Hay artistas que no sólo actúan: habitan la escena. No entran al escenario, lo atraviesan. Fernanda es una de esas presencias que conjugan cuerpo, voz, emoción, música, movimiento y pensamiento en una misma respiración. Actriz, bailarina, cantante, docente y creadora, su recorrido no se define por una sola disciplina, sino por el cruce permanente entre todas. En su trabajo conviven el rigor del entrenamiento, la sensibilidad poética y una entrega que transforma cada función en un acto irrepetible.
Le dicen “Febo” y no es casual: como el sol, siempre está asomando. Cuando no está en escena, está ensayando; cuando no está ensayando, está creando; cuando no está creando, está enseñando, estudiando, investigando, imaginando. Febo nunca se apaga: alumbra procesos, enciende proyectos y calienta vínculos. Su energía no es sólo física —aunque su cuerpo esté entrenado como el de una atleta— sino también creativa, sensible y profundamente artística.
Desde muy chica, entendió que el arte no es un lugar al que se llega, sino un modo de estar en el mundo. Su trayectoria la llevó por la danza clásica, el teatro de texto, el musical, la docencia y la creación independiente. Junto a Nico Manasseri —su socio artístico— dio vida a El funeral de los objetos, una obra con más de seis temporadas en cartel, convertida en una experiencia emocional y colectiva para miles de espectadores. En esta temporada se presentan los miércoles en el Centro de Arte de Mar del Plata y los jueves en Paseo La Plaza.
En esta charla con RANDOM, Fernanda habla de la preparación como ritual, del escenario como espacio vivo, del público como espejo, del entrenamiento como forma de cuidado y del arte como una manera de seguir preguntándose, incluso cuando todo parece estar ya dicho.
-¿Cómo es ese día previo a una función?
—Soy bastante nerdita de la profesión. Entonces, los días de función, pese a que, por ejemplo, hoy es un día maravilloso, capaz que decís “bajo a la playa”… pero si voy, iría un ratito nada más. En la previa a la función hago una vocalización bastante grande. Para El funeral de los objetos tengo un peinado muy específico que más o menos una hora y pico antes ya me lo estoy preparando antes de irme al teatro. Después me quedan todas las horas previas en el teatro. Y puntualmente, por ejemplo, en “El fune”, como con Nico somos las dos personas de la compañía, nos encargamos de absolutamente todo: siempre alguna cosita de vestuario previa tengo que arreglar, planchar o lo que fuese. Me di cuenta a lo largo de todos estos años que soy un poco así en todas las obras. Me gusta tener mi tiempo de preparación, y los días de función estar muy disponible para la obra, ¿viste? Tener el cuerpo entrenado y preparado para llegar bien. A veces, cuando me la mando y la noche anterior salgo con amigos, al otro día digo: “Ay, no, ¿por qué hice esto?”. Porque las cuerdas vocales, sobre todo en las obras que cantás o donde hay una exposición de texto muy comprometida a nivel vocal, cuando no descansás bien, se te inflaman. Entonces soy un poquito nerd, me parece. Es que me preparo muy bien.

-Después de más de 150 funciones, ¿la obra se hace “de taquito” o cada función sigue siendo especial?
—Tiene la magia de las dos cosas al mismo tiempo. Ya llevamos más de ciento cincuenta funciones. A mí me gusta el intento de nunca hacerla de taquito, porque si no es cierto que hay algo de esa magia viva en el escenario que se te va perdiendo. Y lo mágico que tiene puntualmente “El fune” es que realmente las funciones son siempre distintas. Tiene mucho humor, y con el humor es raro que algo se repita exactamente igual.
Por ejemplo, el jueves pasado en Paseo de la Plaza fue una función espectacular. Con el elenco decimos que fue como del top tres de funciones, porque el público devolvía muchísimo: los chistes, las risas… en un momento tuvimos que esperar a que frene un poco la risa para continuar.
Intento vivirla siempre como las primeras funciones. No como un hecho de repetición, sino como un hecho de volver a vivirla a cero nuevamente. Porque nuestro trabajo como actores es la repetición, pero también es el intento constante de que no parezca una repetición.
