Herman Cornejo: «La danza no me quitó nada, me dio una vida que jamás hubiera imaginado»

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A los 45 años, Herman Cornejo es una de las máximas figuras de la danza clásica contemporánea. Primer bailarín del American Ballet Theatre de Nueva York desde hace más de dos décadas, construyó una carrera excepcional que lo llevó a conquistar los escenarios más prestigiosos del mundo y a recibir las distinciones más importantes de la disciplina, entre ellas, el Premio Benois de la Danse, considerado el Oscar del ballet. Sin embargo, detrás de esa trayectoria extraordinaria permanece intacto el chico argentino que descubrió en la danza el rumbo de su vida. Instalado en Nueva York desde hace casi treinta años, Cornejo regresa al país para presentar “Animal Animal”, la obra más íntima y personal de toda su carrera. Un ballet que lo muestra por primera vez no solo como el intérprete consagrado que emociona al público desde el escenario, sino también como un creador que decidió mirar hacia sus raíces para construir una historia propia, inspirada en un proyecto inconcluso de Vaslav Nijinsky y atravesada por la identidad latinoamericana, la memoria y el vínculo del hombre con la naturaleza.

-Los amantes del ballet van a tener la posibilidad de verte de cerca. Volvés a la Argentina con “Animal Animal”, una obra nacida desde tu pasión por la danza.

-Es probablemente el trabajo más personal que hice en toda mi carrera. Durante décadas interpreté obras creadas por otros y esta vez pude construir un universo propio. “Animal Animal” nace de una investigación histórica, pero también de una necesidad artística muy íntima. Es una manera de unir mis raíces argentinas, mi recorrido internacional y el enorme respeto que siento por la danza y por quienes transformaron su historia.

-La obra parte de un ballet que Nijinsky nunca llegó a concretar, muy atrás en el tiempo. ¿Cómo descubriste esa historia casi olvidada?

-Todo comenzó gracias a una beca de investigación en la Universidad de Nueva York. Encontré documentos que hablaban de un proyecto inspirado en una leyenda guaraní que Nijinsky quería estrenar en la Argentina en el año 1917. Lamentablemente fue diagnosticado con esquizofrenia y salió de los escenarios. Y ese material quedó perdido durante más de un siglo. Sentí que esa historia merecía volver a respirar y convertirse en el punto de partida de una nueva creación.

-Sin embargo, decidiste no reconstruirlo, sino crear uno completamente nuevo.

-No me interesaba una reconstrucción histórica. Preferí tomar aquel sueño inconcluso como inspiración para contar otra historia. Me interesaba reflejar la profunda conexión que los pueblos originarios tienen con la naturaleza, con las estrellas y con el planeta. Es una mirada muy vigente sobre el cuidado del mundo en el que vivimos y, al mismo tiempo, un homenaje respetuoso al último gran sueño artístico de Nijinsky.

-Vivís hace tres décadas en Nueva York. ¿Qué te impulsó a mirar hacia una historia tan ligada a la identidad latinoamericana?

-Porque uno puede vivir muchos años lejos, pero las raíces permanecen. Mi manera de sentir, de pensar y de crear siguen siendo profundamente argentinas. Además, siempre sentí una enorme cercanía artística con Nijinsky después de interpretar varios de los personajes concebidos para él. De algún modo siento que la danza argentina le debe mucho, porque su influencia marcó el desarrollo de nuestra formación clásica.

«…Los premios quedan colgados en una pared y aunque son una referencia, nadie vive de ellos. Lo verdaderamente valioso son las experiencias, las personas y los escenarios que compartí…»

-Siendo el primer bailarín del American Ballet, uno imagina que en tu día a día no debe haber mucho tiempo libre como para proponer una puesta de este estilo.

-La pandemia detuvo los escenarios, pero abrió un espacio para pensar. Durante toda mi carrera viví interpretando obras de otros y nunca encontraba el tiempo para escribir o investigar. Ese silencio obligado me permitió desarrollar el proyecto, trabajar durante meses por Zoom con artistas que conecté a través de redes y logramos junto a Anabella Tuliano, coreógrafa muy destacada, presentar los primeros diez minutos en Nueva York. A eso le sumamos la música original de Luis “Uji” Maurette y Noelia Escalzo, y entendimos que esa idea tenía la fuerza suficiente para convertirse en un ballet completo, el cual presentar a su debido tiempo. Y ese tiempo por suerte llegó y es ahora.

