Símbolos y Vinos es una experiencia que cruza vitivinicultura, historia y simbología dentro de uno de los edificios más singulares de Buenos Aires y organizada nada menos que por la Masonería Argentina. Uno de sus propulsores, Gustavo Mollo, ingeniero y Gran Tesorero de la Gran Logia de la Argentina, habla del vino como símbolo, de los mitos alrededor de la masonería y de una institución que busca mostrarse cada vez más a la sociedad.
En pleno centro de Buenos Aires, detrás de la fachada del Palacio Cangallo, funciona desde el siglo XIX la sede de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones. El edificio abrió sus puertas en 1872 y todavía conserva templos, salones y una enorme cantidad de símbolos ligados a la historia de la institución. El próximo 19 de septiembre, ese escenario volverá a transformarse para recibir una nueva edición de Símbolos y Vinos, una propuesta abierta al público que reúne bodegas, gastronomía, destilados, música, arte y recorridos por el histórico palacio.
Uno de los hombres detrás de la iniciativa es Gustavo Mollo, ingeniero y actual Gran Tesorero de la Masonería Argentina. Lejos de la imagen hermética que durante mucho tiempo acompañó a la institución, Mollo habla de abrir puertas, despertar curiosidad y recuperar el sentido original de los símbolos. Y encontró en el vino un aliado particular: una bebida atravesada por la tierra, el tiempo, el trabajo humano y miles de años de historia.
– ¿Cómo nace Símbolos y Vinos y qué lleva a la masonería a organizar un evento de estas características?
Nosotros creamos este evento porque, además de ser una asociación civil, también representa una fuente de sustento para la institución. Pero la intención es hacerlo a través de un espacio de altura, donde la gente pueda hacerse amiga de la institución, conocer las instalaciones y hacerlo de una manera agradable, alegre y cuidada.
Esta va a ser nuestra tercera edición, el 19 de septiembre. La idea es abrir el Palacio Cangallo y que la gente pueda conocer nuestra casa de una manera diferente.

– Dentro de todas las bebidas que podrían haber elegido, ¿por qué el vino?
Es una linda pregunta porque el evento se llama Símbolos y Vinos. Podemos hablar del símbolo, pero también podemos hablar del vino como símbolo.
El vino tiene una historia larguísima. Lo encontramos en textos antiguos, en la Biblia, en el arte, en los museos. Y no lo digo necesariamente desde lo religioso, sino desde lo simbólico. Muchas veces aparece relacionado con la alegría, con compartir, con el encuentro.
En el propio logo de Símbolos y Vinos jugamos con símbolos alquímicos vinculados con el Sol y la Tierra. Lo que queremos transmitir de una manera muy sencilla es que el vino es hijo del Sol y de la Tierra. Está la tierra, está el sol, aparece la uva y después interviene el trabajo del hombre.
En definitiva, para mí el vino es un símbolo de unión, de brindis y de celebración, siempre en su justa medida. Por eso lo elegimos.
– La masonería está profundamente vinculada con los símbolos. ¿Por qué son tan importantes?
El misterio, muchas veces, no tiene que ver con otra cosa que con encerrarse en un lugar a pensar filosóficamente. Y una de las herramientas que utilizamos para eso es el símbolo.
El símbolo tiene una característica extraordinaria: puede atravesar épocas, culturas e idiomas. Podés viajar a un país donde no entendés absolutamente nada de lo que dice un cartel, pero si ves el dibujo de un cigarrillo atravesado por una línea sabés perfectamente que ahí no se puede fumar.
El símbolo tiene esa característica universal. Nos permite transmitir ideas más allá de las palabras. Nosotros los estudiamos y los trabajamos tratando de encontrar las enseñanzas que fueron quedando a través del tiempo.

