Constanza Feldman: Lo que sucede cuando una máquina empieza a fallar

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A veces alcanza con observar durante unos minutos una acción cotidiana para descubrir su costado más absurdo. Eso es lo que ocurre en Amanuenses, la comedia física creada por Constanza Feldman que acaba de estrenar su segunda temporada y que transforma una oficina del siglo pasado en una maquinaria tan precisa como delirante. Entre sellos, papeles, rutinas repetidas hasta el cansancio y cuerpos que parecen funcionar como engranajes de una cadena de montaje, la obra encuentra humor, poesía y también preguntas sobre el trabajo, la productividad y la automatización de la vida cotidiana.

Actriz, bailarina, coreógrafa y directora, Feldman lleva años desarrollando una búsqueda escénica propia donde el cuerpo ocupa el centro de la narración. En Amanuenses –los miércoles a las 20.30hs en el Galpón de Guevara- esa exploración alcanza una de sus expresiones más logradas: durante una hora no se pronuncia una sola palabra y, sin embargo, todo parece decirse. En esta charla con RANDOM, analiza el origen de la obra, el teatro físico, la importancia del error en los procesos creativos y el valor de la presencia humana en tiempos atravesados por la inteligencia artificial.

Amanuenses toma una figura medieval, pero termina hablando de algo muy contemporáneo. ¿Cómo fue el estreno de esta nueva temporada y en qué momento descubriste que los amanuenses podían convertirse en una metáfora del trabajo actual?

En este proceso el título de la obra vino después de haber perfilado el material que íbamos a desarrollar. Empezamos trabajando sobre los gestos cotidianos. Después particularizamos y nos centramos sobre el gesto en el mundo del trabajo, es decir un trabajo pensado más como se lo entendía antes: con cuerpo y objetos en mayor cercanía. Eso nos llevó de manera directa a privilegiar las manos por sobre el resto del cuerpo. A su vez, acotamos el mundo del trabajo a uno solo de sus tópicos, uno de los más emblemáticos: la oficina. Cuando esas coordenadas estaban establecidas, comencé a indagar sobre literatura que sirviera de referencia para nuestro trabajo, y ahí apareció “Bartlelby”, la novela de Herman Melville, cuyo personaje epónimo es, precisamente, un amanuense.

En cuanto al  reestreno, se trata de volver con una obra que hacés con amigos y que disfrutás tanto hacer, que tuvo tan buena recepción del público en su primera temporada, es muy motivante. Hacer obras es un gran trabajo en equipo y un esfuerzo enorme de todos y cada uno de sus integrantes, pero la felicidad que nos da ofrecer eso a los espectadores cada semana y que siga apareciendo público nuevo para lo que hacemos, es algo que me cuesta encontrar en otra actividad. Por eso, poder estar haciendo funciones es una alegría. Esta vez tuvimos la suerte de que al estreno en el Galpón de Guevara se sumó, a los pocos días, una función en Vicente López que fue muy especial.

La obra transforma acciones cotidianas como sellar, firmar o acomodar papeles en una coreografía. ¿Cómo fue el proceso de convertir esos gestos burocráticos en lenguaje escénico?

Nos tomamos un año para poder profundizar en el material de la obra. Y lo bueno fue que cada vez nos entusiasmaba más, y más lejos queríamos llegar en esa búsqueda. Probamos y erramos infinidad de veces. La idea inicial era sencilla: probar gestos y acciones fácilmente reconocibles, en una clave más “realista”, y, a través de diferentes procedimientos -sencillos también- ir encontrando el componente que permitiera transformar esas acciones en coreografía. También, propiciar el surgimiento de la excepción, la extrañeza que revela los componentes más grotescos de esas acciones. Esos movimientos y gestos, liberados de su lógica práctica, se volvieron material pasible de ser organizado por una nueva lógica: la de la coreografía. Lo mismo a nivel sonoro, pensábamos en cómo organizar ruidos de una oficina para pasar del mero ruido al sonido organizado. O, mejor dicho, pasar a pensar el ruido concebido y organizado como materia musical. Es casi redundante decir que la colaboración con el músico de la obra fue fundamental.

No hay una sola palabra durante toda la función y, sin embargo, la historia se entiende maravillosamente. ¿Qué posibilidades narrativas encontrás en el cuerpo que no aparecen en el lenguaje hablado?

