El gaucho no siempre fue el héroe que hoy conocemos. Los inmigrantes que, según la frase popular, “bajaron de los barcos” fueron recibidos alguna vez como una amenaza. Y esa oposición entre civilización y barbarie con la que durante generaciones aprendimos a pensar la Argentina fue formulada por un hombre que miraba con admiración a los Estados Unidos mientras intentaba comprender —y transformar— el país que tenía delante. La identidad argentina no apareció de manera espontánea, como si hubiera estado esperando ser descubierta. Se construyó. Se discutió. Se impuso en algunos momentos y se transformó en otros. Y, como ocurre con toda construcción, también dejó cosas afuera.
Existe una frase que circula con una naturalidad casi absoluta en las conversaciones argentinas: “los argentinos descendemos de los barcos”. La repetimos como si explicara nuestro origen de una vez y para siempre. Pero, como plantea el sociólogo Nicolás Herrera en su tesis de la Universidad Nacional de La Plata, esa frase no describe simplemente de dónde venimos: describe un relato sobre nuestro origen. Y todo relato tiene autores, decisiones, silencios y personajes que aparecen en primer plano mientras otros quedan relegados.
Cuando comenzó el proceso de independencia, la Argentina todavía estaba muy lejos de ser una nación con una identidad común consolidada. Había provincias, caudillos, intereses enfrentados y distintas maneras de imaginar el futuro. La pregunta era enorme y, en buena medida, seguía sin respuesta: ¿qué significaba ser argentino?
Una parte de esa respuesta comenzó a elaborarse entre los intelectuales de la Generación del 37. Allí aparecen nombres como Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y, sobre todo, Domingo Faustino Sarmiento, cuya influencia sobre la manera en que los argentinos pensamos nuestro propio país sería enorme. Su diagnóstico era tajante: la Argentina estaba dividida entre dos mundos. De un lado, la civilización, asociada con las ciudades, Europa, la educación y el progreso. Del otro, la barbarie, representada por el gaucho, el caudillo y el mundo rural. En Facundo, publicado en 1845, Sarmiento no solo contó la vida de un caudillo: construyó una forma de mirar el país, una especie de mapa mental que durante décadas condicionaría la conversación sobre lo argentino.

Alberdi imaginó otra pieza fundamental de ese proyecto. “Gobernar es poblar”, escribió, convencido de que la llegada de inmigrantes europeos podía aportar trabajo, educación, hábitos y conocimientos necesarios para modernizar el país. El proyecto tenía una enorme confianza en el futuro, pero también una idea bastante definida acerca de cómo debía ser ese futuro. En ese esquema, el gaucho, el indígena y buena parte de las culturas que ya habitaban el territorio tenían poco lugar.
El inmigrante: de amenaza a mito fundacional
La historia, sin embargo, introdujo rápidamente una paradoja. Los mismos inmigrantes que habían sido imaginados como una de las claves para construir el país moderno comenzaron a ser vistos, pocos años después, como un problema. Entre 1880 y 1910 llegaron a la Argentina más de tres millones de personas, principalmente italianos y españoles. La historiadora Lilia Ana Bertoni, en Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas, estudió precisamente esa tensión: una elite que había convocado a los inmigrantes empezó a preocuparse porque muchos de ellos conservaban sus idiomas, sus asociaciones, sus periódicos y sus propias tradiciones, y porque la esperada “argentinización” no se producía con la velocidad que algunos habían imaginado.
La respuesta fue una verdadera ingeniería de la identidad nacional. La escuela pública obligatoria, los actos patrios, el Himno Nacional, la bandera, las celebraciones oficiales y el culto a los próceres comenzaron a ocupar un lugar central en la vida cotidiana. No se trataba únicamente de enseñar contenidos: también se buscaba fabricar una memoria común, una serie de símbolos capaces de hacer que millones de personas muy diferentes comenzaran a reconocerse dentro de una misma historia.
El resultado fue poderoso, aunque nunca completamente homogéneo. Mientras se construía la imagen de un país formado por un gran crisol de razas, también quedaban en los márgenes pueblos originarios, afroargentinos y numerosos sectores criollos del interior. La idea de que todas las diferencias habían terminado fundiéndose en un único pueblo funcionaba mejor como aspiración que como descripción exacta de la sociedad argentina.