– La edición anterior se realizó en el Palacio Balcarce. ¿Qué les dejó esa experiencia?
Fue la segunda edición, el 6 de junio, y para nosotros era un desafío enorme porque significaba sacar Símbolos y Vinos de nuestra sede central. Estamos muy acostumbrados a hacer las cosas en casa, así que salir a otro espacio era una incógnita.
Sin embargo, la gente acompañó, las marcas acompañaron y terminó siendo un éxito. Participaron alrededor de quinientas personas, tuvimos una iluminación increíble, muy linda música y la gente se fue muy contenta.
También participó La Macarena, de La Rioja, y tuvo una recepción tremenda. Esa experiencia fue una de las cosas que nos animó a avanzar con esta tercera edición.
– Lo interesante es que mucha de la gente que participa no pertenece a la masonería. ¿Estos eventos también forman parte de una apertura de la institución?
Totalmente. Lo que quisimos hacer desde el principio fue un evento muy cuidado para unir a la sociedad con la institución por medio del vino y del símbolo.
Tenemos una política de puertas abiertas. No tenemos nada que esconder. Queremos que la gente se acerque, que pueda hablar de masonería, que pueda preguntar y conocer la institución.
Ahora, hay que distinguir entre secreto e intimidad. Porque alguien podría decir: “Bueno, si no tienen secretos, abran las puertas y muéstrennos absolutamente todo”. Pero yo tampoco entro a la casa de otra persona cuando está mirando una película en el sillón.
Nosotros tenemos nuestros momentos de intimidad, nuestros rituales y nuestros trabajos filosóficos. Eso se hace a puertas cerradas. Pero después abrimos las puertas, mostramos nuestra casa y compartimos muchas cosas con la sociedad. No es secreto: es intimidad.
– Volvamos al vino. ¿Sos un gran tomador? ¿Qué variedades elegís?
Soy un buen tomador de vino, no un gran tomador. Todo tiene sus límites. Un buen tomador toma bien y toma lo necesario. Ahí es cuando realmente se disfruta.
Como argentino, básicamente me gusta el Malbec. También me gusta el Petit Verdot, algún Cabernet Sauvignon. Pero si tengo que elegir, el Malbec me va muy bien.
Y gracias a los chicos de La Macarena descubrí el Carmenere. La verdad es que me sorprendió muchísimo.
– ¿Qué te sorprendió de ese vino?
Fue realmente una sorpresa. Creo que tienen que trabajar mucho en difundir esa uva y también el terroir de Chilecito, porque han hecho un gran producto.
De hecho, me quedé sin combustible de Carmenere, así que voy a tener que hablar con ellos para recargar.
– Después tuviste la posibilidad de visitar La Rioja y conocer la zona de producción. ¿Qué te llamó la atención?
Básicamente dos cosas. Una es lo que son capaces de hacer, por la calidad del producto. La otra es el potencial que tiene La Rioja para hacer mucho más en esa línea.
Lo vi particularmente en Chilecito: por el clima, por el terroir y por las condiciones que tiene. Creo que existe un potencial enorme para seguir desarrollando la producción.
Lo digo como alguien que llegó desde afuera y lo vio por primera vez. A mí, como argentino, me llenaría de orgullo que una provincia de mi país no solamente produzca excelentes productos, sino que pueda llevarlos también al mundo.

– ¿Qué podemos esperar de esta tercera edición de Símbolos y Vinos?
Los que vengan van a poder disfrutar de la sede central de la Masonería Argentina, un palacio histórico lleno de símbolos, y conocer algunos de los templos donde trabajamos.
Pueden venir con amigos, en pareja o en grupo. Es un evento para mayores de 18 años. Vamos a tener una aplicación que va a centralizar información y también vamos a jugar con los símbolos: habrá que descubrir algunos y eso permitirá participar de sorteos.
También habrá música en vivo, artistas, iluminación, charlas técnicas, gastronomía y muchas bodegas. La idea es que la gente pueda recorrer, descubrir productos y encontrarse con vinos que muchas veces no aparecen fácilmente en una góndola.
Sobre todo queremos que entren a nuestra casa y puedan conocerla. Eso también sirve para demostrar que no hay nada oculto detrás de una puerta imposible de atravesar.
– Hablando justamente de secretos: alrededor de la masonería siempre aparecen teorías conspirativas. ¿Por qué pensás que ocurre?
Porque el público necesita historias. Hay algo de la mística que se genera alrededor de esas acusaciones que termina siendo más grande que la realidad.
Cuando ocurre algo difícil de explicar, muchas veces aparece la necesidad de encontrar un responsable o un chivo expiatorio. Pero nosotros no nos dedicamos a esas cosas.
También sucede que los símbolos son anteriores a la masonería. Que alguien encuentre determinado símbolo en una bandera, una fotografía o cualquier otro lugar no significa automáticamente que detrás de eso esté la masonería.
Muchas veces la gente ve un símbolo, reconoce algo que asocia con nosotros y construye una historia alrededor. Pero estamos muy lejos de trabajar en esas cosas.

