Espacio que sienten y piensan: Vanina Salinas y la Neuroarquitectura

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La arquitecta y urbanista cordobesa, especialista en neurociencias aplicadas a la arquitectura y autora de Neuroarquitectura: Diseñar con ciencia, un espacio a la vez, propone mirar nuestras casas, escuelas y ciudades desde un lugar diferente: el de un cuerpo que siente, recuerda y reacciona permanentemente ante el entorno.

Hay espacios en los que uno entra y automáticamente se siente cómodo. Otros generan tensión, cansancio o ganas de irse, aunque no sepamos explicar exactamente por qué. Una determinada luz, un aroma, el ruido de la calle, una ventana que mira hacia un árbol o incluso la manera en que están distribuidos los muebles pueden modificar nuestra experiencia mucho más de lo que imaginamos.

De eso habla la neuroarquitectura, una disciplina que busca vincular la arquitectura y el diseño con los conocimientos provenientes de las neurociencias y el comportamiento humano. Vanina Salinas, arquitecta y urbanista egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, especializada en neurociencias aplicadas a la arquitectura y fundadora de CON NEUROARQ, lleva años trabajando en esa intersección. Es también autora del libro Neuroarquitectura: Diseñar con ciencia, un espacio a la vez y participa actualmente en proyectos de investigación vinculados con la relación entre espacio, percepción y aprendizaje.

Para Salinas, el desafío no consiste simplemente en construir espacios bonitos o funcionales, sino en comprender qué le sucede a nuestro cuerpo cuando los habitamos. Y esa mirada cambia desde la manera en que iluminamos un dormitorio hasta la forma en que diseñamos una escuela o una plaza.

—Para empezar por lo más básico: ¿qué es exactamente la neuroarquitectura?

—Es una manera popular de hablar de las neurociencias aplicadas a la arquitectura. Lo que hacemos es tratar de validar, a través de evidencia, muchas de las intuiciones que tenemos como arquitectos y diseñadores. Entender qué le pasa realmente al cuerpo, al sistema nervioso y a nuestra percepción cuando estamos en determinado espacio. Y eso implica una enorme responsabilidad, porque cuando diseñamos estamos influyendo en la manera en que una persona va a sentirse en ese lugar.

—Entonces no alcanza con preguntarnos si una casa tiene dos dormitorios, un baño y una cocina.

—Exactamente. Durante mucho tiempo pensamos la vivienda desde lo funcional: cuántos dormitorios necesito, cuánto mide la cocina, dónde está el baño. Pero también tenemos que preguntarnos cómo vivimos realmente. ¿Qué hacés cuando te levantás? ¿Cómo desayunás? ¿Dónde trabajás? ¿Te gusta cocinar? ¿Necesitás silencio? ¿Cómo transcurre tu día? Y además hay algo fundamental: nosotros cambiamos. La casa que habitamos hoy probablemente no la vivimos de la misma manera que hace cinco años, porque también cambian nuestros cuerpos, nuestras necesidades y nuestra percepción.

—¿Y cuánto hace que la ciencia viene estudiando esta relación entre las personas y los espacios?

—Tiene varias décadas de desarrollo, aunque durante mucho tiempo no fue un conocimiento demasiado difundido en Latinoamérica. Hoy la tecnología permite medir mucho más y eso genera nuevas investigaciones. Para nosotros, como arquitectos, es muy importante poder apoyarnos en evidencia científica y no solamente en intuiciones.

—Ahí aparece también la tecnología y, más recientemente, la inteligencia artificial.

—La inteligencia artificial puede ser una herramienta más, pero no es la única. Existen diferentes maneras de medir cómo responde nuestro cuerpo frente a determinados estímulos. Se puede estudiar, por ejemplo, la conductancia de la piel o determinadas reacciones corporales. Lo importante es entender que la inteligencia artificial puede ayudar a procesar información, pero no reemplaza todo el resto de las investigaciones.

—Hay algo que me llamó mucho la atención de tus trabajos: la relación entre arquitectura y sueño. ¿Una habitación puede ayudarnos a dormir mejor?