El gaucho que primero fue rechazado y después convertido en símbolo
Quizás uno de los capítulos más curiosos de esta historia sea el destino del gaucho. El mismo personaje que durante buena parte del siglo XIX había sido presentado como expresión de la barbarie terminó convertido, unas décadas más tarde, en uno de los grandes símbolos de la nacionalidad.
Una de las claves de esa transformación fue Martín Fierro, el poema publicado por José Hernández en 1872. En su origen, la obra podía leerse como una crítica al maltrato y a la situación de los gauchos frente al Estado. Con el paso del tiempo, sin embargo, comenzó a ser interpretada de otra manera. El escritor Leopoldo Lugones fue decisivo en esa operación cultural. En El Payador, publicado en 1916, presentó al Martín Fierro como el poema nacional y al gaucho como una figura arquetípica de lo argentino.
El cambio tiene algo de paradoja histórica. Un personaje que había sido perseguido, marginado y considerado un obstáculo para el proyecto de país terminó convertido en representación de ese mismo país. El gaucho, que durante décadas había encarnado aquello que debía ser superado, pasó a representar aquello que supuestamente siempre habíamos sido.
La historia no terminó allí. Como ha estudiado la investigadora Sara Iriarte, las traducciones de Martín Fierro a otras lenguas también contribuyeron a construir distintas imágenes de la Argentina. Cada traducción llevaba consigo no solo palabras, sino una determinada interpretación del país, de sus personajes y de aquello que se consideraba esencialmente argentino.

Lo que el relato dejó afuera
Construir una identidad también implica establecer fronteras: decidir quién forma parte del “nosotros” y quién queda del otro lado. La historiadora Mónica Quijada, en sus trabajos sobre nación y territorio, ha señalado precisamente esa dimensión del proceso. La identidad nacional no se construyó únicamente alrededor de símbolos compartidos, sino también a partir de la definición de distintas formas de alteridad.
El indígena, el anarquista, determinados inmigrantes provenientes de países limítrofes y otros grupos fueron presentados, en diferentes momentos históricos, como aquello que amenazaba el orden o la imagen deseada de la nación. La Argentina que se contaba a sí misma necesitaba también decidir qué historias quedaban dentro de ese relato y cuáles podían ser olvidadas.
Algo parecido ocurrió con la población afroargentina, cuya presencia histórica fue durante mucho tiempo minimizada en los relatos tradicionales sobre la composición de la sociedad argentina. Y ocurrió también con la memoria de la Conquista del Desierto, que durante décadas fue presentada principalmente como una campaña destinada a incorporar territorios al Estado nacional, mientras quedaban en segundo plano la violencia, el desplazamiento y las consecuencias sufridas por los pueblos mapuche, ranquel y tehuelche.

El relato sigue abierto
La historia de la identidad argentina, entonces, está lejos de ser una historia terminada. El historiador Ezequiel Adamovsky, en El gaucho indómito, analiza cómo distintas generaciones fueron modificando aquello que entendían por “lo argentino”. La inmigración masiva, los movimientos políticos y sociales del siglo XX, el peronismo, la dictadura, la recuperación democrática, la crisis de 2001 y hasta el fútbol funcionaron, en distintos momentos, como escenarios donde volvimos a discutir quiénes somos.
Tal vez por eso resulte tan difícil encontrar una definición capaz de contener a todos. Argentina no fue una identidad descubierta de una vez, sino una identidad que se fue contando y recontando. Cambiaron los protagonistas, cambiaron los símbolos y cambiaron también aquellos que quedaron fuera de la fotografía.
Somos, en definitiva, un país que lleva casi dos siglos preguntándose qué significa ser argentino. Y quizás haya algo profundamente argentino en esa pregunta que nunca termina de cerrarse: la necesidad permanente de volver a contar nuestra propia historia para descubrir, cada vez, quiénes creemos que somos.