– Si tuvieras que explicárselo a alguien que no sabe absolutamente nada, ¿qué es la masonería?
En mis palabras y desde lo que he vivido durante estos años, básicamente es un estilo de vida y una escuela de formación.
Uno no es el mismo antes de ingresar que después. Es una escuela de evolución. Te iniciás, avanzás y empezás a hacerte preguntas que tal vez nunca te habías hecho. También aprendés a cuestionarte y a tratar de mirar el mundo de otra manera.
Muchas veces, mientras otra persona está en su casa mirando televisión o un partido de fútbol —que no tiene absolutamente nada de malo, porque nosotros también lo hacemos—, nosotros podemos estar reunidos filosofando y debatiendo.
– ¿Sobre qué temas?
Historia, masonería, educación, sociedad, laicismo, qué entendemos por una sociedad mejor. Básicamente son escuelas de filosofía, fraternidad y filantropía.
– ¿Y qué significa la filantropía dentro de esa concepción?
La filantropía no es simplemente dar algo para quedarte tranquilo con vos mismo. Es tratar de que aquello que das llegue al lugar correcto y produzca un cambio real.
Tiene que haber un proceso detrás. Dar, sí, pero hacerlo de una manera responsable. Nosotros entendemos la filantropía de esa forma: no solamente como un acto aislado de solidaridad, sino como algo que pueda generar una transformación concreta.
– Parte del misterio también tenía que ver con no saber dónde estaban o si realmente había masones cerca. ¿Hoy la institución tiene presencia federal?
Sí. La institución tiene presencia en distintos puntos del país y existen logias en La Rioja.
La masonería atravesó distintas etapas históricas. Hubo períodos en los que su actividad se contrajo y otros en los que volvió a expandirse. Para nosotros son fundamentales la libertad y el libre pensamiento, incluso algo que hoy parece tan normal como el derecho de las personas a reunirse.
Hoy volvemos a encontrarnos, hacemos nuestros trabajos y la institución tiene una presencia federal.

– ¿Puede llegar algún día Símbolos y Vinos a tener hasta su propia puntuación o medalla para los vinos?
Me acabás de dar una idea. Lo vamos a empezar a pensar.
Yo particularmente no soy sommelier. Soy ingeniero y me dedico también a otras cosas. Somos emprendedores y tuvimos esta iniciativa que salió bien por el entusiasmo y el trabajo que le ponemos.
Pero también sabemos que un evento necesita incorporar cosas nuevas. Si no, la gente termina viendo siempre lo mismo. Así que, quién te dice, quizás algún día hagamos una Medalla Símbolos y Vinos al mejor Carmenere, al mejor Malbec o a alguna otra categoría.
– Además hay muchos puntos de encuentro posibles entre el vino, los elementos de la naturaleza y el simbolismo.
Por supuesto. Por eso digo que el vino es alquimia y es símbolo en sí mismo. Ahí tenemos muchísimo para seguir pensando y desarrollando.
– Para cerrar, entonces: ¿cuándo es la próxima edición?
El 19 de septiembre a las 19 horas, en el Palacio Cangallo, Perón 1242, a dos cuadras del Obelisco.
Falta poquito, así que a decidirse. Los esperamos con los brazos abiertos.








