“La Grazia”: el regreso de Paolo Sorrentino al cine político

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Un presidente atraviesa los últimos meses de su mandato. Los pasillos del poder se vuelven silenciosos. Las decisiones pesan más que nunca. Y las preguntas empiezan a multiplicarse. En La Grazia, la nueva película del director italiano Paolo Sorrentino, el poder deja de ser un espectáculo para transformarse en un espacio íntimo, casi silencioso, donde la política se mezcla con la conciencia, la memoria y los vínculos más cercanos.

Protagonizada por Toni Servillo y Anna Ferzetti, la película llegará a los cines de Argentina el 19 de marzo de 2026, distribuida por MUBI junto a MACO. El film tuvo su estreno mundial como apertura del Festival Internacional de Cine de Venecia, donde Servillo fue distinguido con la Copa Volpi al Mejor Actor, reafirmando una de las asociaciones creativas más sólidas del cine europeo contemporáneo.

En la historia, Servillo interpreta a Mariano De Santis, un presidente ficticio de Italia que se encuentra en el tramo final de su mandato. Viudo y profundamente marcado por el recuerdo de su esposa, vive en el Palacio del Quirinal junto a su hija Dorotea, una jurista que se convierte en su principal interlocutora emocional.

Mientras el país espera decisiones cruciales —entre ellas pedidos de indulto y debates éticos sobre el final de la vida— el mandatario enfrenta un conflicto que no es solo político, sino profundamente personal. Sorrentino explicó que el punto de partida del film fue justamente ese tipo de dilemas morales que atraviesan la vida pública: “Durante años pensé que ese tipo de dilema moral era un motor narrativo formidable, más poderoso que muchas herramientas habituales del cine”.

Lejos de los dramas políticos tradicionales, La Grazia se construye como una historia introspectiva donde el verdadero campo de batalla ocurre dentro del personaje. Aunque la trama se desarrolla en la cúspide del poder político, Sorrentino insiste en que su película no busca ofrecer respuestas simples. Durante su presentación en Venecia, el director definió el film como una reflexión sobre el amor en un sentido amplio: “El título se relaciona con el amor: no solo el amor inmediato por una esposa o una hija, sino también por las instituciones, por la ley y por una forma de hacer política basada en la duda y la responsabilidad”.

La duda —una palabra casi ausente en los discursos políticos actuales— se vuelve el núcleo moral de la historia. Según el realizador: “El ejercicio de la duda es una cualidad que rara vez vemos hoy en la política. Con demasiada frecuencia vemos hombres de poder que actúan con certezas absolutas”. En La Grazia, esa incertidumbre se transforma en una herramienta narrativa y también en una postura ética.

Hablar del cine de Sorrentino es, inevitablemente, hablar también de Toni Servillo. La colaboración entre ambos es una de las más fructíferas del cine europeo contemporáneo. Juntos dieron vida a algunas de las películas más celebradas del director, entre ellas Il Divo, The Great Beauty —ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional— y The Hand of God.

Lejos de los dramas políticos tradicionales, La Grazia se construye como una historia introspectiva donde el verdadero campo de batalla ocurre dentro del personaje.

Sobre ese vínculo creativo, el director lo resume con sencillez: “Mi relación con Toni nunca conoció una crisis. Nos llevamos maravillosamente y siempre trabajamos con ironía, ligereza y mucha seriedad”. En La Grazia, Servillo vuelve a interpretar a un hombre de poder atravesado por contradicciones: alguien acostumbrado a la solemnidad institucional pero también vulnerable frente a sus recuerdos, sus afectos y sus dudas.

Desde sus primeros trabajos, Sorrentino construyó un lenguaje cinematográfico inconfundible: imágenes de gran belleza plástica, personajes solitarios y relatos que oscilan entre la ironía, la nostalgia y la contemplación. Películas como The Great Beauty o The Hand of God exploran temas recurrentes en su filmografía: la memoria, el paso del tiempo, el vacío existencial y la búsqueda de sentido en medio del espectáculo de la vida contemporánea.

En los últimos años, el director también expandió su universo hacia la televisión con la serie The Young Pope, protagonizada por Jude Law, donde volvió a examinar las tensiones entre poder, fe y soledad. La Grazia dialoga con muchas de esas obsesiones. Pero esta vez el escenario no es el mundo del arte ni la religión, sino la política: ese lugar donde las decisiones personales pueden afectar el destino de millones.

A pesar de situarse en la cima del poder institucional, la película evita la espectacularidad política. En cambio, se concentra en los silencios: en conversaciones privadas, miradas cómplices y momentos donde las responsabilidades públicas chocan con las emociones personales. El resultado es un retrato de un hombre que descubre que el poder no lo protege de las dudas ni del paso del tiempo.

Con demasiada frecuencia vemos hombres de poder que actúan con certezas absolutas”. En La Grazia, esa incertidumbre se transforma en una herramienta narrativa y también en una postura ética.

Como suele ocurrir en el cine de Sorrentino, detrás de cada historia hay una pregunta más profunda. Un cierre inevitablemente humano, al final, La Grazia no habla solamente de política; habla del peso de las decisiones. De los días que se escapan mientras creemos tener el control de todo. Y de ese instante —inevitable— en el que incluso quienes habitan palacios deben preguntarse qué hacer con el tiempo que les queda.

El cine de Sorrentino siempre parece regresar al mismo lugar: ese territorio donde el poder se vuelve frágil, la memoria se vuelve inevitable y la vida, con toda su belleza y su melancolía, continúa avanzando. Al final, lejos de los discursos y de las ceremonias, siempre queda la misma pregunta suspendida en el aire: ¿Quién es, en verdad, dueño de nuestros días?