Antes de los Oscar, antes de Hollywood y mucho antes de que una nueva generación lo descubriera a través de The Last of Us, Gustavo Santaolalla encontró en un pequeño instrumento andino una manera distinta de escuchar. El 21 de septiembre, esa búsqueda llegará al Teatro Colón con el Ronroco Tour, la gira que recupera el disco que hace 25 años terminó de definir una de las voces más singulares de la música latinoamericana.
Hay sonidos que llegan antes que las palabras. Unas pocas notas pueden construir un paisaje, sugerir una distancia, hacer aparecer una memoria que no sabíamos que conservábamos. En la música de Gustavo Santaolalla ocurre algo parecido. Antes de que una melodía termine de instalarse, ya parece haber sucedido algo. Quizás por eso resulte difícil contar su historia como una sucesión de discos, películas, premios y escenarios. Hay demasiados mundos atravesados en el camino: el rock argentino, el folclore, Los Ángeles, el cine, la televisión, los videojuegos. Dos Oscar, Grammys, Latin Grammys. Brokeback Mountain, Babel, The Last of Us. Pero debajo de todos esos nombres hay una búsqueda mucho más sencilla: encontrar sonidos capaces de decir aquello que las palabras no alcanzan.
El próximo 21 de septiembre, esa búsqueda llegará al Teatro Colón. Santaolalla volverá a presentarse en Buenos Aires con el Ronroco Tour, la gira que nació alrededor de los 25 años de aquel disco publicado en 1998 y que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en una de las obras más personales de su carrera. La celebración comenzó años después de la aparición del álbum y hoy continúa recorriendo escenarios de distintos países antes de llegar a uno de los teatros más emblemáticos de la Argentina. Pero Ronroco no parece demasiado interesado en el pasado. Tal vez porque nunca fue un disco construido para pertenecer a una época.


El instrumento
El ronroco es un instrumento andino, una especie de hermano mayor del charango, de sonido más grave y profundo, capaz de producir una vibración que parece venir de algún lugar anterior a la melodía. Santaolalla lo convirtió en una de sus herramientas principales. La historia tiene algo de casualidad y algo de destino. En los años en que su carrera como productor empezaba a crecer y los reconocimientos internacionales comenzaban a llegar, apareció Jaime Torres, uno de los músicos que Santaolalla admiraba desde chico. El trabajo alrededor de Torres terminó abriendo una puerta inesperada: la posibilidad de volver sobre una música que estaba en su memoria desde mucho antes y llevarla hacia otro lugar.
De allí surgió Ronroco. El disco fue publicado en 1998 y reunió doce composiciones instrumentales. No era un álbum diseñado alrededor de una canción que pudiera convertirse en hit ni necesitaba una voz que explicara lo que estaba sucediendo. Estaba hecho de cuerdas, respiraciones, repeticiones, texturas y espacios. El ronroco convivía con charango, guitarra, guitarrón, instrumentos de viento y otros sonidos que Santaolalla utilizó para construir una música profundamente ligada a Sudamérica, aunque abierta también a influencias de Japón, África y Europa del Este.

