San Martín: el llamado del destino

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Fue soldado de España antes de convertirse en uno de los grandes libertadores de América. Pero su grandeza no estuvo solamente en cruzar los Andes, vencer ejércitos y llegar hasta Lima. Estuvo en haber entendido la independencia como una empresa continental y, sobre todo, en haber sabido entender que el bien común supera a la ambición personal.

José Francisco de San Martín nació en Yapeyú el 25 de febrero de 1778. A los cinco años viajó con su familia a España y allí comenzó una carrera militar que lo llevaría a combatir contra las tropas napoleónicas. Después de años de servicio, abandonó Europa y regresó a América. Llegó a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812, dejando atrás una carrera militar consolidada. Aquella decisión revela algo esencial: aunque había pasado gran parte de su vida en España, su pertenencia a esta tierra terminó pesando más que la comodidad de una carrera asegurada.

En 1814, al asumir el gobierno de Cuyo, San Martín comenzó a desarrollar una estrategia que cambiaría el curso de la independencia. El camino hacia el Alto Perú parecía condenado al desgaste. Su alternativa era audaz: formar un ejército en Mendoza, cruzar los Andes, liberar Chile y desde allí avanzar por mar hacia el Perú, principal bastión español en Sudamérica.

Durante años trabajó para convertir esa idea en realidad. Reunió soldados, armas, animales, alimentos y recursos, mientras Mendoza se transformaba en el corazón de la empresa. Más de cinco mil hombres formarían el Ejército de los Andes. La libertad, para San Martín, no era una proclama: era una construcción que exigía disciplina, sacrificio y paciencia.

Cruzar los Andes

En enero de 1817 comenzó el cruce de los Andes. El 12 de febrero, la victoria de Chacabuco permitió recuperar Santiago de Chile. Después de la difícil jornada de Cancha Rayada, San Martín reorganizó sus fuerzas y llegó la victoria de Maipú, el 5 de abril de 1818, que aseguró la independencia chilena.

Su grandeza como comandante aparece también en los momentos de crisis. No fue solamente un hombre de victorias, sino alguien capaz de mantener el rumbo cuando todo parecía desmoronarse. Una frase suya resume esa actitud: “Para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.

Chile no era el destino final. En septiembre de 1820, la expedición libertadora desembarcó en las costas del Perú y, en julio de 1821, San Martín entró en Lima. El 28 de julio se proclamó la independencia peruana y asumió como Protector.

Pero la guerra todavía no había terminado. Las fuerzas españolas conservaban posiciones importantes y San Martín comprendía que necesitaba coordinar esfuerzos con Simón Bolívar. La independencia americana era demasiado grande para reducirla a una sola nación o a un solo ejército. Su mirada siempre había sido continental.

Guayaquil y la renuncia

En julio de 1822, San Martín se reunió con Bolívar en Guayaquil. No existe una transcripción completa de aquella conversación y muchos detalles continúan siendo discutidos por los historiadores. Lo que sí ocurrió después es claro: San Martín dejó el escenario político y militar americano, mientras Bolívar continuó la campaña que culminaría en Ayacucho.

Podría haber disputado el liderazgo, conservado su ejército o convertido las diferencias en una cuestión personal. No lo hizo. Entendió que la independencia estaba por encima de quien recibiera los laureles. Años antes había escrito: “Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”. Para él, la espada debía servir a la libertad, no a las ambiciones personales.

La renuncia fue quizás su gesto más extraordinario. En 1823, San Martín regresó a Mendoza y poco después emprendió el camino hacia Europa. Incluso cuando se le ofreció protección ante la posibilidad de ser detenido en Buenos Aires, respondió que regresaría solo y que no quería utilizar sus armas contra argentinos.

Su decisión revela una concepción del poder poco frecuente en la historia. Había conquistado autoridad, pero no necesitaba convertirse en dueño de ella. Su objetivo no era gobernar los pueblos que había ayudado a liberar, sino hacer posible que fueran libres.

Una obra más grande que su autor

San Martín murió en Boulogne-sur-Mer el 17 de agosto de 1850, lejos de la tierra donde había nacido. Había cruzado los Andes, liberado Chile, contribuido decisivamente a la independencia del Perú y renunciado al protagonismo cuando comprendió que otro podía continuar la obra.

Por eso su legado supera las batallas. Su vida habla de deber, disciplina, sacrificio, fraternidad y dominio de las propias ambiciones. San Martín entendió que la libertad no podía convertirse en propiedad de sus libertadores y que quien empuña una espada para liberar debe saber también cuándo volver a guardarla.

Quizás allí esté la dimensión más profunda de su figura. No fue grande solamente porque supo vencer, sino porque supo elegir una causa, sostenerla cuando parecía imposible y renunciar a parte de su propia gloria para que pudiera continuar. En una época que suele medir a los hombres por el poder que acumulan, San Martín dejó otra medida: cuánto son capaces de entregar y si, llegado el momento, tienen la grandeza suficiente para apartarse.