Después de treinta años de trayectoria, pocas bandas pueden darse el lujo de volver sobre su propio repertorio sin que el ejercicio se convierta en un gesto de nostalgia. Árbol elige otro camino. En lugar de replicar la energía con la que construyó buena parte de su historia, apuesta por desmontar sus canciones hasta dejar expuesta su esencia. El resultado es Atemporal (canciones inoxidables), un álbum que transforma algunos de los temas más emblemáticos de la banda en versiones íntimas, atravesadas por arreglos de cuerdas y vientos que abren nuevas posibilidades de escucha.
No se trata de un disco de «grandes éxitos», ni de una celebración por los treinta años del grupo. Es, sobre todo, una reinterpretación. Una manera de comprobar que canciones nacidas en otro contexto siguen teniendo algo para decir cuando cambian el volumen, el ritmo y la instrumentación.
Desde su aparición en la escena nacional durante la segunda mitad de los años noventa, Árbol construyó una identidad difícil de encasillar. Rock alternativo, punk, reggae, pop, funk, folklore y ritmos latinoamericanos convivieron siempre con naturalidad en una propuesta que escapó a las etiquetas y convirtió a la banda de Haedo en una de las más originales de su generación.
Ese espíritu inquieto también atraviesa Atemporal. Allí donde antes predominaban las guitarras distorsionadas y la intensidad de los conciertos, ahora aparecen arreglos de cuerdas, secciones de vientos y una interpretación mucho más contenida que resignifica canciones que ya forman parte del cancionero del rock argentino.
Clásicos como «El Fantasma», «Trenes, Camiones y Tractores», «Pequeños Sueños» y otras composiciones históricas adquieren un nuevo carácter. La melodía cobra protagonismo, las letras encuentran otros matices y la emoción aparece desde un lugar diferente. Es una demostración de que las mejores canciones no dependen únicamente de la forma en que fueron grabadas originalmente, sino de la solidez con la que fueron concebidas.
En tiempos donde abundan las reediciones y los aniversarios, el nuevo trabajo de Árbol evita caer en la repetición. En vez de reconstruir el pasado con fidelidad, decide reinterpretarlo. El álbum invita a escuchar piezas ampliamente conocidas como si fueran nuevas, descubriendo detalles que quizás habían permanecido ocultos durante años.

Como parte de esta nueva etapa, la banda acompaña el lanzamiento con un videoclip de «El Fantasma», realizado durante la grabación del disco. Ese material funciona como adelanto de una live session que reunirá las versiones en vivo de todo el álbum y que podrá verse completa el próximo 6 de agosto en el canal oficial de YouTube del grupo. Dirigida por Facundo Nuble, la sesión busca extender la experiencia sonora del disco hacia una propuesta audiovisual donde la interpretación y los arreglos ocupan el centro de la escena.
La historia de Árbol comenzó en 1994, en Haedo, cuando un grupo de músicos decidió romper con los moldes que dominaban el rock argentino de la época. Aquella mezcla desprejuiciada de géneros terminó convirtiéndose en una marca registrada.
Un trabajo colectivo para volver a escuchar
Atemporal fue grabado en noviembre de 2025 en Casa Frida Estudio y reúne a un grupo de músicos invitados cuya participación resulta determinante para el sonido del álbum.
Los arreglos de cuerdas fueron realizados por Diego Velázquez, quien además participa en violín y guitarra junto a Joaquín Gutiérrez en viola y Silvia Ana Murano en violoncello. En la sección de vientos aparecen Andrés Reboratti —también responsable de los arreglos—, Agustina Ferro en trombón y Daniel Mayor en trompeta, ampliando la paleta sonora sin perder la identidad de la banda.
La producción musical estuvo a cargo de los propios integrantes de Árbol, con Hernán Caratozzolo como ingeniero de grabación, mezcla de Hernán Bruckner y Pablo Romero, y mastering realizado por Daniel Ovie.

Tres décadas de una banda imposible de encasillar
La historia de Árbol comenzó en 1994, en Haedo, cuando un grupo de músicos decidió romper con los moldes que dominaban el rock argentino de la época. Aquella mezcla desprejuiciada de géneros terminó convirtiéndose en una marca registrada.
El punto de inflexión llegó cuando Gustavo Santaolalla los convocó para incorporarse al sello Surco, una etapa que impulsó la proyección internacional del grupo y dio origen a discos fundamentales como Chapusongs, Guau!, Hormigas y No Me Etiquetes. De esos trabajos surgieron canciones que atravesaron generaciones y continúan ocupando un lugar privilegiado en el repertorio del rock nacional.
Clásicos como «El Fantasma», «Trenes, Camiones y Tractores», «Pequeños Sueños» y otras composiciones históricas adquieren un nuevo carácter. La melodía cobra protagonismo, las letras encuentran otros matices y la emoción aparece desde un lugar diferente.
Durante los últimos años la banda nunca dejó de producir nuevo material. Publicó Hongo en 2022, realizó giras por Argentina, Latinoamérica y Europa y celebró sus treinta años de carrera con una extensa serie de conciertos que repasaron toda su historia.

El subtítulo del álbum —»canciones inoxidables»— funciona como una declaración de principios. No habla solamente de clásicos que el público sigue cantando, sino de composiciones capaces de transformarse sin perder identidad. Eso es justamente lo que consigue Atemporal. No intenta competir con las versiones originales ni reemplazarlas. Las observa desde la distancia que ofrecen tres décadas de recorrido, las vuelve más sobrias, más maduras y, en muchos casos, incluso más emotivas.
En una época donde la velocidad suele imponerse sobre la permanencia, Árbol recuerda que algunas canciones no necesitan perseguir tendencias para seguir vigentes. Simplemente encuentran nuevas formas de sonar. Y ese, quizás, sea el verdadero significado de ser atemporales.