Eso último resulta importante porque Santaolalla nunca pareció entender la identidad como una frontera. Lo argentino no aparece en su música como una bandera que hay que levantar, sino como una materia desde la cual se puede viajar. Su música no necesitó dejar de ser latinoamericana para convertirse en universal. Quizás necesitó, justamente, encontrar una forma de ser latinoamericana sin tener que explicarlo.
Y descubren que buena parte de aquello que reconocieron inmediatamente en la música de The Last of Us ya estaba allí. Tal vez, el verdadero aniversario de Ronroco no sea una cifra. Sea una escucha.
La música de lo que no se dice
Hay una paradoja en la trayectoria de Santaolalla: cuanto más lejos llegó, menos necesitó demostrar de dónde venía. En Ronroco ya estaba esa idea. Una música profundamente vinculada a la tradición latinoamericana que, sin embargo, no necesitaba presentarse como “música latinoamericana”. Podía ser escuchada en cualquier lugar. No porque hubiera borrado su origen, sino porque había encontrado una forma de volverlo universal.
Quizás allí esté una de las claves de su recorrido. Santaolalla no construyó su internacionalización intentando sonar como los demás. Hizo algo más extraño: llevó consigo una forma de escuchar. Y en esa forma de escuchar el silencio ocupa un lugar central.
Él mismo ha explicado que trabaja mucho con el espacio entre las notas, porque a veces un silencio puede decir más que un sonido. Recordó, incluso, que cuando presentó su música para Brokeback Mountain, alguien llegó a preguntarse si estaba bromeando porque tardaba demasiado en hacer aparecer la siguiente nota. La anécdota parece menor, pero contiene buena parte de su método. En una industria acostumbrada a llenar los espacios, Santaolalla aprendió a dejarlos abiertos. En vez de indicarle al espectador qué sentir, le deja un lugar para sentir. Eso explica por qué su música funciona tan bien cuando acompaña imágenes.
Del paisaje al cine
Cuando llegó al cine, Santaolalla no necesitó convertirse en otro músico. Su lenguaje ya estaba ahí. Ronroco había desarrollado una música capaz de sugerir distancia, pérdida, viaje y memoria. El cine encontró en Santaolalla una herramienta narrativa que no necesitaba subrayar las emociones para hacerlas visibles.
Después vendrían Amores perros, 21 Grams, Brokeback Mountain y Babel. Las dos últimas le darían dos premios Oscar consecutivos a Mejor Banda Sonora Original. Pero reducir esa historia a los Oscar sería perder justamente lo más interesante. Porque Santaolalla no llegó a Hollywood después de abandonar aquello que había sido. Llegó llevando consigo una manera de construir atmósferas que ya estaba ensayada en ese pequeño instrumento andino.
Hollywood no inventó a Santaolalla. Hollywood encontró un lenguaje que Santaolalla ya había empezado a desarrollar. Su música tenía algo que el cine necesitaba: podía estar presente sin ocuparlo todo. Podía acompañar una escena y, al mismo tiempo, dejarla respirar. Podía sugerir un paisaje sin describirlo. Y podía hacer que una imagen quedara asociada para siempre a unas pocas notas.
A los setenta y tantos años, Santaolalla sigue siendo descubierto por personas que no necesariamente saben quién fue antes. Él mismo ha reconocido como uno de los regalos inesperados de esta etapa la llegada de una audiencia que entró a su obra a través de The Last of Us y después comenzó a buscar su música anterior.
Años después, ese mismo sonido viajaría a otro territorio improbable: un videojuego sobre una civilización devastada, atravesado por la violencia, la pérdida y la supervivencia. The Last of Us podría haber pedido una banda sonora gigantesca, llena de orquestaciones y golpes de efecto. En cambio, apareció el ronroco.
La música de Santaolalla ayudó a construir el tono emocional del videojuego desde 2013 y terminó siendo tan inseparable de su identidad que sobrevivió a su transformación en serie de televisión. La producción decidió conservar ese tejido sonoro en lugar de reemplazarlo por una banda sonora convencional. El instrumento que alguna vez había acompañado una búsqueda personal en la música de Santaolalla pasó a formar parte de la memoria de un universo narrativo global.
Hay algo extraordinario en ese recorrido. Un instrumento asociado a una tradición musical de los Andes terminó convirtiéndose en una de las voces de un mundo postapocalíptico estadounidense. Y funcionó. No porque el ronroco se hubiera vuelto otra cosa, sino porque Santaolalla entendió que podía contar una historia universal sin renunciar a su propio idioma.
En The Last of Us, incluso, el ronroco adquirió una función narrativa. Santaolalla explicó que el instrumento representaba el lado más frágil de la historia, mientras un bajo de seis cuerdas encarnaba una dimensión más grave. La música dejaba así de ser solamente fondo para convertirse en personaje. Es difícil pensar en una mejor definición de su carrera. Santaolalla no compone solamente música. Compone lugares.
La música de Santaolalla ayudó a construir el tono emocional del videojuego desde 2013 y terminó siendo tan inseparable de su identidad que sobrevivió a su transformación en serie de televisión. La producción decidió conservar ese tejido sonoro en lugar de reemplazarlo por una banda sonora convencional.
Quizás por eso el regreso de Ronroco tenga algo de círculo que se cierra. El disco que ayudó a abrirle las puertas del cine vuelve ahora al centro de la escena. Santaolalla contó que durante años nunca había interpretado el álbum completo en vivo. Había tocado algunas piezas, pero no había construido alrededor de ellas una experiencia integral. La gira nació, en parte, de esa necesidad: volver a tocar esa música y descubrir qué ocurre cuando aquello que durante décadas existió fundamentalmente como grabación vuelve a respirar frente a un público.
Ronroco es un disco íntimo. No parece pedir un escenario. No reclama volumen. No necesita una multitud. Necesita escucha. Por eso el Teatro Colón funciona como una paradoja particularmente hermosa. El 21 de septiembre, uno de los edificios más monumentales de Buenos Aires recibirá una música cuyo poder está, muchas veces, en lo contrario del monumento: en lo pequeño, en lo frágil, en la distancia entre dos notas. Será un encuentro entre una arquitectura construida para amplificar el sonido y un músico que aprendió a trabajar con el espacio que queda cuando el sonido desaparece.

Después de todo
Santaolalla tiene más de cinco décadas de carrera detrás. Su nombre puede leerse en los créditos de películas, videojuegos, discos y producciones que atravesaron generaciones. Una parte del público lo conoció en los años del rock argentino. Otra, por el cine. Otra, por los Oscar. Y una generación mucho más joven llegó a él a través de The Last of Us.
Esa última posibilidad dice algo importante. A los setenta y tantos años, Santaolalla sigue siendo descubierto por personas que no necesariamente saben quién fue antes. Él mismo ha reconocido como uno de los regalos inesperados de esta etapa la llegada de una audiencia que entró a su obra a través de The Last of Us y después comenzó a buscar su música anterior.
Hay algo profundamente contemporáneo en eso. Un artista que comenzó haciendo música cuando la industria todavía se organizaba alrededor de discos físicos puede ser descubierto hoy por personas que llegaron a su obra desde una serie basada en un videojuego. Y cuando esas personas retroceden, encuentran Ronroco. Encuentran el origen. Encuentran un instrumento. Encuentran doce canciones grabadas hace casi tres décadas. Y descubren que buena parte de aquello que reconocieron inmediatamente en la música de The Last of Us ya estaba allí. Tal vez, el verdadero aniversario de Ronroco no sea una cifra. Sea una escucha.
La posibilidad de volver a un disco y comprobar que el tiempo no siempre convierte una obra en recuerdo. A veces hace exactamente lo contrario: le agrega capas. La música cambia porque cambia quien la escucha, porque cambia el mundo que la rodea, porque nuevas generaciones encuentran en ella cosas que quienes estuvieron allí al principio todavía no podían escuchar. El 21 de septiembre, Gustavo Santaolalla volverá a tocar Ronroco en Buenos Aires. Y acaso lo más interesante no sea escuchar cómo suena una música de hace tantos años, sino descubrir cuánto de ella todavía estaba por suceder.