—Sí. Hay mucha investigación sobre luz y sueño. Durante el día necesitamos recibir una determinada cantidad de luz natural porque tenemos un ritmo circadiano, nuestro reloj biológico, que regula los momentos de vigilia y descanso. Si durante toda la tarde y la noche seguimos expuestos a una iluminación intensa, especialmente fría, estamos dando señales contradictorias al cuerpo. Por eso es importante poder regular la intensidad y la temperatura de la luz y generar, hacia la noche, ambientes más cálidos y tenues.

—O sea que cambiar una lámpara puede ser una pequeña intervención de neuroarquitectura.

—Totalmente. Y eso es importante porque cuando uno busca neuroarquitectura en internet aparecen edificios espectaculares y parece que para aplicarla hay que hacer una gran inversión. No necesariamente. Muchas veces se trata de decisiones de diseño. Regular la luz, aprovechar la iluminación natural, pensar dónde colocamos una ventana o cómo distribuimos un espacio son decisiones que pueden cambiar muchísimo la experiencia.

—Y también está aquello que hacemos con nuestras propias manos. En una de tus notas hablás del llamado “efecto IKEA”.

—Sí. Hay algo muy interesante: necesitamos sentir que un espacio también es nuestro. No es lo mismo llegar a un lugar donde todo está terminado que pintar una pared, armar un mueble, hacer un estante o incorporar algo que tenga nuestra impronta. Cuando participamos en la construcción de un objeto sentimos un vínculo diferente con él. Es parecido a lo que ocurre con esas recetas familiares que intentamos reproducir y nunca salen exactamente iguales.

—¿Por qué?

—Porque nuestro cerebro no asocia solamente el sabor con la receta. También lo relaciona con las personas, las manos, los recuerdos y las experiencias que estaban alrededor de esa comida. Entonces podés hacer una receta idéntica, pero nunca va a ser exactamente la misma torta de tu abuela, porque lo que recordás no es solamente el sabor: recordás todo lo que significaba esa situación.

—Ahí la arquitectura empieza a tocar algo mucho más profundo que el diseño.

—Claro. Porque los seres humanos tenemos dimensiones funcionales, pero también sociales, emocionales, cognitivas y hasta espirituales. Si pensamos solamente en la función, dejamos afuera una parte enorme de lo que significa habitar. Y además vivimos cada vez más años, por lo que tenemos que empezar a pensar cómo la arquitectura puede acompañar esa nueva longevidad.

—¿Eso también funciona a escala de ciudad?

—Por supuesto. El diseño de un barrio puede favorecer o dificultar la socialización. Hay investigaciones sobre comunidades longevas que muestran la importancia de caminar, encontrarse con otras personas y tener espacios que faciliten esos encuentros. Un banco en el lugar adecuado puede generar una conversación. Una vereda agradable puede favorecer que alguien camine en lugar de quedarse encerrado. El diseño no solamente organiza el espacio: también puede facilitar determinados comportamientos.

—La pandemia hizo que mucha gente descubriera eso de golpe.

—Sí. De repente, un departamento que había sido pensado para llegar, dormir y salir se convirtió en el lugar donde había que pasar todo el día. Eso aceleró muchos procesos de investigación porque empezamos a comprender con mucha más claridad qué sucede cuando nuestro cuerpo permanece durante meses dentro de determinados entornos.

—Vos también investigás el vínculo entre arquitectura y educación. ¿Cómo debería ser una escuela diseñada desde esta mirada?

—Una escuela ubicada en un contexto vulnerable no necesariamente puede limitarse a tener aulas. Tiene que poder acompañar otras necesidades humanas. En algunos de los proyectos que investigamos aparecen espacios de contención, lugares para descansar, duchas, cocinas y ámbitos donde las personas puedan sentirse parte. La cocina puede convertirse en el corazón de una escuela, porque la comida también genera comunidad. Preparar algo juntos, compartir una mesa o simplemente encontrarse permite que sucedan otras cosas además de enseñar y aprender.

