El incomparable Oficial Gordillo: 20 años + 1 de humor, anécdotas y una vida convertida en chiste

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Miguel Martín, más conocido como Oficial Gordillo, está de gira con 20 años + 1, un espectáculo que recorre más de dos décadas de escenarios, personajes y anécdotas convertidas en material de comedia. Tucumán, Córdoba, Salta, Bolivia y buena parte del país aparecen en una historia que empezó casi de casualidad y terminó transformándolo en uno de los grandes referentes del humor del norte argentino.

Detrás del personaje hay un humorista que aprendió a convertir las situaciones cotidianas, los malos momentos, las experiencias familiares y hasta los comentarios de las redes sociales en materia prima para el escenario. Y antes de que existiera el Oficial Gordillo, estuvo Miguel Martín, un joven de Famaillá que llegó a Tucumán capital para trabajar vendiendo computadoras mientras intentaba hacerse un lugar en el teatro. El humor apareció casi de casualidad, cuando una clienta le ofreció cincuenta pesos para que se quedara a contar chistes después de instalarle una computadora. De aquellas primeras fiestas y bares tucumanos surgió una carrera que fue creciendo hasta los grandes escenarios y, en el camino, también nació Gordillo: un personaje que Martín intentó dejar atrás cuando quiso demostrar que podía hacer otras cosas, pero que terminó convirtiéndose en su sello y en una parte inseparable de su propia historia.

Veinte años + 1. ¿Es una manera elegante de no decir veintiuno?

Sí, la verdad que son muchos años: veintiún años. Le puse 20 años + 1 porque me da vergüenza decir veintiuno. En Tucumán, cuando uno está por cumplir cincuenta, los amigos ya no te dicen cincuenta: te dicen “Juan, tenés cinco punto cero”. Es como una versión. Entonces, separar el veinte del uno es como patearle la cabeza un poco a la edad. En estos veintiún años hay muchas anécdotas que me fueron pasando durante la carrera. Una de ellas, que es la vedette de la noche, es la de Galleguillo. Después tengo otra con Claudio Mendoza, que también está basada en hechos reales, salvo por un apodo que me pusieron: “Terremoto en Chile”, porque supuestamente estaba a punto de comerse los Mendoza. Eso es mentira, es una falacia de los changos de Famaillá. Y también cuento cómo arrancó todo, porque yo empecé haciendo fiestas en Tucumán. En esa época también peligraba mi vida porque entraba supuestamente como policía. Pero no decía “policía”: decía “Oficial Gordillo”, porque después me cruzaba con los policías verdaderos y querían pelear. La primera época fue complicada. Ahora me aman, pero antes me odiaban los vagos.

Tu historia empezó en Tucumán, pero el primer escenario estuvo bastante más cerca de casa. ¿Cómo se dio ese comienzo?

Yo empiezo en Famaillá, mi pueblo natal, y después me vengo a Tucumán, pero no a hacer algo artístico. Vengo a laburar de verdad. Trabajaba en una casa de electrodomésticos vendiendo computadoras, que era lo que supuestamente había estudiado. Yo sabía de computadoras… bueno, no sabía nada. Al mismo tiempo hacía teatro. Probaba suerte en diferentes obras mientras trabajaba de verdad y los fines de semana despuntaba el vicio. Hasta que una señora que me había comprado una computadora me dice: “Escuchame, necesito que te quedes. Después de instalar la computadora, necesito que te quedes a la proyección. Son mis amigas y son unas amargas. Quiero que te quedes a contar chistes”. Yo le digo: “¿Cómo?”. Y me responde: “A contar chistes”. Le dije que la empresa no me dejaba. Entonces me ofreció cincuenta pesos si era gracioso. Bueno, de una. Agarré los cincuenta pesos, que se hicieran agua los helados, y de ahí empecé en las fiestas. De a poquito fui metiéndome en fiestas y nunca esperé salir a otra parte. Se fue dando. Me empezaron a llamar de Santiago, Salta, Catamarca y después apareció alguien que me dijo: “Haceme un bar”. Después vino un teatro chico, uno mediano, uno grande. Hasta que me llamaron de Córdoba para hacer teatro en Carlos Paz. Y ahí fui.

