Matías Leborán, el tiempo largo del Valle de Huaco

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Matías Leborán habla con la cadencia de quien aprendió a escuchar antes de intervenir. Ingeniero industrial de formación, enólogo por vocación y anfitrión por convicción, es una de las voces jóvenes que hoy está escribiendo una nueva página del vino riojano. Desde el Valle de Huaco, a cuarenta kilómetros al norte de la capital de La Rioja, conduce junto a su familia, Bodega Vista Larga, un emprendimiento que combina agricultura orgánica, vinificación mecanizada y una idea clara de futuro: hacer las cosas bien, aunque lleven tiempo.

El punto de partida de Vista Larga fue el agua: entenderla, respetarla y administrarla. No es un dato menor. El padre de Matías, Alberto, es ingeniero hidráulico y pasó buena parte de su vida diseñando sistemas de riego en La Rioja. Ese conocimiento previo fue la brújula que permitió encontrar este pequeño oasis en El Bolsón del Valle de Huaco, una zona que estaba fuera del radar vitivinícola tradicional. Allí, sobre tierras vírgenes y sin antecedentes productivos recientes, comenzó una experiencia que los tres cultivos productivos riojanos: aceituna, uva y nuez.

“Fue una apuesta ciega”, reconoce Matías cuando habla de los primeros viñedos. Nadie podía asegurar qué tipo de vino surgiría de ese lugar. Sin historia escrita, sin vecinos que marcaran un camino, Vista Larga avanzó como quien explora: observando el suelo, la altura —unos 1.400 metros sobre el nivel del mar—, la luz intensa y la sanidad natural del entorno. No hay contaminación cruzada, no hay enfermedades heredadas. Eso permitió, desde el inicio, pensar el proyecto bajo certificación orgánica y con una lógica de mínima intervención.

El vino llegó después, casi como una consecuencia natural. Como ingeniero industrial, Leborán entendió que producir sin agregar valor era resignar parte del sentido. Así, la finca agrícola se transformó lentamente en una bodega boutique, pequeña, familiar, con volúmenes contenidos y una mirada estratégica. Hoy Vista Larga produce alrededor de 20.000 botellas anuales, elaborando un tercio de la uva que entregan sus propios viñedos. El resto todavía se vende a granel, cómo es común en la provincia, pero el objetivo es claro: industrializar el ciento por ciento en origen, cuando el mercado y la estructura lo permitan.

En la copa, los vinos de Vista Larga buscan decir lugar antes que estilo. Son vinos de altura, con pieles firmes, buena concentración y una frescura que sorprende. El Malbec aparece con mayor estructura, algo más de alcohol, lo vinifican joven y una línea reserva que pasa casi un año por barrica antes de salir al mercado. La Bonarda, en cambio, se trabaja desde la acidez y la vivacidad, aprovechando su ciclo más largo de maduración. Torrontés y Chardonnay completan una paleta que todavía está en construcción, abierta a la experimentación.

Esa posibilidad de jugar —de cosechar antes o después, de hacer microvinificaciones, de probar sin burocracia— es una de las ventajas de crear una bodega desde cero. Vista Larga comenzó a vinificar recién en 2020; cada vendimia es todavía un laboratorio. Leborán no oculta ese proceso: “Estamos aprendiendo”, dice sin dramatismo, como si en esa frase estuviera también el mayor capital del proyecto. Entre los próximos desafíos aparece un rosado, quizás a partir de un sangrado de Malbec, pensado más como exploración que como producto cerrado.

Pero Vista Larga no se agota en el vino. Desde muy temprano, el turismo fue pensado como una pieza central del proyecto. En 2019, la finca abrió formalmente sus puertas a los visitantes y se integró al circuito turístico provincial y en 2025 estrenaron la nueva estructura pensada para recibir al visitante. La cava enterrada —diseñada para mantener temperatura constante sin gasto energético— y el salón de ventas fueron hechos con esa lógica: recibir, contar, compartir. No hay que anunciarse demasiado: quien pasa por la ruta puede entrar. Y esa espontaneidad, según Leborán, es parte de la experiencia.

El turismo, además, es una estrategia comercial: «La idea es vender un tercio de la producción directamente a quienes visitan la finca», explica Matías. El vínculo no termina con la degustación: continúa a través de un club de amigos, mensajes directos, lanzamientos puntuales. “Un visitante contento vuelve a comprar”, repite, consciente de que en el mundo del vino el costo de conseguir un cliente nuevo es alto y la fidelización lo es todo.

Si hay un concepto que atraviesa todo el relato de Vista Larga es la sostenibilidad. No como eslogan, sino como método. El agua vuelve a ocupar un rol central: riego por goteo en toda la finca (otra vez, del que su padre Alberto fue pionero en La Rioja), automatización de turnos, sondas de humedad a distintas profundidades, mediciones en hojas para saber cuándo regar y cuándo no. La lógica es simple y radical: regar solo cuando la planta lo necesita. A eso se suma una fuerte apuesta por la energía solar. Con dos parques fotovoltaicos, la finca se encamina a ser prácticamente autosuficiente, compensando el mayor consumo del verano con la devolución de energía a la red durante el invierno.

Hablar de La Rioja, para Leborán, implica asumir tanto sus limitaciones como su enorme potencial. Es una provincia que produce mucho vino pero comunica poco. Una tierra que, en las grandes ciudades argentinas, sigue siendo una rareza. Esa falta de visibilidad es un obstáculo, pero también una oportunidad: “Hay sommeliers y cocineros que nunca probaron un vino riojano”, dice, y en esa frase aparece la ventaja del desconocimiento: la curiosidad. Vista Larga suele abrir puertas desde ese lugar, poniendo el cuerpo, presentando el proyecto, dejando que el producto compita sin discurso exagerado.

El desafío, cree, no es individual. Nadie llega solo. Para que La Rioja crezca como destino vitivinícola hace falta asociatividad, rutas del vino, proyectos que se potencien entre sí. No se trata de disputar al turista, sino de multiplicarlo. En ese sentido, el diálogo entre productores y la llegada de grandes jugadores a la provincia (como Catena Zapata) son señales alentadoras: algo se está moviendo.

Vista Larga está todavía en construcción, como el valle que la contiene. Pero los indicios histproicos son prometedores: «Esta tierra fue cultivada por los Jesuitas hace 400 años«, sostiene Maías. Y si alguien sabía de viticultura era esa orden religiosa que supo introducier los primeros viñedos en el país. En cada botella hay una decisión consciente: intervenir lo justo, cuidar lo esencial y dejar que el lugar hable. Quizás por eso, más que un proyecto vitivinícola, Vista Larga se percibe como una forma de escuchar el paisaje y traducirlo, sin apuro, en identidad.