Romina García Vázquez: «quiero seguir creciendo acá»

0
1769

En el Teatro Colón, las historias suelen escribirse con meses de ensayo, protocolos estrictos y jerarquías inalterables. Pero a veces irrumpe lo inesperado y una carrera cambia en cuestión de minutos. Eso le ocurrió a Romina García Vázquez, integrante del cuerpo de baile que debió asumir, a sus recién cumplidos 23 años, el desafío de reemplazar nada menos que a Marianela Núñez en “El lago de los cisnes”, una de las obras más emblemáticas del repertorio clásico.

Lo que para muchos fue una emergencia artística, para ella fue una prueba íntima. Bailar sin compararse, sostener la presión de una sala expectante y descubrir que estaba lista antes de saberlo. En esta conversación con estilo sereno y precisión emocional, Romina repasa con Random el vértigo de aquellas horas, su formación, la disciplina cotidiana y la certeza silenciosa de quien entiende que el talento también necesita temple.

¿Qué sentiste cuando te dijeron que debías reemplazar a Marianela Núñez en “El lago de los cisnes”?
Fue una mezcla muy intensa. Yo ya estaba feliz porque en esas funciones iba a hacer los dos cisnes grandes, un rol que soñaba desde hacía tiempo. Entonces ya venía viviendo algo importante. Cuando Julio Bocca me llamó y me dijo que “Marianela no iba a venir y si quería hacer sus funciones”, me quedé sin palabras. No dimensioné enseguida lo que significaba, pero le dije que sí. Para mí Marianela es irreemplazable, una figura única, pero entendí que debía asumir ese desafío con responsabilidad.

¿Cómo fue ese momento con Julio Bocca?
Completamente inesperado. Yo estaba libre esa función de domingo y antes de empezar me avisaron que Julio quería hablar conmigo en el intervalo. Pasaron el primer y segundo acto enteros hasta esa reunión, así que imaginate todo lo que pensé en ese tiempo. Desde que me reemplazarían a mí, hasta que me quedaba afuera del cuerpo de baile. Uno suele pensar siempre lo peor. Pero cuando me propuso bailar, se me cruzó toda la vida por la cabeza. Incluso creo que no llegué a agradecerle en ese instante. Lo hice al día siguiente, cuando pude procesarlo.

¿Te sentías preparada para asumir un rol de semejante magnitud?
Sí, y esa fue la clave. Como ya tenía programada una función propia, venía ensayando mucho. Esa semana además habíamos trabajado bastante con el bailarín invitado en el escenario, probando distancias, tiempos y cuestiones técnicas como el declive, que cambia muchísimo. Entonces no fue lanzarme al vacío. Sentía que había trabajo previo y que llegaba con una base sólida. También me ayudó saber que la decisión no fue improvisada, sino pensada entre todos.

…Tuve otra adolescencia, atravesada por la danza. No me arrepiento de nada de lo que decidí. Lo que hago me da mucha felicidad…»

¿Pensabas en estar reemplazando a Marianela o en hacer tu propia versión?
Entendí que no podía pensarlo como una comparación. Si me obsesionaba con hacer lo que hace Marianela, me iba a volver loca y encima iba a ser imposible. Entonces me enfoqué en otra cosa, dar mi mejor versión posible de Odette y Odile. Con mis virtudes, con mis límites y con la experiencia que todavía me falta. Me pareció más honesto y más artístico ser yo misma que intentar imitar algo imposible de imitar.

¿Cómo trabajaste esa dualidad entre Odette y Odile?
Es, sin duda, el gran desafío de la obra. Hacer dos energías completamente distintas. Yo me siento naturalmente más cercana a Odette: vulnerable, frágil, sensible. Tiene una humanidad que me resulta muy propia. Odile, en cambio, sale a engañar, manipular, seducir con seguridad total. Es una fuerza más filosa, más estratégica. La idea es que esa diferencia se vea en el cuerpo, en la mirada, en la calidad del movimiento. Y eso exige mucho.

Hiciste dos funciones. ¿Qué cambió entre la primera y la segunda función?
La primera tenía la energía de lo desconocido. Todo era nuevo y lo iba descubriendo mientras ocurría. En la segunda apareció otro miedo, pensar que la anterior había salido bien y ahora debía igualarla o superarla. Eso también pesa. Entonces cambié el enfoque y me dije: “No es la segunda, es la última vez que podés hacer este rol por ahora”. “Disfrutala más que la primera”. Ese pensamiento me liberó mucho y me permitió vivirla mejor.

La expectativa del público era ver a Marianela. ¿Cómo manejaste ese afuera?
Preferí no entrar en eso. Sabía que había una enorme expectativa por verla a ella, así que elegí concentrarme en lo que yo podía mostrar. No leí comentarios en redes, ni antes ni después, ni siquiera en publicaciones donde se anunciaba su ausencia. Necesitaba preservar la cabeza. Después de la primera función sí me llegaron muchos mensajes lindos por Instagram y me ayudaron mucho para encarar la segunda con más confianza y tranquilidad.