-Si retrocedemos a tus comienzos, ¿recordás el instante en que entendiste que la danza iba a ocupar el centro de tu vida?

-Sí, fue muy natural. Yo acompañaba a mi hermana a sus clases de ballet mientras seguía jugando al fútbol, que también me apasionaba. Pero había algo en ese estudio que me atrapaba. La música, el piano, los saltos, los giros y la energía física de esas clases. Cuando empecé a bailar sentí una certeza inmediata. Nunca tuve dudas de que este era el camino que quería recorrer.

¿Sentiste con la danza esa misma naturalidad con la que jugabas a la pelota?

-Sí. Me sentí cómodo desde la primera clase. Fue muy orgánico el progreso. Mi profesor rápidamente me pasó a trabajar con los alumnos más grandes y, a los pocos meses, hacía pasos que normalmente realizaban los adultos. Esa facilidad inicial me dio confianza, aunque con el tiempo entendí que el verdadero desafío no era solamente la técnica, sino lograr que el público olvidara los pasos y se emocionara con la historia.

-En tus comienzos aparecieron diagnósticos físicos que podían interpretarse como limitaciones. ¿Cómo atravesaste ese momento?

-Lo cierto es que nunca le di demasiado lugar. Cuando entré al Instituto del Teatro Colón me hicieron todos los estudios correspondientes y me dijeron que probablemente no crecería mucho más y que la falta del pectoral podía complicarme como partenaire. Escuché esas observaciones, pero jamás las incorporé como un límite. Siempre preferí concentrarme en lo que sí podía hacer y demostrarlo trabajando todos los días.

«…Durante décadas interpreté obras creadas por otros y esta vez pude construir un universo propio. “Animal Animal” nace de una investigación histórica, pero también de una necesidad artística muy íntima…»

-Para tener una idea, medís 1,70, sin embargo, ese tema volvió a aparecer cuando llegaste al American Ballet de Nueva York.

-Sí, porque el director que estaba en ese momento consideraba que yo era demasiado bajo para la compañía. En Argentina no tuve muchos problemas porque Julio Bocca mide más o menos lo mismo (1,73), pero acá me costó conseguir oportunidades y tuve que demostrar mucho más que otros bailarines. Con el tiempo entendieron cuál era mi potencial y empezaron a confiar en mí. Haber conquistado ese lugar después de tantas dudas iniciales hace que hoy valore mucho más todo lo que conseguí.

-Tu carrera internacional comenzó a los 14 años con una beca por un año en Estados Unidos y a los 18 ya te fuiste definitivamente. ¿Buscado o consecuencia de tu profesión?

-Una mezcla de las dos cosas. En aquellos años era muy difícil pasar de la escuela del Colón a la compañía porque prácticamente no había vacantes. Todos crecíamos sabiendo que, para desarrollarnos, tarde o temprano había que irse del país. Además, veía el recorrido de Jorge Donn, Julio Bocca, Maximiliano Guerra y Paloma Herrera y entendía que ese también debía ser mi camino.

-Julio Bocca aparece en tu vida como una figura determinante. De ídolo, a ser tu director en la Compañía del Ballet Argentino y más tarde tu compañero en el American Ballet.

-Fue muy emocionante porque pasó de ser alguien completamente inalcanzable a convertirse en un colega. Cuando yo tenía catorce años, él dirigía el Ballet Argentino y después compartimos escenarios como primeros bailarines del American Ballet. Ver de cerca a un artista que admirás desde chico y descubrir que además es una gran persona, fue uno de los regalos más lindos que me dio la profesión. Tengo una linda anécdota: cuando Julio hizo su último Don Quijote, estábamos justo de gira en Japón con el American Ballet. Y a mí me tocó hacer mi primer Don Quijote al día siguiente y lo hice con su misma chaqueta, la que había utilizado en su última función. Para mí eso significó algo muy emocionante, sentir que de alguna manera entraba en sus zapatos y era mi legado representar a la Argentina.

-¿Qué enseñanza te dejó Julio Bocca más allá de la técnica y del escenario?

-Me enseñó con el ejemplo. Uno puede admirar a un artista por lo que hace arriba del escenario, pero cuando además descubrís que detrás existe una persona generosa, humilde y comprometida, esa admiración crece todavía más. Compartir funciones, viajes y experiencias con él fue una escuela permanente. Confirmó que la grandeza artística también puede ir de la mano con una enorme calidad humana.

