Entre los valles altos del norte riojano, donde el sol y la montaña marcan el pulso de los días, Chañarmuyo se levanta como un territorio de silencios y contrastes. Allí, donde el viento baja frío de la sierra y la tierra roja lo calienta, el enólogo Matías Prieto se dedica a una tarea que trasciende lo técnico: escuchar lo que el lugar tiene para decir y transformarlo en vino.
El valle de Chañarmuyo, ubicado a más de 1.700 metros sobre el nivel del mar, no es un sitio fácil. Su clima extremo, con días ardientes y noches frías, desafía tanto a la vid como a quienes la cuidan. Pero esa misma rudeza es la que da identidad a sus vinos. Los suelos pobres, de arena, piedra y arcilla, obligan a la planta a profundizar, y ese esfuerzo se traduce en una fruta concentrada, vibrante, llena de energía natural.
Prieto conoce esa energía como pocos. Desde hace años trabaja en el desarrollo enológico del valle, acompañando cada parcela, cada microterroir, y adaptando las técnicas al pulso de la naturaleza. Su filosofía es simple: dejar que el lugar se exprese. No se trata de imponer una receta, sino de interpretar lo que el clima, el suelo y el trabajo humano ofrecen en cada vendimia.

El resultado de ese enfoque es una gama de vinos coherente y precisa, que busca mostrar las distintas caras de Chañarmuyo. Los Malbec, por ejemplo, sorprenden por su pureza frutal y su equilibrio: son vinos amplios, jugosos, con un perfil moderno pero fiel al terruño. Los Cabernet Sauvignon destacan por su estructura y su profundidad aromática; mientras que el Rosé de Malbec, fresco y delicado, muestra una faceta más lúdica y versátil del valle.
Curiosamente, no hay un Torrontés en la línea actual de Chañarmuyo. En una provincia que es cuna de esa cepa emblemática —y donde su aroma floral parece casi parte del paisaje—, la ausencia se siente como una declaración de identidad: el proyecto no busca repetir lo conocido, sino encontrar su propio lenguaje. Prieto lo explica como una decisión consciente, orientada a resaltar otras variedades que también representan el potencial riojano, y que en altura encuentran una expresión más intensa y elegante.

En Chañarmuyo, todo está atravesado por la idea de origen. Desde la cosecha manual hasta el trabajo en bodega, cada paso apunta a preservar la autenticidad del fruto. El uso medido de la madera, la búsqueda de frescura y la precisión en el punto de cosecha son parte de una misma búsqueda: mostrar el carácter del valle sin maquillajes.
El entorno hace el resto. Las vides se nutren del deshielo de la sierra y del aire puro que corre entre los cerros. La altitud imprime tensión a los vinos, y la luz, intensa y limpia, concentra los aromas y los colores. Todo parece conspirar para que el vino no sea un producto, sino un reflejo vivo del lugar.

Chañarmuyo, más que un nombre, es una manera de entender la viticultura. Un espacio donde la técnica se pone al servicio del paisaje, y donde la figura del enólogo se vuelve puente entre el hombre y la naturaleza. Matías Prieto no busca protagonismo; su papel es el de un intérprete que traduce el lenguaje del valle en cada botella.
Datos del valle de Chañarmuyo
Ubicado en el departamento de Famatina, al norte de la provincia de La Rioja, el valle de Chañarmuyo se encuentra entre los 1.650 y 1.750 metros sobre el nivel del mar. Con un clima desértico, más de 320 días de sol al año y fuertes amplitudes térmicas, ofrece condiciones ideales para la producción de uvas de alta calidad. Sus suelos pobres, su aire limpio y su baja humedad dan origen a vinos de gran intensidad aromática, estructura firme y frescura natural.
En cada copa de Chañarmuyo hay un poco de esa altura, de ese sol y de esa paciencia riojana que, con el tiempo, se vuelve vino.








