Tomar en caja y dejar por fin los prejuicios

0
1595

Tomar vino en caja tiene un sinfín de singularidades que si analizamos fríamente una por una deberíamos escribir un libro, desde la practicidad hasta los rituales y culturas que la adoptan tanto en tribus urbanas como en el interior profundo. Ya nos ocuparemos de la querida versión en tetra brick donde hay mucho para recomendar y que todo buen mortal apreciará más allá de la necesidad y los bolsillos apretados (no vengan los puritanos que dirá que sólo sirve para cocinar). Carlos Alberto Gato Dumas, quizás el más célebre de la historia culinaria argenta  decía: “Antes se pensaba que la cocina era sólo para las mujeres y también que los vinos finos solo venían en botellas”.

Como es de Perogrullo, hubo en la historia grandes bebedores de vino que degustaban en lo que se podía y a nadie se les caía los anillos, muy por el contrario. Durante siglos el vino —y otras bebidas— se conservaban y transportaba en recipientes de barro, madera, piel de animal (“wineskins”) u otros materiales.

En los calurosos veranos de Australia, allá por los años sesenta del siglo pasado, Thomas Angove caminaba entre los viñedos de Renmark con una idea dando vueltas en la cabeza. Tal vez molestado por mosquitos australianos en aquellas tardes no buscaba una botella más bonita ni un corcho más resistente: sino algo distinto, que rompiera con todo. Cierta tarde, mientras observaba cómo transportaban ácido de batería en unas bolsas resistentes dentro de cajas de cartón, tuvo una especie de revelación. ¿Y si el vino pudiera viajar así? Pensó riéndose de lo absurdo que sonaba.

Volvió a su bodega, Angove Wines, y comenzó a experimentar. En 1965 ya tenía algo que parecía salido de un laboratorio futurista: una bolsa de polietileno capaz de contener más de cuatro litros de vino, escondida dentro de una caja de cartón corrugado. El sistema era simple y, a la vez, revolucionario. Para servir, había que cortar una esquina de la bolsa —como si uno estuviera abriendo un secreto— y dejar que el vino fluyera. Después, se sellaba con una pinza especial, lista para volver a usarse. Así, lo que originalmente había sido un método para trasladar un líquido corrosivo terminó inspirando uno de los inventos más prácticos y democráticos del mundo del vino. Y todo empezó con un enólogo que se animó a mirar una caja cualquiera y ver en ella algo completamente nuevo.

Al contrario de lo que sugiere un envase de tres litros y te hará pensar en juntada con amigos, lo ideal es consumirlo solo.

Tras su invención en Australia, el formato se popularizó localmente porque resultaba más barato, práctico, menos frágil que el vidrio -una opción ideal para consumo cotidiano- vinos económicos, transporte, etc. En los años ’70 y ’80, este formato empezó a aparecer en otros países, incluyendo Estados Unidos. Allí, la marca Franzia se volvió ampliamente conocida por sus vinos en caja, aunque la caja como vemos no era una invención suya.

A partir de comienzos del siglo XXI el formato comenzó a ganar nuevo impulso: algunas bodegas decidieron embotellar vinos de calidad “premium” en caja, con vinos varietales, con etiquetado de añada, mejor presentación, etc. Esto resignificó el wine box como una opción viable no sólo por precio o practicidad, sino incluso por calidad. Quienes defendemos este envase te tiramos sobre la mesa algunas ventajas prácticas: es más barato de producir y transportar que el vidrio, más liviano, menos frágil.

Y todo empezó con un enólogo que se animó a mirar una caja cualquiera y ver en ella algo completamente nuevo.

Y hete aquí la cuestión que para mí lo hace necesario más aún en la temporada estival: permite que el vino conserve mejor sus cualidades durante más tiempo una vez abierto —lo que lo hace ideal para consumo paulatino. Gracias a la bolsa interna con válvula, el vino se conserva mejor después de abierto: la bolsa se va contrayendo y no permite la entrada de oxígeno, lo que evita oxidaciones tempranas. Además, cuando la térmica arrasa, metés por una hora el wine box en la heladera y ya tenés la temperatura ideal de servicio.

Ahora, el verdadero impulso del bag in box en la Argentina comenzó a gestarse cuando el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) promovió activamente el formato a bodegas, vinotecas y distribuidores. Como resultado, entre 2013 y 2015 creció fuertemente la adopción del envase: en 2013 se vendieron unas 36.200 litros en formato bag in box; en 2014 ese número aumentó considerablemente, y en 2015 ya había un salto notable, con ventas internas de más de 1,2 millones de litros entre enero y septiembre. Ese aumento no fue solo por volumen: varias bodegas tradicionales y nuevas comenzaron a ofrecer vinos —especialmente varietales como Malbec— en bag in box, demostrando que no se trataba únicamente de vinos populares de baja gama. Igual esto de baja gama y alta gama es para que lo discutamos en otra ocasión.

En los últimos años en nuestro país, el formato dejó de estar reservado solo al Malbec o vinos de mesa: algunas bodegas ampliaron su oferta a blancos, blends, incluso otros productos como el gran aceite de oliva de Zuccardi o el gin de Las Perdices, lo que indica una diversificación del uso del bag in box.

Pero como ya es hora de recomendar y jugársela, en este tipo de envases el que más me cerró hasta ahora es el de Las Perdices. Con gran tino, tomaron su tradicional Reserva Malbec —ese vino de crianza de meses en roble— y lo envasaron en una caja, con su bolsa interior y canilla lista para servir. Al igual que esos minis toneles que en Mendoza se ofrecían como souvenir, este tinto potente, redondo que jamás te dejará a gamba en una gran variedad de maridajes; te abraza, te sostiene.

Al contrario de lo que sugiere un envase de tres litros y te hará pensar en juntada con amigos, lo ideal es consumirlo solo. ¿Por qué dirán? Salvo que tengas una pareja que en cada almuerzo y cena te acompañe a degustar la necesaria copa de vino que tanto la ciencia como la medicina recomiendan -y entonces una botella de vino para dos personas no sea nada descabellado- este gran producto de Las Perdices te permite seguir a rajatabla esa recomendación y cumplir con lo aconsejado: “la moderación”.

En el último tiempo, desde Las Perdices sumaron cabernet,  chardonnay y también armaron un blend con 50% de malbec, 25% de cabernet sauvignon y 25% merlot. Además, ofrecen una opción dúo entre malbec y cabernet y otra de rosé de malbec + sauvignon blanc. Como no los he probado ni estoy vendiendo los productos de la bodega –no han pautado, y sí, todos tenemos un precio en el mundo vinófilo (dale RAE incorporala porque me gusta más que vitivinícola)- insisto en recomendar el malbec reserva, originario de Agrelo, en Luján de Cuyo a una altura de 1.030. Su paso por madera (ocho meses en roble americano) genera una interesante complejidad aromática. Ah, otra cosa, son tres litros: cuatro botellas de 750.

No tengas viejos prejuicios y saltes con “que la cajita y que si no es vidrio” y ocho cuartos. Esto es buena relación precio calidad y te acompaña de la misma manera por casi 20 días. Nadie lo hará por tanto tiempo y con la misma fidelidad. Salvo tu mascota, claro está.

Vino recomendado: Las Perdices By The Glass Bag in Box

Costo sugerido al cierre de la nota: $26100

Con quién degustarlo: Más vale solo que mal acompañado