-El cine muestra al ballet como un ambiente extremadamente competitivo, pero en las redes sociales se ve mucha camaradería.

-Los tiempos cambiaron. Cuando ingresé al American Ballet sí existía una competencia mucho más marcada. Lo sentía en los ensayos, en las funciones. Durante mis primeros años se sentía que el lugar de uno dependía de que otro no estuviera. Hoy las nuevas generaciones construyen relaciones mucho más colaborativas y la compañía funciona casi como una familia. También cambió la forma de cuidar al bailarín y de escuchar sus necesidades.

-Mirando hacia atrás, ¿sentís que la danza te obligó a resignar la parte lúdica de tu vida?

-No, porque nunca viví mi elección como un sacrificio. Todo lo que hacía me daba felicidad. Mientras otros disfrutaban de salir o de ir a una plaza a jugar, yo quería quedarme ensayando un rato más. Nunca sentí que estuviera renunciando a algo que realmente deseara. El Instituto del Colón era el lugar donde más feliz me sentía.

-Mantenerse durante tantos años en la elite también implica una disciplina cotidiana muy exigente.

-Cuando uno ama profundamente lo que hace, ese cuidado aparece de manera natural. Entrenar, alimentarse bien o descansar no son obligaciones sino herramientas para seguir creciendo. Al mismo tiempo aprendí que también es importante desconectarse, compartir tiempo con la familia, viajar o simplemente descansar. Ese equilibrio mental y físico termina siendo fundamental para sostener una carrera larga.

-A lo largo de tu trayectoria recibiste distinciones muy importantes. ¿Qué lugar ocupan esos reconocimientos?

-Tengo muchísimos premios y, por supuesto, el Benois de la danza es uno de los más importantes porque dentro del ballet equivale a un Oscar. Pero si soy sincero, el momento que cambió mi vida fue mucho antes, cuando decidí empezar a bailar a los ocho años. Te juro que ese momento lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Los premios quedan colgados en una pared y aunque son una referencia, nadie vive de ellos. Lo verdaderamente valioso son las experiencias, las personas y los escenarios que compartí.

-¿Algún recuerdo puntual que sintetice esa sensación?

-Por suerte muchos. Uno fue cuando estaba por interpretar el Ídolo de Bronce (personaje del ballet “La Bayadera”) en una gira por Japón siendo todavía aprendiz. Descubrieron que el reglamento no permitía que un aprendiz hiciera ese papel y, minutos antes de salir a escena, me hicieron firmar el contrato oficial de la compañía para que pueda salir a escena. Fue de película, yo todo lookeado y firmando un papel minutos antes de que se abriera el telón. También recuerdo con enorme emoción haber bailado “Romeo y Julieta” junto a Alessandra Ferri después de haberla admirado durante toda mi infancia. Ella decidió volver a bailar a sus 55 años y que me eligiera a mí, fue una de las mayores alegrías de mi vida.

«…Los tiempos cambiaron. Cuando ingresé al American Ballet sí existía una competencia mucho más marcada. Lo sentía en los ensayos, en las funciones. Durante mis primeros años se sentía que el lugar de uno dependía de que otro no estuviera…»

-Cuando uno es chico se pone metas. Entre ellas, imagino que habrás puesto varios escenarios…

-Tuve la fortuna de bailar en teatros extraordinarios, y hacerlo en el Mariinski de San Petersburgo, con todo lo simbólico que es para la danza, fue uno de los puntos más altos. Pero si tengo que elegir dos lugares que marcaron mi vida, no tengo dudas: el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro Colón. Uno me abrió las puertas de mi carrera profesional y el otro fue donde nació mi vocación.

-¿Te quedan sueños por cumplir?

-Sí, por supuesto. Dos muy claros. Me gustaría dirigir el Teatro Colón y también el American Ballet. Son las dos instituciones que definieron mi vida. Poder devolverles, desde otro lugar, una parte de todo lo que me dieron, sería la manera más hermosa de cerrar un recorrido que todavía sigo disfrutando cada día.

“Animal Animal” se presentará el 27 de agosto en San Nicolás (Buenos Aires), 29 de agosto en el Teatro San Carlos de Junín (Buenos Aires) y el 1 de septiembre en el teatro Coliseo, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.