«…Las pantallas compiten, y el sistema también te sobrecarga, sobre todo cuando hay trabajo autogestionado, pero todas esas cosas son fuentes de inspiración. Y a mí, en vez de pasividad, me generan más ganas de hacer…»
-Contabas que la obra nació casi como un rayo en un taller…
—Sí. Con Nico venimos trabajando obras hace muchos años, y ahora estamos desarrollando una nueva para intentar estrenarla el año que viene. Soltar El fune es dificilísimo. Más allá de eso, la claridad del título fue increíble. Para esta obra nueva tenemos una lluvia de ideas, varios títulos posibles, pero ninguno la termina de representar del todo. En cambio, en El funeral, el título apareció muy claro y muy rápido.
Nico venía haciendo un trabajo de investigación con un enfoque psicoanalítico, trabajando el duelo. Y después, en la pospandemia —y en realidad también durante la pandemia— habitábamos una casa llena de objetos, que es de mi familia. Imaginate: una lluvia de ideas permanente. Estábamos habitándonos a nosotros mismos, atravesando duelos personales, en un lugar muy particular. Todo era mágico.
Al bajar al papel, había una cierta magia que surgía sola, y eso no siempre pasa.
Fernanda Provenzano es actriz, bailarina, cantante, coreógrafa y docente. Se formó en danza clásica desde muy pequeña y amplió su recorrido en teatro y música, integrando las distintas disciplinas en una búsqueda artística propia. Fue parte de importantes producciones teatrales y musicales como Matilda y Legalmente Rubia, y desarrolló una sólida trayectoria en el teatro independiente. Es co-creadora e intérprete de El funeral de los objetos, obra que lleva más de seis temporadas en cartel. Se formó con Raúl Serrano, uno de los grandes maestros del teatro argentino, cuya enseñanza marcó un antes y un después en su carrera.

-La obra tiene algo muy terapéutico. ¿Lo sabían desde el inicio?
—Al principio, si bien sabíamos que estábamos tratando el tema, tampoco creíamos —ni era nuestro norte— que fuera tan terapéutico. Pero lo empezamos a descubrir con el público, que nos devolvía que habían pasado un momento divertido y ameno, y que se iban con una reflexión súper profunda. Nos dimos cuenta de que el público reconoce en la obra algo que tal vez tiene y no puede reconocer en la vida. O lo reconoce en sí mismo, o en algún pariente.
Mi vieja, por ejemplo, cuando la vio, se cagaba de risa, porque había algo que la identificaba muchísimo. Mi familia está llena de acumuladores. Muchos nos mandan mensajes: “Che, la obra me recibió”, “me está pasando esto”, y ahora con las redes sociales tenemos mucho más contacto con el público. Y además, repiten la obra.
Esta semana en Mar del Plata vino un chico que nos dijo que era la cuarta vez que la veía. Siempre traen familiares y dicen: “le va a encantar porque se va a identificar”. Eso es muy mágico. Lo tiene esta obra.
«…Entreno como una atleta: saltar la soga, salir a correr. En lo vocal también soy fanatiquita: entreno con una colega amiga cada quince días, y en el medio entreno sola. Y en lo actoral también hay que entrenar. Para mí es fundamental…»
-La obra no es un musical, pero tiene canciones, humor, coreografías. ¿Cómo fue fusionar todas esas disciplinas?
—Con Nico nos gusta mucho fusionar. No es que sean comedias musicales, no es Drácula, que es toda cantada, pero sí tienen música que incide en el arco argumental y ayuda a que fluya. La composición también tuvo algo mágico, porque estábamos en plena pandemia, atravesando duelos personales. Hay una canción que compuse en el antiguo piano de mi bisabuela, que estaba medio desafinado, y hacía mucho que no lo tocaba. Fue muy mágico también eso.
Nos gusta que las obras sean fuertes de texto, que si la música no está, la obra funcione igual. Pero la música ayuda a atravesar los momentos más reflexivos, y en este caso hasta tiene humor. Como dicen los personajes, es una especie de terapia cantada. También hay guiños al musical, como una coreo tipo Los Miserables, para que el que ama el género lo reconozca. Eso genera humor también.
-Más allá de una función, ¿cómo es tu año como artista? ¿Cómo te entrenás?
—Raúl Serrano, uno de mis grandes maestros, siempre hablaba de lo teatral como una gimnasia. Y tenía tanta razón. Cuando dejás de entrenar —las cuerdas, el cuerpo, la actuación— te oxidás. Sigo entrenando mucho: gimnasio funcional porque este año voy a afrontar una producción grande como será Charly y la Fábrica de Chocolate. Para eso entreno como una atleta: saltar la soga, salir a correr.
