Hay despedidas que se parecen a un partido y otras que se parecen más a una despedida de verdad. La de Lionel Messi tuvo algo de las dos. Hubo una pelota, un rival, goles, una multitud y un resultado. Pero la noche del martes en el Monumental, nadie estaba preocupado por el partido. Salvo rogar que no termine nunca.
Más de 85.000 personas llenaron el estadio para acompañar al capitán en su último partido con la Selección Argentina. Del otro lado estaba Benín, pero el verdadero rival de esa noche era el tiempo. Ese que durante más de veinte años había permitido que Messi volviera una y otra vez a ponerse la camiseta celeste y blanca. Esta vez, en cambio, era la última.
El chico que empezó entre lágrimasLo extraordinario es que entre aquel chico de Rosario y el hombre que salió del Monumental abrazado por sus compañeros, 21 años después, parece haber pasado una vida entera. Hubo finales perdidas, críticas, comparaciones, discusiones sobre su compromiso y hasta una renuncia momentánea a la Selección en 2016. También hubo regresos, reconciliaciones y, finalmente, una generación que consiguió transformar aquella vieja sensación de deuda en una historia de gloria.
Messi no siempre fue el ídolo indiscutido que hoy parece haber sido desde siempre. Durante años, una parte de la Argentina le pidió algo que probablemente ningún futbolista debería cargar sobre sus hombros: que fuera al mismo tiempo Messi, Maradona y la solución a todas las frustraciones del fútbol argentino. La relación tuvo que construirse. Y quizá por eso terminó siendo tan profunda.

La noche en que el Monumental dejó de pedir
Antes de que comenzara el partido ya estaba claro que aquello no iba a ser una noche normal. Messi apareció para el calentamiento y el estadio se levantó. Después llegó el himno. Rodeado por sus hijos, Thiago, Mateo y Ciro, el capitán intentó cantar, pero la emoción pudo más. Las imágenes de Messi con los ojos llenos de lágrimas terminaron diciendo mucho más que cualquier ceremonia.
En el campo de juego había una camiseta gigante con el número 10 y la palabra “Gracias”. Y quizá esa palabra resumía mejor que ninguna otra lo que había cambiado entre Messi y la Argentina. Durante mucho tiempo se le había pedido. Se le había exigido. Se le había reclamado. Esa noche, por primera vez, nadie le pedía nada.
En el minuto 10, incluso el partido se detuvo. El árbitro interrumpió el juego y el Monumental entero se puso de pie para homenajearlo. Más de 85.000 personas cantaron por el 10, mientras los fuegos artificiales acompañaban una ovación que parecía querer detener el reloj.
Fue uno de esos momentos que el fútbol fabrica muy pocas veces: un estadio entero haciendo silencio para después gritar el nombre de un solo hombre.

Y, por supuesto, hubo un último gol
Después de un primer tiempo sin goles, Argentina encontró el camino en el complemento. Primero apareció Nicolás Otamendi, que convirtió de cabeza tras una asistencia de Messi. Después llegó Nicolás Paz para marcar el segundo, también después de una intervención del capitán. Y finalmente ocurrió lo que, de alguna manera, todos habían ido a buscar: Messi volvió a hacer lo que hizo tantas veces durante más de dos décadas. Marcó.
Fue de penal. No importaba demasiado.
La pelota entró y el Monumental volvió a explotar. Messi había conseguido despedirse con un gol, el 126° de su carrera internacional, además de haber participado directamente en los otros dos tantos de la victoria argentina por 3-0. Era una última firma en una obra que ya estaba terminada.
Y quizá hubo algo hermoso en que el último gol no fuera una obra imposible. No hizo falta una corrida de cincuenta metros, ni un tiro libre al ángulo, ni uno de esos goles que parecen desafiar las leyes de la física. Bastó un penal. Como si después de tantos años Messi ya no necesitara demostrar absolutamente nada.

El hombre que convirtió la deuda en gratitud
Los números son enormes, aunque probablemente resulten insuficientes para explicar lo que significa Messi para la Selección. Terminó su carrera internacional como máximo goleador histórico y jugador con más presencias de Argentina, con 208 partidos y 126 goles según el registro de FIFA. Con la camiseta mayor ganó la Copa América 2021, la Finalissima 2022, el Mundial de Qatar 2022 y la Copa América 2024.
Pero la estadística que quizá mejor explique su recorrido sea otra: Messi perdió finales antes de aprender a ganarlas. Perdió la Copa América 2007, perdió las finales de 2015 y 2016, perdió la final del Mundial de Brasil 2014. En 2016 llegó a anunciar su renuncia a la Selección. Y volvió.
Después llegó la otra parte de la historia.
La Copa América de 2021. La Finalissima. El Mundial de Qatar. La Copa América de 2024. Y otra final mundialista en 2026. Messi terminó convirtiéndose en el capitán de una Selección que durante años había vivido de recordar lo que había ganado y que, con él, volvió a acostumbrarse a ganar.
Por eso su despedida no fue solamente la despedida de un futbolista. Fue también el cierre de una época.

“No me quiero ir de la cancha”
Después del partido, Messi habló. Y volvió a quebrarse.
Dijo que había sido un orgullo enorme vestir durante tantos años la camiseta argentina. Recordó a su padre, recientemente fallecido, y reconoció que dejar de venir con la Selección iba a doler. También confesó algo que, viniendo de él, quizá sea una de las frases más difíciles de escuchar: “No me quiero ir de la cancha”.
Lionel Scaloni tampoco pudo esconder la emoción. El entrenador, que acompañó a Messi durante la etapa más gloriosa de su historia con Argentina, habló de lo difícil que será volver a tener un equipo sin ese jugador capaz de cambiar un partido con una sola aparición. Y definió su legado como algo imposible de reemplazar. Quizás ahí esté la verdadera dimensión de la despedida.
Porque Messi no se retira del fútbol. Seguirá jugando a nivel de clubes. Lo que termina es algo mucho más íntimo: la posibilidad de verlo salir del túnel con la camiseta argentina, acomodarse la cinta de capitán, escuchar el himno y esperar que en algún momento de los noventa minutos ocurra algo que solamente él parecía capaz de imaginar.

Lo que queda cuando se va el diez
Durante mucho tiempo se discutió si Messi era el mejor de todos los tiempos. Se discutió si había hecho suficiente con Argentina. Si era comparable con Maradona. Si necesitaba ganar un Mundial para ser verdaderamente argentino. Si había nacido demasiado lejos. Si sentía la camiseta. Si podía soportar la presión.
Gracias por aquel chico que debutó y lloró en Budapest. Gracias por las derrotas que soportó cuando parecía que nunca llegaría el título. Gracias por volver después de haberse ido. Gracias por levantar la Copa América en el Maracaná. Gracias por la Finalissima. Gracias por Qatar. Gracias por aquellas lágrimas después de la final contra Francia. Gracias por seguir corriendo cuando ya no tenía nada que demostrar. Gracias por haber convertido al número 10 en una parte inseparable de su propia historia. Y gracias, también, por permitirle a varias generaciones de argentinos tener un recuerdo compartido.
Hay chicos que van a contar que lo vieron jugar. Otros van a decir que lo vieron levantar la Copa del Mundo. Algunos recordarán sus goles. Otros, sus gambetas. Otros se quedarán con aquella final de Qatar o con una pelota imposible entrando contra México, Países Bajos, Croacia o Francia.
Pero quizá quienes estuvieron en el Monumental esa noche recuerden algo todavía más sencillo: un hombre de 39 años llorando porque sabía que estaba a punto de dejar aquello que más amaba.
Gracias, Capitán.






