No quiero dejar pasar el día internacional del jazz sin compartir un pequeño aporte que me cambió la vida. Desde mi infancia, el cine fue mi primer contacto con el poder invisible del sonido. Me fascinaba observar cómo una simple imagen podía transformar las emociones y los sentidos de un espectador cuando era guiada por la música adecuada. Esa curiosidad me llevó a incursionar en la música a temprana edad, pero durante mucho tiempo me enfrenté a un abismo: no lograba conectar mi parte intuitiva con la lógica y lo sistémico.

Inicié mi formación con una orientación estrictamente académica, sumergiéndome en el complejo mundo de la guitarra clásica. Aunque respetaba la disciplina de las partituras, sentía que no alcanzaba aquello que mi espíritu necesitaba. Fue entonces cuando el jazz apareció en mi camino. En ese género encontré, finalmente, el puente que une la intuición con los sentidos, las emociones y la razón.
El jazz no es el caos que muchos imaginan; es la libertad absoluta para hacer, pensar y ejecutar dentro de una estructura definida. Son esos parámetros justos los que permiten que, dentro de ellos, ocurra un universo entero de decisiones. He aprendido que improvisar puramente por intuición no es lo mismo que improvisar con conocimiento. El conocimiento es lo que realmente te hace libre y feliz. Cuando solo dependes de la intuición, la falta de conexión entre lo que piensas y lo que finalmente suena genera una frustración profunda.

Para mí, el jazz se ha convertido en un estándar de vida donde el saber es un deber cotidiano. Recuerdo siempre las palabras de un gran maestro: “En el jazz y en la vida, si no sabes dónde estás parado, eres un mediocre”. Comprender nuestra posición y dominar nuestro lenguaje es lo único que nos permite convertir el pensamiento en sonido y la vida en arte.