Hay algo muy particular en tu humor: agarrás una situación cotidiana que podría terminar en enojo y la convertís en una anécdota. ¿Cómo hacés esa transformación?

Yo básicamente pongo una situación desgraciada en el humor, porque hay cosas que, si te pasan, no te hacen ninguna gracia. Por ahí te comen, te estafan, te pasa algo malo, pero yo lo llevo para otro lado. Una vez, por ejemplo, imaginate que te para un policía de Tucumán. Empezás a mostrar todos los papeles: acá tengo el seguro, el boleto de compraventa del automóvil, fotos de la abuela… Literalmente, un papiro egipcio. “Oficial, esto es una muestra más o menos de lo que me calcula”. “Me llevo cuatro”. “¿Cuánto son?”. “Tres millones de pesos. Pero si usted deja de hacer el gracioso, olvidamos todo”. Ese tipo de cosas existen. Yo lo que hago es convertirlas en humor.

¿Y de dónde viene esa necesidad de encontrar un chiste incluso en los momentos malos?

Creo que de conservar esa cosa de niño. Yo todavía me considero un niño en un montón de cosas. No sé por qué mi señora me deja, pero todavía le hago bromas como si fuera un niño. Tengo una máquina de pedos y se la aprieto desde lejos. Mi hijo se caga de risa y dice: “Ahí está el abuelo”, porque no parece que fuera el padre. Creo que eso tiene que ver con algo que aprendí desde chico. Cuando había un quilombo en casa, uno salía afuera o trataba de que el problema pasara rápido con alguna broma. Era mi mecanismo para atravesar los malos momentos. Y después se me hizo laburo.

También cambió el humor y cambió la manera de hacer humor. ¿Cuándo te diste cuenta de que ya no podías contar determinados chistes de la misma manera?

A mí me pasó en 2007. Yo hacía un humor heredado, no humor de manual. Abría Facebook y empezaba a poner chistes que encontraba en internet o que sacaba de algún libro. Un día puse un chiste de tartamudos. Era el típico chiste viejo: todo risas hasta que nos damos cuenta de que el tartamudo quería jamón. Era gracioso, pero te estabas burlando de un tartamudo. Entonces me escribe un tipo y me dice: “Ojo con los chistes que hacés porque mi hijo es tartamudo. Le hacen mucho bullying y no sabés cómo sufre”. Le dije: “Mil disculpas, amigo”, y lo bajé. Después hice un chiste de enanos y me escribió una amiga que tenía una hija con enanismo. Me volvió a pasar. Después hice uno de gays y ahí directamente el tipo que me escribió ya no fue tan amable conmigo. Entonces me di cuenta de que el humor estaba cambiando y que yo también tenía que cambiar. Yo estaba haciendo un curso de stand up, donde hablás de vos mismo todo el tiempo, das tu opinión y contás tus propias experiencias. Y eso fue lo que me salvó. Dejé de hacer chistes sobre gordos, pelados, gays, enanos, altos, bajos, colorados, flacos y todo eso. Me reinventé.

Si el humor puede meterse con todo, ¿cómo encontrás vos el límite? ¿Dónde decidís frenar?

Yo tuve que hacer mutar el humor. Me gusta que la gente venga al teatro y se sienta bien. Si hay mil, quinientos o dos mil personas y alguien se siente mal, a mí no me cierra. El teatro es mi casa y quiero que la gente venga a pasarla bien. Por eso fui buscando otra manera de hacer humor. No quiere decir que haya temas que no puedan tocarse. Hay gente que hace humor político, deportivo o religioso y lo hace muy bien. Yo nunca me sentí demasiado inteligente para meterme con todos esos temas. Una vez trabajé en La Gaceta de Tucumán y me pidieron una columna de humor deportivo. Empecé a gastar a Atlético Tucumán y a San Martín por igual. Mi familia es de Atlético, pero yo nunca fui demasiado futbolero. No sé quién juega en Atlético, ni hoy, ni antes, ni mañana. Un día San Martín perdió y me estaban esperando en la puerta del diario. Ahí entendí que quizás no era tan buena idea.

