Hay momentos en la historia que parecen haber sido contados una y otra vez, revisitados por libros, películas y documentales. Sin embargo, cada tanto surge una mirada capaz de abrir una puerta inesperada, un ángulo distinto desde donde observar aquello que creíamos comprender. “Nuremberg: El Juicio Final” propone justamente ese gesto: volver a uno de los episodios más decisivos del siglo XX, pero hacerlo desde la intimidad psicológica de sus protagonistas.
La nueva película dirigida por James Vanderbilt se sitúa en los meses inmediatamente posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial. El mundo comienza a dimensionar el horror del Holocausto y las potencias aliadas enfrentan un desafío sin precedentes: crear un tribunal internacional capaz de juzgar a los responsables del régimen nazi.
En medio de esa maquinaria política y judicial aparece una figura singular: el psiquiatra del ejército estadounidense Douglas Kelley, interpretado por Rami Malek. Su misión consiste en evaluar el estado mental de los líderes nazis detenidos antes de que enfrenten el juicio histórico. Entre ellos se encuentra Hermann Göring, el poderoso ex mariscal del Reich y mano derecha de Hitler, interpretado por Russell Crowe. Lo que comienza como una serie de entrevistas clínicas pronto se convierte en un inquietante juego psicológico donde fascinación, manipulación y moral se entrelazan.
Un capítulo de la historia que todavía interpela
El propio Vanderbilt reconoce que la magnitud de la historia crecía a medida que avanzaba en la escritura del guion. “A menudo me preguntan cuál es el guion más difícil que he escrito, y generalmente es el que estoy escribiendo en ese momento”, comenta con humor el director. “Pero diría que Nuremberg: El Juicio Final fue particularmente complicado, ya que la historia seguía creciendo a medida que trabajaba en ella”.
El proyecto se inspira en el libro 22 Cells at Nuremberg, escrito por el propio Kelley, donde el psiquiatra narró su experiencia evaluando a los jerarcas nazis capturados. Pero lo que comenzó como una historia centrada en dos hombres dentro de una celda pronto reveló un panorama mucho más amplio.

“Al principio pensé que la película giraría en torno a dos hombres en una celda”, recuerda Vanderbilt. “Pero cuando empecé a investigar los juicios propiamente dichos y la historia de Robert Jackson, comprendí que el alcance debía ampliarse”. Ese Jackson -interpretado en la película por Michael Shannon- fue el fiscal jefe estadounidense que encabezó el monumental esfuerzo político y diplomático para crear el Tribunal Militar Internacional, un mecanismo jurídico que nunca antes había existido.
Lo que comienza como una serie de entrevistas clínicas pronto se convierte en un inquietante juego psicológico donde fascinación, manipulación y moral se entrelazan.
Vanderbilt quiso mostrar también ese proceso. No solo el drama dentro del tribunal, sino la extraordinaria construcción de una coalición internacional que permitió sentar en el banquillo a los arquitectos del nazismo. Si el marco histórico es monumental, el corazón narrativo de la película es profundamente íntimo. En el centro de todo está la relación entre Kelley y Göring.
El psiquiatra intenta comprender la mente de un hombre responsable de algunos de los crímenes más atroces de la historia. Göring, por su parte, despliega su inteligencia, su ego y su capacidad de seducción intelectual. La película explora así una pregunta incómoda: ¿cómo puede alguien aparentemente normal participar en un mal de dimensiones inimaginables? A través de sus encuentros, la línea entre repulsión y fascinación se vuelve cada vez más difusa. Kelley intenta analizar a Göring sin prejuicios, como exige su profesión. Pero ese mismo ejercicio de empatía intelectual lo coloca en una zona moral peligrosa.
“El trabajo de un psiquiatra es tratar de comprender a la persona que tiene delante y no llegar con ideas preconcebidas. Me interesaba hacer una especie de pequeño truco de magia con el público: a medida que las barreras caen, empezamos a ver al ser humano detrás del monstruo… hasta que la realidad vuelve a golpearnos”.

