Hay figuras que no terminan de irse nunca. Permanecen en el aire, en una guitarra que entra a destiempo, en una frase que alguien vuelve a cantar como si fuera propia. Gustavo Cerati es una de ellas. Y ahora, esa presencia —hecha de música, silencio y una sensibilidad fuera de época— vuelve a tomar forma en un nuevo documental que prepara Netflix, con estreno previsto para 2027.
No será una biografía tradicional. Tampoco un recorrido cronológico que ordene los hechos de una vida ya conocida. La promesa es otra: entrar en las zonas más silenciosas, en aquello que no quedó registrado en los escenarios ni en las entrevistas, en el espacio íntimo donde el artista se vuelve humano. Ahí donde la figura pública se desarma y aparece el hombre.
La película —actualmente en producción— se construye a partir de material de archivo inédito y registros nunca antes vistos. Imágenes que no buscan explicar a Cerati, sino rodearlo, insinuarlo, permitir que el espectador se acerque sin intermediarios a su universo personal. En ese tejido también aparecen las voces de quienes lo conocieron de cerca, como sus compañeros en Soda Stereo: Zeta Bosio y Charly Alberti, testigos privilegiados de una historia que marcó a generaciones.
“Este documental significa poder resumir la vida única de un ser que llegó a contagiar su pasión a muchos a través de su poesía y su música”, dice Laura Cerati, hermana del músico y productora asociada del proyecto. Su mirada no es la de la distancia, sino la del vínculo: habla de un hombre con “los pies sobre la tierra y, al mismo tiempo, con mucho vuelo propio”, capaz de “sacar belleza del caos” y de construir puentes emocionales entre personas y geografías.

Esa idea de puente aparece también en la concepción del film. Porque si algo ocurre con Cerati —y quizás por eso sigue creciendo su figura— es que dejó de pertenecer solo a su tiempo. Hay generaciones que no lo vivieron en presente pero lo descubren hoy, como si su obra hubiera sido compuesta para este momento. La música se reinterpreta, cambia de contexto, pero conserva una potencia intacta.
El proyecto está producido por Landia y dirigido por Picky Talarico, quien ya exploró el pulso del continente en Rompan Todo, junto a Andy Fogwill. No es un dato menor: ambos trabajaron con Cerati en vida, dirigieron videoclips clave y compartieron momentos creativos con él. Esa cercanía no solo suma archivo, sino también sensibilidad: la posibilidad de filmar desde el recuerdo, pero sin nostalgia impostada.
“Es la oportunidad de asomarnos a lo que no se vio, a gestos mínimos, a zonas más silenciosas de su personalidad”, explica Talarico. Y en esa frase aparece quizás el corazón del proyecto: no ampliar el mito, sino correrse de él.
Si el mito de Cerati ya está construido —y sigue creciendo con el paso del tiempo—, este documental parece proponerse otra cosa: observar al hombre en sus pliegues, en sus contradicciones, en su intimidad. Mostrar no solo al artista que llenó estadios, sino también al que dudaba, al que buscaba, al que encontraba en la música una forma de decir lo que no podía decir de otra manera.
A más de una década de su muerte, la figura de Cerati no se apaga: muta. Se vuelve descubrimiento para algunos, memoria emocional para otros. Y en ese movimiento constante, este documental aparece como una nueva puerta de entrada. No para cerrar su historia, sino para volver a abrirla.








