
Hay algo profundamente incómodo —y a la vez reconfortante— en imaginar que los muertos no se van del todo. Que siguen ahí, ocupando habitaciones, repitiendo gestos, esperando algo que nunca termina de suceder. Ghosts, la comedia sobrenatural que regresa este 24 de abril a Universal+, construye su universo sobre esa idea: la de un más allá que no es grandilocuente ni terrorífico, sino cotidiano, casi doméstico.
La Mansión Woodstone —heredada por Samantha— parece, a simple vista, una casa como cualquier otra. Pero no lo es. Adentro conviven, atrapados en una especie de limbo emocional, un grupo de fantasmas que representan distintas épocas, obsesiones y formas de entender la vida… incluso después de muertos. Hay algo coral en ese ensamble, pero también profundamente humano: cada uno arrastra lo que no pudo resolver.
Samantha, interpretada por Rose McIver, es la única capaz de verlos. O lo era. Porque en esta cuarta temporada, la serie introduce una variación que altera su centro: Jay (Utkarsh Ambudkar), su esposo, adquiere la misma capacidad. “Es un lujo estar en una serie el tiempo suficiente para poder descubrir realmente al personaje”, dijo McIver en una entrevista, en una frase que parece hablar no solo de su trabajo actoral, sino del propio crecimiento interno de la serie. Ghosts no avanza a los golpes, sino a través de pequeñas mutaciones: vínculos que se tensan, roles que se desplazan, certezas que se vuelven frágiles.

Durante tres temporadas, Samantha fue mediadora entre dos mundos; ahora, ese privilegio se diluye. Y con él, cierta forma de poder dentro de la pareja. “Todos hemos perdido a alguien. Y es reconfortante pensar que podrían seguir en algún lugar cuidándonos; hay una calidez en esa idea”, explicó Joe Port, uno de los creadores. En esa línea, su socio creativo, Joe Wiseman, ha insistido en que la serie funciona porque nunca pierde de vista lo emocional: los fantasmas no son solo un recurso cómico, sino una excusa para hablar de aquello que queda suspendido.
La dinámica entre los protagonistas también se redefine desde lo actoral. McIver y Ambudkar han anticipado que el nuevo “don” de Jay no simplifica las cosas: las complica. Compartir el mismo plano de realidad implica también compartir sus consecuencias.
Si algo distingue a Ghosts es su capacidad de construir un ecosistema donde cada voz importa. Rebecca Wisocky —quien interpreta a Hetty, la dama de alta sociedad del siglo XIX— ha contado que encontró en su personaje una inesperada profundidad: “Hetty podría haber sido solo un estereotipo, pero hay algo muy humano en su rigidez, en lo que no puede soltar”.

La frase revela una de las claves de la serie: incluso los personajes más exagerados están atravesados por una verdad emocional. Algo similar ocurre con Brandon Scott Jones, quien da vida a Isaac, el miliciano del siglo XVIII. Sobre su evolución —particularmente en relación con su identidad y su vínculo con Nigel—, el actor señaló en entrevistas que lo que más le interesa es explorar “la vulnerabilidad detrás de alguien que pasó siglos ocultándose”. En Ghosts, el tiempo no resuelve los conflictos: los profundiza.
Esa lógica se extiende también al detrás de escena. Devan Chandler Long, quien interpreta al vikingo Thorfinn, destacó el compromiso del elenco con los detalles emocionales, incluso en situaciones absurdas: “Todo funciona mejor cuando lo tratás en serio, aunque sea ridículo”. La comedia, entonces, no aparece como negación del drama, sino como su forma más accesible.


La cuarta temporada introduce, además, un elemento nuevo: un contrato demoníaco que amenaza con alterar las reglas de ese ecosistema. La palabra “demoníaco” podría sugerir un giro hacia el terror, pero Ghosts se resiste a abandonar su tono. Incluso en sus momentos más oscuros, la serie encuentra una forma de volver al humor, como si entendiera que la risa es otra manera de procesar lo inexplicable.
El reconocimiento crítico no tardó en llegar. Este año, Ghosts obtuvo cuatro nominaciones en los Critics’ Choice Awards, incluyendo menciones para Asher Grodman y la propia Wisocky. Pero más allá de los premios, lo que la sostiene es otra cosa: una sensibilidad poco habitual para hablar de la muerte sin solemnidad.
Tal vez por eso funciona. Porque en lugar de preguntarse qué hay después, Ghosts se detiene en lo que queda. En esos restos invisibles que persisten en los espacios, en las relaciones, en la memoria. Y en la posibilidad —absurda, improbable— de que convivir con ellos no sea una condena, sino una forma de compañía. El 24 de abril, la puerta vuelve a abrirse. Del otro lado, como siempre, nadie se ha ido del todo.