Russell Crowe frente a un personaje aterrador
Para Russell Crowe, interpretar a Hermann Göring representaba uno de los desafíos más complejos de su carrera. “En general, lo que me atrae es lo que me aterroriza”, admite el actor. “El guion me cautivó de inmediato, aunque también me dejó emocionalmente agotado. Pensé: ¿cómo podría siquiera intentar interpretar a ese tipo?”.
Durante los años de desarrollo del proyecto, Crowe investigó en profundidad la vida del líder nazi. Descubrió a un hombre que había sido un héroe de guerra tras la Primera Guerra Mundial y que gozaba de enorme popularidad en Alemania antes de convertirse en una de las figuras centrales del régimen de Hitler.
La película explora así una pregunta incómoda: ¿cómo puede alguien aparentemente normal participar en un mal de dimensiones inimaginables? A través de sus encuentros, la línea entre repulsión y fascinación se vuelve cada vez más difusa.
“Después de la Primera Guerra Mundial, dentro de los paquetes de cigarrillos en Alemania venía una tarjeta con su foto”, explica el actor. “Era una figura pública, un líder, alguien que atraía a la gente”. Ese carisma fue una de las claves que Crowe intentó capturar en su interpretación. “Uno quiere capturar la esencia de la persona más que hacer una imitación”, señala. “Lo inquietante es que podía decir cosas profundamente malvadas con una naturalidad casi casual”. Esa mezcla de inteligencia, encanto y brutalidad es lo que convierte a Göring en un adversario psicológico formidable dentro de la historia.

Rami Malek y la curiosidad por comprender la mente humana
Frente a ese personaje aparece Douglas Kelley, un psiquiatra brillante, curioso y profundamente ambicioso. Rami Malek recuerda que se acercó al proyecto casi por accidente: leyó el guion por su cuenta y decidió contactar a los productores. “Las estrellas de cine de su talla no suelen leer guiones sin que se les haya hecho una oferta”, recuerda Vanderbilt. “Pero recibimos una llamada suya expresando su interés y quedó claro desde el primer día que estaba totalmente comprometido”.
Malek se sumergió rápidamente en el material histórico, incluso consiguió una copia del libro de Kelley que llevaba décadas fuera de circulación. “Me encanta la historia, y si me das algo para leer siempre me inclinaré por la no ficción”, explica el actor. “Al leer este guion sentí algo que espero que sienta el público cuando salga del cine: ‘¿cómo no sabía esto?’”. Para Malek, Kelley era un personaje lleno de contradicciones. “Sin duda tenía un lado ambicioso. Quería demostrar su valía. Pero también tenía una curiosidad innata que lo llevaba a mirar las cosas desde perspectivas únicas”. Esa curiosidad es la que lo empuja a acercarse peligrosamente a la mente de Göring.
El mundo comienza a dimensionar el horror del Holocausto y las potencias aliadas enfrentan un desafío sin precedentes: crear un tribunal internacional capaz de juzgar a los responsables del régimen nazi.
Gran parte de la tensión dramática de la película se desarrolla en espacios cerrados: celdas, salas de interrogatorio, pasillos del tribunal. Malek recuerda que filmar esas escenas frente a Crowe generaba una intensidad particular. “Russell era un adversario formidable”, afirma. “Al rodar en la celda con él, la proximidad era tal que parecía no haber escapatoria”.
El actor incluso recuerda un consejo que había recibido años antes del fallecido Philip Seymour Hoffman mientras trabajaban en The Master. “Me dijo: ‘Haz que tu compañero se sienta lo más incómodo posible’. Pensé en eso mientras rodábamos esas escenas”. La sensación de incomodidad era, después de todo, parte central del conflicto.

Interpretar a un personaje como Göring no fue sencillo para Crowe, quien reconoce que el proceso lo afectó emocionalmente. “Estaba habitando un lugar en el que no me sentía muy feliz conmigo mismo”, confiesa. “Si quieres hacer estas cosas correctamente, tienes que poner una cierta cantidad de energía en ellas”.
El actor señala que uno de los aspectos más perturbadores del personaje era su capacidad para presentar argumentos racionales mientras justificaba atrocidades. “Podía analizar las cosas para ti y decir algo profundamente malvado de una manera completamente casual”. Ese tipo de insensibilidad moral es, quizás, una de las reflexiones más inquietantes que plantea la película.

Una historia que todavía resuena
“Nuremberg: El Juicio Final” no es solo una reconstrucción histórica. Es también una exploración sobre la naturaleza del mal y sobre la forma en que la historia continúa resonando en el presente. La relación entre Kelley y Göring termina dejando una marca profunda en ambos hombres. De hecho, años después de los juicios, el propio Kelley terminaría suicidándose utilizando el mismo veneno que había empleado Göring.
Ese dato histórico introduce una dimensión trágica que la película sugiere sin necesidad de subrayados. Porque al final, el verdadero interrogante que plantea el film no es únicamente cómo se juzga el mal, sino cómo se convive con la necesidad de comprenderlo. Y en esa zona incómoda, donde la historia se mezcla con la psicología y la memoria, el cine vuelve a demostrar su capacidad para mirar hacia atrás… y obligarnos, una vez más, a preguntarnos quiénes somos.