Sin embargo, hay algo poderoso en eso: con humor podés decir cosas que, dichas en serio, quizás generarían otra reacción.

Sí. El humor te permite meterte con un montón de cosas con las que por ahí no podés meterte de otra manera. Si criticás en serio, muchas veces la gente se cierra. Si lo hacés con humor, entra muchísimo más la crítica. Me pasó incluso con temas religiosos. Una vez fui a Catamarca, después de la pandemia, cuando era la provincia que tenía cero casos. Yo decía: “Vengo a felicitar a los catamarqueños”. Mi mamá me decía que era por la Virgencita del Valle. Entonces llego y digo: “¿Se acuerdan cuando arrancó la pandemia y ustedes tenían cero casos? Se contaban con ventaja con la Virgencita. Pero la Virgencita nunca contó con los pelotudos que se juntaron y se contagiaron”. Toqué algo muy sagrado. Me jugué la vida en el teatro de Catamarca y, sin embargo, todos se cagaron de risa. Porque también había una verdad ahí: por más fe que tengas, si dos personas se juntan, se contagian y se arma una cadena de contagios, ni la Virgencita te salva.

Tenés una mezcla muy particular. ¿De dónde viene ese estilo? ¿Quiénes fueron tus maestros sin necesariamente haber sido tus maestros?

A todos los humoristas. No hay uno que me digas “a este no lo escuché”. Creo que escuché a todos. No tengo un referente único. Es una mezcla de Landriscina, salvando las distancias, obviamente. Para mí Landriscina es el Messi y Maradona del humor. También me hacía mucha gracia lo que hacía Dady Brieva en Midachi, cuando hacía de la madre o del padre. Yo consumí todo el humor habido y por haber: Negro Álvarez, Cacho Buenaventura, Landriscina, el Sapo Cativa, humoristas de Santiago del Estero, el Bomba Contreras, El Yogur, que además era riojano cuando yo era chico. Después vino la televisión: Todo por dos pesos, Videomatch, Juana y sus hermanas, Cha Cha Cha. Me fui nutriendo toda la vida. También había muchísimos humoristas del norte. Capuchón González, Armando Álvarez, Willy Catramina y tantos otros. Algunos venían a los festivales, los escuchábamos en casetes, los pasaban por la radio o los veíamos en televisión. Todo lo que sea humor me encanta.

Y hoy, después de haber escuchado a tantos humoristas, ¿qué es lo que realmente te hace reír?

Hoy me hacen reír mucho los comentarios de la gente en las redes sociales. Por ahí ves un video medio bizarro y lo primero que hacés es mirar los comentarios. Cuando alguien me gasta y lo hace de manera inteligente, lo anoto. Lo robo y lo pongo en una parrilla de chistes para después cocinarlo. ¿De verdad anotás esas cosas y después las llevás al escenario? Sí, totalmente. Recién acabo de anotar una que me tiró una señora. Me hizo gracia y le dije: “Te lo estoy choreando, avisá”. El que avisa no traiciona. Voy sacando de acá y de allá. Después, cuando me siento a escribir, veo qué sirve y qué no. Y si juega, buenísimo.

Hay otra historia interesante: ¿cuánto hay de Miguel Martín en el Oficial Gordillo y cuánto terminó quedando de Gordillo en Miguel Martín?