«…Con mis virtudes, con mis límites y con la experiencia que todavía me falta. Me pareció más honesto y más artístico ser yo misma que intentar imitar algo imposible de imitar…»

¿Cómo empezó tu vínculo con la danza?
A los cuatro años, por una compañera de jardín que iba a empezar clases. Yo era hija única, muy tímida, y mis papás pensaron que me haría bien. Al principio no quería ir, me daba vergüenza entrar a un lugar nuevo. Fui igual para acompañar a mi amiga y me encantó. Desde entonces esperaba toda la semana la próxima clase.

¿Qué fue lo que te enamoró del ballet?
Recuerdo mucho una película de Barbie, “Las doce princesas bailarinas”. La veía todo el tiempo y quería ser una de ellas. Me fascinaba la idea de bailar en puntas. Cuando llegó mi primer par fue una fiesta personal. Me las compraron mis padres, las probé en clase y después seguía caminando con ellas por el living de mi casa. Creo que ahí entendí que no era un juego pasajero. Había algo profundo que me llamaba.

¿Cómo siguió tu formación hasta llegar al Colón?
Estuve cinco años en la escuela de Liliana Belfiore y después otros cinco con Maximiliano Guerra, donde tomé clases con distintos maestros. A los trece entré al Instituto Superior de Arte del Colón, ya en tercer año de la carrera. El secundario lo hice a distancia para poder sostener ambas cosas. Fue una etapa de mucha organización, esfuerzo y foco. Todo estaba orientado a bailar, incluso cuando todavía parecía lejano.

¿Tus referentes artísticos de la infancia?
Me gustaba muchísimo Svetlana Zakharova. Después, naturalmente, apareció Marianela Núñez como referencia enorme. También admiré a muchas argentinas como Ludmila Pagliero, y Paloma Herrera. Me atraían no sólo por cómo bailaban, sino por las historias que construyeron. Eran faros. Ver que una artista argentina podía conquistar grandes escenarios también funcionaba como horizonte posible.

«…A veces se habla sólo del cuerpo en esta profesión, pero la cabeza pesa muchísimo. La presión, la autoexigencia, las expectativas…»

¿Cómo es tener a Julio Bocca de director?
Impacta. La primera vez que lo vimos fue fuerte. Julio Bocca en persona, con toda la historia que representa, genera un respeto inmediato. Es exigente, muy detallista y busca siempre lo mejor. Tiene una vara altísima porque él mismo tuvo un nivel extraordinario. Cuando está mirando, una quiere dar más. Pensar que hoy bailo para alguien a quien vi en videos durante años, todavía me resulta algo increíble.

¿Existe la competencia feroz que muestran algunas películas y series de ballet?
-Yo no la viví de ese modo. En el Instituto sí existe cierta competencia lógica porque hay notas, exámenes y cada uno quiere destacarse. Eso genera tensiones. Pero dentro del Ballet del Colón siempre me sentí muy acompañada. Desde que entré en “Giselle”, cuando no sabía ni cómo ubicarme en una fila, hasta ahora. Y cuando estudié por primera vez un rol principal, compañeras con experiencia me ayudaron muchísimo.

¿Cómo es tu disciplina cotidiana fuera del escenario?
Muy enfocada, pero sin fanatismos. Entreno antes de los ensayos para tener energía después, no al revés. Este año sumé pilates tres veces por semana y gimnasio con un compañero otros dos días, siempre pensado para el ballet. Con la comida busco equilibrio. En casa siempre se comió sano y nunca fui de prohibirme todo. Si hay pizza, como. Si quiero chocolate, también. Prefiero balance antes que obsesión.

¿En el nivel de élite en el que te manejás, qué lugar ocupa la salud mental?
El más importante. Empecé terapia con una psicóloga el año pasado y me ayudó mucho, especialmente para atravesar todo lo que implicó “El lago de los cisnes”. A veces se habla sólo del cuerpo en esta profesión, pero la cabeza pesa muchísimo. La presión, la autoexigencia, las expectativas. Tener un espacio para ordenar eso me hizo bien y me dio herramientas para vivir momentos fuertes con más serenidad.

¿Te perdiste cosas de la adolescencia por elegir esta carrera?
Muchas. Hacer el secundario a distancia cambia la experiencia típica. No tuve viaje de egresados ni una rutina escolar convencional. Pero sinceramente no lo viví como una pérdida. Mi mundo estaba en el Instituto, con mis compañeros, cursando todo el día, creciendo juntos entre materias, exámenes y clases. Tuve otra adolescencia, atravesada por la danza. No me arrepiento de nada de lo que decidí. Lo que hago me da mucha felicidad.

¿Qué sueños tenés ahora?
Prefiero no planear demasiado y dejarme sorprender. Hasta ahora mi carrera fue una sorpresa detrás de otra. Claro que tengo deseos. Me encantaría hacer roles que amo, como “Romeo y Julieta”, “La Bayadera” o volver a “El lago de los cisnes” con otra madurez. También conocer escenarios grandes como el Royal, la Ópera de París o La Scala. De chica quería irme al mundo ya. Hoy siento algo distinto. Me gusta estar acá, quiero seguir creciendo acá. Me veo muchos años más en el Teatro Colón.