación absoluta entre autor y obra. Puede haber mezcla de personas, escenas escuchadas como psicóloga, episodios vividos, cosas mínimas que luego crecen en la ficción. Obvio que “Otra” no es autobiográfica, pero sí está atravesada por mi forma de mirar, de pensar y de sobrepensar el mundo. Pero me pasó algo curioso, recién al cerrar el libro entendí que había invitado al lector a meterse dentro del psiquismo de una neurótica, con sus infiernos, obsesiones y circuitos mentales.

¿Hay autocensura al narrar la oscuridad? ¿Cuáles son los límites para no caer en la apología?

Sí, tengo una responsabilidad ética. Todo lo vinculado a la ideación suicida lo trabajé con muchísimo cuidado. Quería ser rigurosa y no generar daño en quien leyera. Además uno nunca sabe del otro lado quién recibe esas palabras. La oscuridad real muchas veces va más allá de lo que conté, pero escribir también implica decidir hasta dónde mostrar sin convertir el dolor en espectáculo.

Cómo psicóloga te habrás cansado de analizar tópicos como la familia, el amor, el trabajo. ¿Hoy se sumaron las redes sociales?

Absolutamente. Y generan angustia en todas las edades. No solo en adolescentes. Las comparaciones son permanentes. Belleza, éxito, dinero, vínculos, visibilidad. Hoy incluso editoriales miran cuántos seguidores tiene alguien antes que cómo escribe. Eso modifica los criterios simbólicos. Lo mismo pasa en otros ámbitos. El valor parece medirse por números, y eso deja a mucha gente sintiéndose insuficiente.

«…Me interesó mostrar que muchas veces el sufrimiento no nace solo del individuo, sino también de los discursos que lo rodean y de las exigencias culturales que lo aplastan…»

Muchos escritores investigan guerras, épocas o mundos ajenos. Tus libros indagan los adentros.

Hay momentos donde la paso muy bien, incluso con felicidad genuina, porque siento que la historia encuentra su cauce. Pero también hay escenas muy intensas que me conmueven profundamente. El final me emocionó muchísimo y terminé llorando. Porque mientras escribo no sólo acompaño al personaje, también me interrogo a mí misma.

¿Cómo salís de esos estados intensos en los que te deja la escritura?

No salgo. Porque si revierto demasiado rápido ese estado, me voy de la novela. Entonces durante meses estoy absorbida por ese mundo y me la banco así. La escritura es terapéutica en dos sentidos, mientras escribís, porque te obliga a concentrarte y bajar un cambio; y después, porque te revela cosas. Si escribo una escena fuerte y quedo mal, no me molesta que mi día se haya arruinado. Es así.

¿Y cómo convive esa escritora con la vida cotidiana, con hijos, amigos, obligaciones?

Convive con tensión. Si estoy escribiendo y me sacan de ese estado, me irrito porque siento que estaba trabajando, aunque desde afuera no siempre se perciba así. Mis hijos pueden verme en casa y pensar que estoy disponible, pero yo estoy dentro del libro. Suelo escribir tres horas a la mañana, corto para mover el cuerpo, vuelvo otra hora y después retomo más tarde. Me organizo según la energía creativa del día.

“Rota se camina igual” fue el libro que te lanzó. ¿Cómo lo mirás hoy?

Lo escribí desde una inocencia absoluta. Pensé que lo leerían mi mamá, mi papá y dos personas más. No tenía noción del impacto que iba a tener. Después me costó recuperarme, porque era un libro muy en carne viva y generó muchas interpretaciones sobre mi vida. La gente suponía cosas, me atribuía duelos personales. Con el tiempo entendí que no tenía que explicar nada. Cada lector lee desde su herida.

Las crónicas dicen que sos la autora de “Rota se camina igual”, uno de los libros que mejor explica el verdadero dolor.

No me pesa, aunque es fuerte. No releo mis libros, pero cuando a veces me piden leer fragmentos, me sorprendo. Pienso: “¿cómo pude escribir algo tan descarnado?”. No me reconozco del todo en esa exposición brutal. Pero entiendo por qué conectó tanto, fue de los primeros en hablar del dolor como parte inevitable de la vida, sin maquillarlo.