En 1994, Paula Cahen D’Anvers lanzó su primera fragancia y amplió los límites de una marca de moda argentina. Tres décadas después, aquella decisión que parecía inesperada anticipó una tendencia que hoy es parte del lenguaje global de la industria: construir identidad también a través de los sentidos. En los años noventa, la moda tenía fronteras bastante más definidas. Una marca construía su identidad a través de las prendas, las colecciones, las campañas y, en todo caso, el universo visual que las rodeaba. El perfume pertenecía a otro territorio: el de las grandes casas internacionales y los laboratorios especializados.
En 1994 presentó Paula, su primera fragancia, y convirtió al perfume en una extensión de aquello que la marca ya venía construyendo desde la indumentaria. No se trataba simplemente de sumar un producto a una colección: la apuesta implicaba pensar que una marca podía ser reconocida no solo por lo que una persona llevaba puesto, sino también por aquello que quedaba en el aire después de que se iba.
La idea, que hoy puede parecer natural, tenía entonces algo de disruptiva. La perfumería empezaba a dejar de ser exclusivamente un territorio asociado a ocasiones especiales o a determinadas casas para convertirse también en una herramienta de identidad. El perfume podía acompañar la vida cotidiana, formar parte de los rituales personales y, sobre todo, convertirse en memoria.


Un aroma también puede construir identidad
La primera fragancia de Paula Cahen D’Anvers fue Paula, una composición que reúne notas de bergamota, limón, ámbar, sándalo, haba tonka y cedro. Tres décadas después, continúa formando parte del universo de la marca. Esa permanencia quizás sea uno de los datos más interesantes de la historia. En una industria acostumbrada a la renovación constante, que una fragancia consiga atravesar generaciones habla de algo más difícil de construir que una tendencia: una identidad reconocible.
“Lo que no estaba calculado —o quizás sí— es lo que pasó con el tiempo. Nuestra línea de fragancias no envejeció. Siguió siendo elegida por mujeres que la descubrían por primera vez a los veinte años sin saber que sus madres la usaban desde el lanzamiento. Hay una palabra para eso en perfumería: atemporalidad. Y es la cualidad más difícil de lograr”, explica Cinthia Soler, Jefa del Departamento de Diseño y Desarrollo de Productos en Fragancias Cannon.
El recorrido entre Paula y Aura permite leer, de alguna manera, la evolución de la propia categoría. Lo que comenzó como una apuesta novedosa en los noventa hoy forma parte de una conversación mucho más amplia sobre cómo las marcas construyen mundos.
La escena que describe resume buena parte del recorrido de aquella primera apuesta: una hija que descubre un perfume sin necesariamente saber que forma parte de la historia de su madre. El aroma funciona entonces como una cápsula de tiempo. No necesita explicar su historia para transmitirla. Y ahí aparece una de las transformaciones más profundas que atravesó la categoría.
El perfume también cambió. Durante mucho tiempo estuvo asociado a una idea de sofisticación, estatus o uso ocasional. Hoy forma parte de la construcción cotidiana de la identidad y dialoga con una generación de consumidores que busca en las marcas algo más que un objeto. La fragancia puede ser una firma invisible, una forma de decir quiénes somos sin palabras. Puede acompañar una determinada etapa de la vida, quedar asociada a una persona o incluso recuperar, años después, el recuerdo de alguien que ya no está.
En ese sentido, la decisión de Paula Cahen D’Anvers en 1994 adquirió con el tiempo una dimensión que excedió a la propia marca. La moda comenzó a comprender que su universo podía expandirse hacia otros territorios: la belleza, los aromas, los objetos y las experiencias. Una lógica que hoy es habitual en las grandes marcas internacionales, pero que en aquel momento todavía estaba lejos de ser una fórmula instalada en el mercado argentino.

La historia no termina en aquella primera fragancia. Tres décadas después, Paula Cahen D’Anvers vuelve a explorar ese vínculo entre moda, identidad y perfume con Aura, su lanzamiento más reciente. La nueva fragancia busca dialogar con una generación diferente de consumidoras, pero sin abandonar el ADN que la marca construyó a lo largo de los años. La diferencia está en la manera de entender el perfume: ya no como el último gesto que completa un look, sino como una expresión de personalidad en sí misma.
En una industria acostumbrada a la renovación constante, que una fragancia consiga atravesar generaciones habla de algo más difícil de construir que una tendencia: una identidad reconocible.
El recorrido entre Paula y Aura permite leer, de alguna manera, la evolución de la propia categoría. Lo que comenzó como una apuesta novedosa en los noventa hoy forma parte de una conversación mucho más amplia sobre cómo las marcas construyen mundos. Porque una marca de moda puede tener una silueta reconocible, una paleta de colores, una estética determinada. Pero también puede tener un aroma.
Cuando ese aroma consigue atravesar treinta años, pasar de una generación a otra y seguir encontrando nuevas personas que lo hacen propio, deja de ser simplemente un perfume. Se convierte en parte de la memoria de una marca. La corona que identifica a Paula Cahen D’Anvers sigue siendo la misma desde sus comienzos. El universo alrededor de ella, en cambio, continúa expandiéndose.








