La historia argentina suele recordar a Felipe Varela como el último caudillo federal que desafió el poder de Buenos Aires y protagonista del Pozo de Vargas. Sin embargo, reducir su figura a una simple montonera provincial sería ignorar la dimensión de su pensamiento político. Varela imaginó una comunidad de naciones latinoamericanas capaz de resistir las presiones externas y preservar su soberanía.
Felipe Varela nació en Huaycama, actual departamento Valle Viejo, en la provincia de Catamarca. La documentación genealógica y los registros bautismales más recientes sitúan su nacimiento el 11 de mayo de 1821, aunque durante décadas diversas obras mencionaron el año 1819. Hijo de Javier Varela e Isabel Rearte, pertenecía a una familia de tradición federal que pronto se vería involucrada en las guerras civiles argentinas.
Durante su juventud participó en los enfrentamientos que marcaron la lucha entre unitarios y federales. Tras la derrota de la Coalición del Norte debió emigrar a Chile, donde desarrolló actividades comerciales y llegó a incorporarse al ejército chileno, alcanzando el grado de capitán en las fuerzas de Atacama. Aquella experiencia le permitió adquirir conocimientos militares que luego resultarían decisivos en su carrera política.
A mediados de la década de 1850 regresó a la Argentina y se sumó a las fuerzas de la Confederación encabezadas por Justo José de Urquiza. Poco después estrechó una profunda relación política y militar con el caudillo riojano Ángel Vicente «Chacho» Peñaloza, de quien sería uno de sus principales lugartenientes.

El heredero del Chacho
La derrota de la Confederación en la Batalla de Pavón, en 1861, modificó para siempre el equilibrio político del país. El triunfo de Bartolomé Mitre permitió consolidar la hegemonía porteña sobre las provincias, un proceso que muchos dirigentes del interior interpretaron como una violación del espíritu federal de la Constitución de 1853.
Varela acompañó a Peñaloza en los levantamientos de 1862 y 1863. Tras el asesinato del Chacho, ocurrido el 12 de noviembre de 1863, la resistencia federal quedó prácticamente desarticulada. Sin embargo, el caudillo catamarqueño asumió el liderazgo de aquella causa y desde el exilio en Chile comenzó a preparar una nueva insurrección.
La Guerra del Paraguay y el nacimiento del caudillo panlatino
El estallido de la Guerra de la Triple Alianza fue el acontecimiento que transformó a Felipe Varela en una figura continental.
Mientras el gobierno argentino participaba de la alianza con Brasil y Uruguay contra Paraguay, Varela consideraba que el conflicto enfrentaba a pueblos hermanos y beneficiaba intereses ajenos a la región. En diciembre de 1866 lanzó su célebre proclama, conocida como «Viva la Unión Americana», un documento político excepcional para su tiempo.
En ese manifiesto llamaba a defender la Constitución Nacional, denunciaba la concentración de las rentas en Buenos Aires, reclamaba la paz con Paraguay y proponía la unión de las repúblicas americanas. Su programa sostenía que el futuro del continente dependía de la solidaridad entre sus pueblos y de la defensa conjunta frente a cualquier forma de dominación extranjera.
Aquellas ideas lo convierten en uno de los primeros dirigentes argentinos en formular explícitamente un proyecto de integración latinoamericana, varias décadas antes de que surgieran los grandes movimientos americanistas del siglo XX.
La Revolución de los Colorados
Con el apoyo de sectores federales de Cuyo y el Noroeste, Varela encabezó la llamada Revolución de los Colorados, el último gran levantamiento de las provincias interiores contra el gobierno nacional.
Llegó a reunir cerca de cuatro mil hombres y avanzó sobre varias provincias andinas con el objetivo de reconstruir un sistema verdaderamente federal. Su ejército estuvo integrado por gauchos, pequeños productores y antiguos soldados de las guerras civiles.
El momento decisivo de la campaña ocurrió el 10 de abril de 1867 en la Batalla de Pozo de Vargas, librada en las cercanías de la ciudad de La Rioja. Allí las fuerzas de Antonino Taboada derrotaron a las montoneras federales tras un combate que la tradición popular inmortalizaría en la célebre «Zamba de Vargas».
Aunque Varela logró reorganizar sus tropas y obtuvo algunas victorias posteriores, la superioridad logística y material del ejército nacional terminó inclinando definitivamente la balanza.
El exilio y la muerte
Perseguido por las tropas nacionales, Felipe Varela cruzó nuevamente la cordillera y buscó refugio en Chile. Se instaló en Copiapó, donde pasó sus últimos años alejado de la actividad militar y afectado por una grave enfermedad pulmonar, identificada por la mayoría de los historiadores como tuberculosis.
Murió el 4 de junio de 1870, a los 49 años, lejos de la tierra por la que había luchado durante gran parte de su vida.
Su fallecimiento marcó simbólicamente el final de las grandes guerras civiles argentinas y de la etapa clásica de los caudillos federales.

De bandolero a símbolo histórico
Durante décadas, gran parte de la historiografía liberal presentó a Felipe Varela como un caudillo rebelde que se oponía a la construcción del Estado nacional. Sin embargo, el revisionismo histórico y numerosos estudios posteriores propusieron una interpretación diferente: la de un dirigente que defendía el federalismo constitucional frente a la centralización política y económica de Buenos Aires.
Su pensamiento también fue revalorizado por su temprana defensa de la integración sudamericana. Intelectuales como José Pablo Feinmann y Norberto Galasso destacaron que el programa de Varela anticipó muchos de los debates contemporáneos sobre soberanía, distribución de recursos y unidad regional.
En 2012 el Estado argentino dispuso su ascenso post mortem al grado de General del Ejército Argentino, un reconocimiento institucional a una figura largamente relegada de la memoria oficial.
Más de siglo y medio después de su muerte, su figura continúa despertando debates. Para algunos fue el último montonero; para otros, el último gran caudillo federal. Pero quizás su definición más justa sea aquella que surge de su propio manifiesto: un hombre que soñó con una patria grande, donde los pueblos americanos compartieran un destino común.








