El Día Internacional de la Partera: Un homenaje a las manos que nos reciben

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Hay manos que nunca olvidamos, incluso si no las recordamos. Son las primeras que nos sostuvieron. Las que estuvieron en ese umbral misterioso entre lo que aún no era y lo que empezó a ser. Las manos de la partera —la obstétrica, la matrona— son manos que han tocado el origen de la vida más veces de las que podemos imaginar. Cada 5 de mayo, el mundo se detiene —o debería— para honrar a quienes hacen posible uno de los momentos más intensos, vulnerables y sagrados que existen: dar a luz.

¿Por qué hoy?

En 1987, la Confederación Internacional de Parteras propuso esta fecha durante un congreso en los Países Bajos, con el objetivo de visibilizar y reconocer el rol esencial de las parteras en la salud materna y neonatal. Desde su primera celebración en 1991, el Día Internacional de la Partera se conmemora en más de 50 países, con el respaldo de organismos como la OMS y UNICEF.

Pero no es casual que esta fecha haya nacido desde el propio colectivo. Durante siglos, el conocimiento del parto fue territorio de las mujeres. Un saber profundo, transmitido de generación en generación, que conocía el lenguaje del cuerpo. Con la institucionalización de la medicina y el acceso desigual a la educación, ese conocimiento fue desplazado hacia los márgenes. Este día es, también, una forma de recuperarlo. De nombrarlo. De devolverle su lugar.

No es solo un oficio. Es un llamado.

Una partera no entra a una habitación a cumplir un protocolo. Entra a sostener un proceso que es, al mismo tiempo, fisiológico y profundamente humano. Lee el cuerpo como si fuera un idioma antiguo. Acompaña sin invadir. Guía sin imponer.

Hay algo casi ritual en lo que hacen. En la precisión de una mano que “sabe”. En una voz calma que ordena la respiración en medio del dolor. En ese equilibrio sutil entre hablar y callar. Ciencia, intuición y presencia. Todo en una misma escena.

Las que no aparecen en las fotos

Las imágenes del nacimiento suelen centrarse en el bebé. A veces, en la madre. Casi nunca en quien hizo posible ese momento. Pero ahí están. Siempre estuvieron. En hospitales y en casas. En ciudades y en comunidades rurales. Algunas formadas en universidades; otras, herederas de un linaje de saber transmitido de boca en boca, de mano en mano.

Son ellas las que caminan kilómetros para asistir un parto donde no hay acceso a salud. Las que luchan por prácticas más humanas dentro del sistema. Las que se adaptan, esperan, sostienen. Las que entienden que ese momento no admite apuro.

Un mundo que les debe mucho

Según la Organización Panamericana de la Salud, para 2030 habrá un déficit cercano al millón de parteras en el mundo. No es solo una cifra. Es la ausencia de acompañamiento en el instante más crítico. Es un parto que se complica. Es una historia que cambia.

Valorar a las parteras no es romanticismo. Es justicia. Es salud pública. Es comprender que la forma en que nacemos importa, y que quienes están ahí dejan una huella que dura toda la vida.

Para las que estuvieron

Si tuviste una partera que te hizo sentir cuidada, vista, acompañada: hoy es un buen día para recordarla. Para agradecerle. Y si todavía no cruzaste ese umbral, ojalá cuando llegue el momento haya unas manos cálidas, sabias y presentes esperándote del otro lado. Porque nacer —y dar a luz— merece ser sagrado.