Es una historia larga. Pero Miguel Martín y el Oficial Gordillo son lo mismo, lamentablemente, porque soy malísimo haciendo personajes. Yo arranqué en un taller de teatro y después, con los changos con los que hacíamos teatro, hicimos un programa de televisión. Probamos un millón de personajes. Tenía muchos personajes, pero el único que sobrevivió fue Gordillo. Cuando arranqué con él, el primer teatro que hice en Salta se llenó: eran 2.100 personas en tres días, 700 por día. Yo venía de hacer bares de cincuenta personas, así que para mí era un exitazo total. Entonces escribí un show nuevo, pero ya no lo quería hacer con el Oficial Gordillo. Me quería desligar del personaje porque pensaba que Gordillo era simplemente un personaje más. Me agarró el ataque de Johnny Depp. Yo decía: “Puedo encarnar cualquier personaje. Puedo hacer cualquier cosa. No me encasillen en un policía”. Entonces puse un afiche en Salta que decía Mi vida en chiste. Aparecía yo haciendo una pose tipo el Potro Rodrigo. De esas 2.100 entradas, había vendido cien y faltaba una semana. Me quedaban dos mil entradas por vender. Le digo al productor salteño: “Che, ¿qué pasó? ¿Se les pasó el amor a los salteños?”. Y me responde: “Escuchame, ídolo: a vos no te conoce nadie. Miguel Martín no sabe quién sos. Acá los salteños aman al Oficial Gordillo”. Ahí le dije: “Pegale una ficha encima”. No había tantas redes sociales todavía, así que puso: “El Oficial Gordillo”. Y ahí empezó a repuntar. No llegué a hacer las 2.100 personas, hice un solo teatro de 700, pero ahí me di cuenta de que yo era el Oficial Gordillo.

¿Y finalmente hiciste las paces con eso? Con la idea de que ese personaje es lo más emblemático que hiciste.

Sí. Llegué a mi casa y le dije a mi hijo: “Escuchen, ya no soy más papá Miguel. Ahora soy el Oficial Gordillo, que es el que les da de comer”. No me disgusta para nada. Mis compañeros y mi exprofesora de teatro, que son más metódicos, me dicen que la composición del personaje es pésima. Porque yo mezclo todo. Un día digo que Jessica Judy es mi novia, después hablo de Soraya, que es mi esposa, y después no sabemos quién es el padre de Gordillo, pero sí sabemos que es la madre de Miguel, que es Doña Mary. Gordillo y Miguel están mezclados. Es horrible la composición del personaje. Los chistes funcionan, la gente se caga de risa, pero la composición está mal. Habría que explicar que Gordillo se peleó con Jessica, que se casó con una que se llama Soraya, pero que en realidad no fue Gordillo el que se casó, sino Miguel, que es el actor. Sería otra complicación. Pero bueno, es toda la historia de los teatreros.

Al final hay algo que parece más importante que la teoría: si funciona y te divierte, funciona.

Totalmente. Yo voy a lo que funciona, a lo que me da de comer y a lo que me divierte. Porque yo también me tengo que divertir arriba del escenario. Si no hago algo que me divierta, tarde o temprano, por más plata que me dé, no lo quiero hacer. Me pasó con un show que estuve haciendo durante casi dos años y medio. Llegó un momento en que le dije al productor: “Escuchame, vamos a grabar el show y subirlo”. Me dijo que todavía nos faltaba recorrer la mitad de Argentina. Pero yo ya lo hacía de memoria. Lo hacía tan de memoria que mientras estaba arriba del escenario ya estaba pensando qué iba a comer, qué iba a hacer mañana, qué iba a hacer durante la semana. Ya no me divertía. Era como ver una película. Me sentaba, veía una película, me decían “Miguel, te toca”, entraba, salía y seguía viendo la película. No sentía adrenalina. No sentía nada. Funcionaba, sí. Pero no me divertía.

Después de tantos años haciendo reír a los demás, ¿qué es lo que te hace reír a vos?

La gente en la calle. Los comentarios, los memes, lo que te llega en el día a día, lo que me mandan los changos del grupo. Mi hijo también me manda memes. Todas las noches vemos memes juntos y nos cagamos de risa. Eso me hace reír mucho: lo actual, lo que pasa todos los días. No es un humor blanco como el que hago yo. En el grupo de los changos siempre llega medio gris, tirando a oscuro. Hay cosas que yo jamás podría hacer porque no son mi estilo, pero igual me hacen reír.