Sociedad de Naciones: la madre fallida de la ONU

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El 10 de enero de 1920 entró en vigor el Tratado de Versalles y, con él, la Sociedad de Naciones comenzó su breve y con frecuencia frustrante vida institucional. Concebida como la primera gran apuesta de la humanidad para evitar nuevas guerras— la SDN prometía mediar, arbitrar y facilitar la cooperación internacional en un mundo exhausto tras la Primera Guerra Mundial.

En teoría, la SDN tenía todo para triunfar. Era la primera organización cuyo objetivo principal —literal, en el papel— era preservar la paz, promover la seguridad colectiva y buscar soluciones diplomáticas a los conflictos. Sin embargo, algunos pequeños detalles conspiraron contra ella: No tenía fuerzas armadas propias para hacer cumplir sus decisiones. Sus decisiones exigían unanimidad, lo que equivalía a darle a cada país una especie de “botón de pánico” para bloquear cualquier iniciativa. Potencias decisivas como Estados Unidos jamás se unieron, debilitando su legitimidad y músculo político.

Esas limitaciones no fueron un accidente geopolítico ligero: fueron, de hecho, el equivalente institucional a poner ruedas cuadradas a una carrera de Fórmula 1.

Los años 30 mostraron la dolorosa realidad: la SDN fue incapaz de detener la agresión de Japón en Manchuria, ni la invasión italiana de Etiopía, ni de frenar el ascenso del fascismo y del nazismo. Su “reputación de árbitro eficaz” se evaporó como agua en el desierto. La Segunda Guerra Mundial no solo evidenció sus límites, sino que puso fin a sus días: el 18 de abril de 1946 la organización fue disuelta y sus activos transferidos a la nueva gran apuesta global: la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La ONU: a prueba de guerras (¿o no tanto?)

La ONU nació con la ambición de no repetir los errores del pasado, aprendiendo de la SDN y con estructuras más sólidas: la Carta de San Francisco de 1945 creó un conjunto más amplio de órganos, con el Consejo de Seguridad al frente de la paz y la seguridad internacionales.

Y sin embargo… ¿cuánto ha cambiado el panorama? Hoy, más de siete décadas después, la ONU es la organización internacional más importante del planeta, pero también la más criticada por su incapacidad para prevenir o resolver conflictos de alto impacto.

Crisis modernas: cuando la ONU parece un espectador

Tomemos dos ejemplos recientes que ilustran sus limitaciones:

Palestina:
Desde la Resolución 181 de 1947 sobre partición y creación de dos Estados —uno judío y otro árabe—, la ONU ha estado en el centro de la cuestión palestina. Pese al reconocimiento del Estado palestino por 147 de los 193 países miembros, la organización no ha logrado frenar la violencia ni negociar la paz en Gaza. El problema radica en gran parte en el sistema de veto del Consejo de Seguridad, donde miembros permanentes como Estados Unidos pueden bloquear medidas claras para un alto el fuego o sanciones contra agresores.

Venezuela:
En otro ámbito, la ONU ha tenido dificultades para ejercer presión efectiva o mecanismos de supervisión robustos sobre crisis políticas y de derechos humanos en países como Venezuela, especialmente cuando potencias externas (por ejemplo, Estados Unidos) intervienen o presionan de formas que no siempre priorizan soluciones multilaterales. Aunque el secretario general Guterres ha calificado acciones militares en regiones como el Caribe como incompatibles con el derecho internacional, la ONU carece de herramientas coercitivas para frenar intervenciones directas de países poderosos.

Algunos analistas señalan similitudes inquietantes entre los fracasos de la SDN y los retos de la ONU: ambos organismos comparten un ideal elevado —la paz mundial— y ambos han sido bloqueados por estructuras internas rígidas y la voluntad de los actores más poderosos. En la SDN, la falta de fuerza y la unanimidad tornaron impotente a la organización. En la ONU, el veto del Consejo de Seguridad y la dependencia financiera de unos pocos estados influyentes a menudo paralizan decisiones críticas.

Peor aún: en 2025 la ONU enfrentó la peor crisis financiera de su historia, con potencial incapacidad para pagar sueldos y operaciones básicas tras la salida o recorte de aportes de donantes clave como Estados Unidos y China. Esto ha llevado a recortes, reorganizaciones y un cuestionamiento profundo de su modelo de financiamiento y prioridades.

¿Fracaso o falibilidad?

Si la SDN murió porque no pudo sostener la paz global, la ONU no ha logrado todavía lo que fue su misión fundacional. Ni la amenaza de guerras nucleares, ni las crisis humanitarias prolongadas, ni la expansión de conflictos regionales se han evitado por completo bajo su mandato. Pero, como diría un periodista con sarcástica bondad: no está muerta, solo a veces parece estar de licencia sin goce de sueldo.

A diferencia de la SDN, la ONU ha desarrollado agencias especializadas que han tenido logros notables (salud pública global, desarrollo, educación), y sigue siendo el único foro verdaderamente universal de diálogo internacional. Sin embargo, sus limitaciones estructurales —el veto, la dependencia financiera, la incapacidad de hacer cumplir sus propias resoluciones— plantean preguntas profundas: ¿puede una organización multilateral fundada en 1945 y congelada en un orden de posguerra responder a los desafíos del siglo XXI? ¿O está destinada a repetir, en nuevas formas, los viejos errores de la Sociedad de Naciones?

La respuesta, más que histórica, es política y dependerá de la voluntad de sus miembros —especialmente los poderosos— para reformar el edificio institucional que un día prometió ser la casa común de la paz mundial.