En lo vocal también soy bastante fanatiquita: entreno con una colega amiga cada quince días, y en el medio entreno sola. Y en lo actoral también hay que entrenar. Para mí es fundamental. A veces se ve desde afuera como: “bueno, el actor se aprende el texto y entra”, y no. Deberíamos tener la herramienta entrenada.
Hace no tanto escuchaba una entrevista a Pompeyo Audivert, que para mí es de lo mejor que hay en nuestro teatro, y decía que él entrena su cuerpo para hacer Macbeth. No es que va de tomar mate a la casa y se mete al teatro así nomás. Está bueno destacarlo, porque es cierto que lo podés hacer de taquito, pero el verdadero artista pone todo su cuerpo en la preparación previa.

-¿Sentís que ser disciplinada hace que fluya más tu creatividad?
—Sí, yo creo que sí. Autoanalizándome, siempre fui una niña muy inquieta. Empecé a tomar clases a los seis años, lo pedí yo. Era retraída, pero tenía mucha energía creativa. Siempre inventábamos juegos, vivíamos en una libertad creativa constante. Y creo que eso se traduce en la vida: no tanto la quietud —aunque la quietud también es importante— sino la necesidad de poner el cuerpo y la creatividad. Si no, se me sale por los poros.
A veces me tengo que calmar y decir: “Bueno, hoy es esto”. Aprender a disfrutar de la quietud. Pero también disfruto mucho ir al teatro como espectadora, ver a mis compañeros, ver megaproducciones, ver cine, leer. Antes leía muchísimo, ahora menos, y lo noto. Y me digo: “No, volvé por acá”.
Las pantallas compiten, y el sistema también te sobrecarga, sobre todo cuando hay trabajo autogestionado, pero todas esas cosas son fuentes de inspiración. Y a mí, en vez de pasividad, me generan más ganas de hacer.
-Mirando tu recorrido, ¿qué decisiones sentís que marcaron tu carrera?
—Hay decisiones que una ni se dio cuenta, como empezar tan chica y que mi familia me apoye. Pero hay dos o tres cosas que sostuvieron mi deseo. Una fue un momento muy drástico en la escuela de danza. El mundo de la danza clásica era muy cruel en mi época, tipo El cisne negro. Yo amaba las clases, era muy disciplinada, pero el entorno de compañeros era muy complejo, lo que hoy llamaríamos bullying. Salía llorando.
Hubo un momento en que estuve a punto de decir: “Me bajo”. Y mi papá me dijo: “Dale, es el último empujón, te falta un año y terminás”. Fue un gran momento de sostén familiar. El deseo era profundo, el quiebre venía por cosas externas.
Y después, en la carrera, hay un antes y un después con Raúl Serrano. Él me cambió el paradigma total como actriz. No hubiese sido la misma sin pasar por su escuela. Me cambió la bocha a nivel actoral. Si tengo que pensar qué puedo ofrecer como actriz, es que soy actriz por sobre todas las cosas, y después puedo hacer todo lo demás, porque me formé en todo.


-¿Y ahora con qué soñas, Fer o Febo? Porque Febo asoma siempre, eso pensaba…
—Me encanta, obviamente, flashear y soñar a lo grande, pero soy de Virgo, así que tengo siempre los pies en la tierra. Voy detrás de un deseo, de cierta libido de proyectos que pueda ir concretando. Tengo mucho deseo puesto ahora en el año que viene, más allá de lo que ya está concretado: esta gran producción de Charlie, que me encanta.
Pero también tengo muchas ganas de esta nueva obra que escribimos con Nico, de concretarla. Pensamos que por ahí va a tener alguna que otra figura grande, y ese es el deseo también: que podamos dar un saltito más ahí. Y además, una obra de texto que tengo pensada para el año que viene.
Y un deseo grande, grande, es que nuestras obras viajen por el mundo. Ese es uno de los grandes deseos. Vamos a intentar hacerlo realidad.
Como Febo que asoma cada mañana, Fernanda vuelve a encender la escena función tras función. Con más de seis temporadas, funciones agotadas y un público que regresa, El funeral de los objetos es mucho más que una obra: es un ritual, una risa compartida, una reflexión que queda resonando.
Y Fernanda Provenzano, con su disciplina, sensibilidad y amor por el oficio, encarna esa idea del teatro como una gimnasia viva, donde cada función es un nuevo comienzo. Como dice: “el verdadero trabajo del actor es que la repetición no parezca repetición”. Y en su caso, eso se logra con cuerpo, con voz, con entrenamiento… y con una pasión que no se apaga nunca.