Salinas presentó investigaciones sobre espacios educativos y vulnerabilidad, un área que continúa desarrollando en trabajos académicos recientes. En 2026 publicó en la Universidad de Palermo un estudio exploratorio sobre la relación entre diseño del aula, percepción ambiental y aprendizaje.

—¿Y qué pasa con las ciudades? ¿Cómo hacemos para que no sean simplemente una jungla de cemento?

—Hay estrategias que ya se están implementando. En algunos lugares se trabaja con supermanzanas, se priorizan espacios peatonales, se incorporan bancos, vegetación y bicisendas. Pero hay algo fundamental: las personas primero necesitamos sentirnos seguras. No alcanza con diseñar un espacio maravilloso si después nadie lo utiliza porque no se siente protegido.

—También están los estímulos que muchas veces ni siquiera registramos, como los olores.

—El olor es muy importante porque no podemos dejar de respirar. Los estímulos olfativos tienen una relación muy directa con nuestros sistemas emocionales y con nuestros recuerdos. Además, muchas veces naturalizamos el entorno en el que vivimos. Te acostumbrás al ruido, al tránsito, a determinados olores y pensás que eso es normal. Hasta que te alejás unos días y volvés, y recién ahí te das cuenta del nivel de cansancio que te producía.

—Entonces nuestro cerebro está trabajando todo el tiempo para adaptarse al lugar.

—Exactamente. Podemos pensarlo, de manera simplificada, como un gran escáner que está constantemente procesando información. Tráfico, ruido, calor, olores, veredas rotas, pantallas, personas. Todo eso genera una carga. Por eso muchas veces llegamos agotados después de pasar un día entero en una ciudad. Nuestro cerebro estuvo trabajando permanentemente para filtrar estímulos y mantenernos regulados.

—Si alguien quiere empezar mañana mismo a mejorar su casa desde esta perspectiva, ¿por dónde debería empezar?

—Por cosas muy simples. La luz es fundamental. Podemos utilizar iluminación cálida en los espacios donde queremos descansar o encontrarnos y una luz más intensa donde necesitamos concentración. También podemos utilizar sistemas regulables y bajar progresivamente la intensidad hacia la noche. Y aprovechar todo lo posible la luz natural.

Otra cuestión muy importante es la relación con la naturaleza. Tener una ventana no significa solamente tener una abertura: importa también qué vemos a través de ella. Hay investigaciones muy conocidas que estudiaron cómo las vistas hacia elementos naturales pueden influir en la recuperación de pacientes. Entonces no solamente importa tener una ventana grande, sino hacia dónde está orientada y qué experiencia genera.

—Y ahí también aparece algo muy argentino: cada lugar tiene una manera particular de habitar.

—Totalmente. No podemos copiar modelos de un lugar y llevarlos directamente a otro sin considerar el clima, la cultura y la manera en que las personas viven. En La Rioja, por ejemplo, las paredes anchas, determinadas orientaciones y las dimensiones de las ventanas tienen que ver con una historia y con un clima particular. Eso también genera reconocimiento. Cuando entro a un lugar que tiene elementos que mi cerebro reconoce culturalmente, puedo sentirme más seguro.

Por eso para mí elegir un color es casi como elegir un perfume: es algo muy personal. Tiene que ver con nuestra historia, con nuestra cultura y también con la evidencia disponible. Podemos incorporar innovación, pero sin perder aquello que nos hace sentir que estamos en casa.

—En definitiva, quizás la neuroarquitectura no nos pide solamente cambiar nuestros espacios, sino aprender a mirarlos.

—Sí. Creo que se trata justamente de tomar conciencia. Pasar todo este conocimiento por el cuerpo y preguntarnos cómo vivimos, qué necesitamos y qué queremos que suceda en los lugares que habitamos. Porque al final no diseñamos solamente una cocina, un baño, una escuela o una plaza. Diseñamos las situaciones que queremos que ocurran en esos lugares.