No es que piense que el cuerpo narra más que las palabras. Sí creo que los cuerpos tienen un componente narrativo muy fuerte. Todos escuchamos mil veces aquello de que “decís una cosa y con el cuerpo expresás otra”. Es una frase muy común y también muy cierta. Y lo pienso como algo bueno, que demuestra la complejidad de las personas y de sus actos comunicativos. Estamos llenos de contradicciones y el cuerpo es un gran territorio para explorarlas. Cuando actuamos y decimos un texto lo hacemos desde nuestro cuerpo. Siempre el cuerpo está presente y tiene voz.

En el caso de amanuenses tuvimos como referencias a grandes maestros del cine mudo y del primer sonoro y por eso se decidió que la obra careciera por completo de texto.

«…Creo que el teatro es una gran arma contra todo el avance de la IA. El teatro es puro presente. Es un ritual, un acto de fe y de comunidad. Mientras exista el teatro supongo que estaremos a salvo, o eso espero…»

En Amanuenses los personajes parecen funcionar como una máquina perfecta hasta que algo empieza a fallar. ¿Qué te interesa explorar sobre el error, el automatismo y la creatividad humana?

La imagen de la máquina humana que empieza a fallar es muy atinada ya que una de nuestras referencias a la hora de pensar el lenguaje de la obra fue “Tiempos modernos”, de Chaplin.

El error, los accidentes son posibilitadores de nuevas cosas, de nuevos recorridos, de diferentes conexiones, de nuevos pensamientos. Me parece que muchas cosas que surgen en una obra provienen del devenir de algún supuesto error, de alguna idea que chocó de frente con la prueba concreta a la que la sometimos en el proceso de ensayos y que reveló algo más rico que nuestras ideas iniciales.

La obra es muy divertida, pero también deja preguntas sobre la productividad, la rutina y la deshumanización en una época donde otra vez aparece la reforma laboral. ¿Qué reflexiones te gustaría que acompañen al espectador cuando sale de la sala?

Lo lindo de lo que hacemos es que las reflexiones de los espectadores se nos escapan. Las obras se completan con esa mirada y esa reflexión.

Lo interesante es poder crear un mundo y un lenguaje que salpique sentido para todos lados. Y, si bien una trabaja para que algunos de esos sentidos traccionen más que otros, es algo que no se puede controlar y creo que esto es algo bueno.

El público de la obra es muy variado, sobre todo en edades, y tenemos la sensación de que eso también promueve una gran diversidad de lecturas de la obra.

Gran parte de tu trabajo se mueve entre la danza, el teatro físico y el humor. ¿Cómo fuiste construyendo esa identidad artística tan particular dentro de la escena independiente?

Creo que cada proceso de creación es único. Porque no solo son las imágenes, las ideas o hipótesis con las que se arranca a trabajar las que construyen la identidad de cada proyecto, sino más bien la totalidad de sus componentes. Las artes escénicas son un ámbito tan de comunidad que cada persona y cada área que interviene en la creación y producción va dando forma a lo una hace. Hay un poco de voluntad sesuda y mucho feliz accidente en mi recorrido.

En tiempos de inteligencia artificial, automatización y trabajo cada vez más digital, Amanuenses parece reivindicar la materialidad y la presencia de los cuerpos. ¿Sentís que estamos perdiendo algo en ese proceso?

Creo que el teatro es una gran arma contra todo el avance de la IA. El teatro es puro presente. Es un ritual, un acto de fe y de comunidad. Mientras exista el teatro supongo que estaremos a salvo, o eso espero.

Más allá de esta segunda temporada, ¿qué proyectos, búsquedas o desafíos artísticos te entusiasman para el corto plazo?

En las artes escénicas independientes, estamos muy acostumbradas a trabajar en más de un proyecto y a realizar infinidad de roles. Por suerte, a la par de dirigir Amanuenses, actúo en otras obras, hago coreografías para otras más, filmo con mi familia y actúo en películas, colaboro con amigas y amigos. Espero que los proyectos en los que estoy sigan creciendo y que aparezcan otros nuevos.

A lo largo de la charla, Feldman vuelve una y otra vez sobre una misma idea: la creación como espacio de encuentro, de comunidad y de descubrimiento. En tiempos donde buena parte de la experiencia humana parece desplazarse hacia lo digital, Amanuenses reivindica el valor de los cuerpos, de los objetos y de la presencia compartida. Quizás por eso la obra genera tanta identificación: porque detrás de sus personajes atrapados en una rutina mecánica nace una pregunta profundamente contemporánea sobre aquello que todavía nos hace humanos.