Indio Solari: adios al último mito del rock argentino

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Durante casi medio siglo fue una presencia extraña en la cultura argentina. Estaba en todas partes y, al mismo tiempo, en ninguna. No daba entrevistas, evitaba la televisión, desconfiaba del estrellato y administraba el silencio con una inteligencia que ningún asesor de imagen hubiera podido diseñar. Mientras el rock fabricaba celebridades, él construía una ausencia. Y esa ausencia terminó siendo una de las figuras más poderosas de la música popular argentina.

Habrá tiempo para discutir su lugar en la historia. Si fue el letrista más importante del rock nacional. Si Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota representó el último gran fenómeno genuinamente contracultural. Si sus convocatorias multitudinarias fueron el equivalente argentino de las peregrinaciones paganas. Pero esas discusiones, en el fondo, ya están resueltas. Ningún artista de su generación consiguió levantar una obra tan grande sin negociar casi nada con las reglas de la industria.

Nacido como Carlos Alberto Solari, en Paraná, en enero de 1949, y criado en La Plata, perteneció a una generación marcada por la politización, la experimentación artística y las fracturas de un país que parecía cambiar de piel cada diez años. Antes de ser cantante fue dibujante, diseñador, lector obsesivo y un personaje de la bohemia platense. Cuando Los Redondos empezaron a tocar, a mediados de los setenta, eran cualquier cosa menos una banda convencional: mezclaban teatro, circo, performance y rock en una época donde todavía no existía la palabra «independiente» para describir un modelo de producción cultural.

El milagro ocurrió después. Aquella experiencia marginal terminó convirtiéndose en el fenómeno más convocante que conoció el rock argentino. Sin difusión radial masiva, sin campañas de marketing y prácticamente sin televisión, discos como Oktubre, Un baión para el ojo idiota o Luzbelito fueron pasando de mano en mano hasta transformarse en clásicos. El boca en boca hizo el resto.

El Indio entendió antes que muchos que el misterio también comunica. Mientras otros artistas explicaban sus canciones, él las dejaba respirar. Sus letras estaban hechas de imágenes rotas, personajes oscuros, referencias literarias, ironías políticas y una sintaxis propia que desafiaba cualquier interpretación definitiva. Había versos que parecían escritos para una revolución que nunca terminaba de llegar y otros que sonaban como pequeños cuentos policiales perdidos en el conurbano.

Por eso sus seguidores nunca fueron simplemente seguidores. Eran lectores. Discutían una palabra, una metáfora o una entrevista de la misma manera en que otros analizan una novela.

La separación de Los Redondos, en 2001, parecía el final de una época. Sin embargo, la historia tuvo un segundo acto. Con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Solari volvió a llenar hipódromos y autódromos, confirmando que el fenómeno excedía a una banda. Lo que la gente iba a buscar era esa voz áspera, casi gastada, que parecía narrar la Argentina desde un rincón incómodo, lejos del optimismo y también del cinismo.

En 2016 contó públicamente que padecía Parkinson. Lo hizo con la naturalidad de quien acepta que el cuerpo tiene sus propias reglas. A partir de entonces sus apariciones fueron cada vez más esporádicas, pero nunca desapareció del todo. Seguía siendo una referencia cultural, una usina de frases, una especie de faro para varias generaciones de músicos y oyentes.

Quizá el mayor logro del Indio haya sido escapar de todas las categorías que intentaron imponerle. Nunca fue del todo un poeta, aunque escribió algunos de los versos más memorables del rock argentino. Nunca fue un líder político, aunque sus canciones acompañaron marchas, protestas y desencantos colectivos. Nunca fue una estrella tradicional, aunque millones de personas recorrían cientos de kilómetros para verlo durante dos horas.

Con su muerte desaparece el hombre. Queda la obra, que es otra forma de presencia.

Dentro de algunos años, cuando la espuma de la noticia se haya ido, probablemente el Indio Solari ocupe el lugar reservado para muy pocos artistas: el de aquellos que lograron explicar una época sin proponérselo.

Y tal vez entonces resulte evidente algo que hoy, entre la conmoción y los homenajes, todavía cuesta decir: el rock argentino acaba de perder a su último gran mito vivo.