Keep Walking, sigue caminando

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Soy un fiel caminante en el mundo del whisky; no un experto, pero sí un fiel aprendiz de la materia. En este caso voy a hablar de Johnnie Walker, el caballero con galera y bastón que muchas veces me dio una paliza que dolía al día siguiente: daños colaterales, pero más que todo por una cuestión de cantidad y no de calidad: es difícil parar cuando el caminante comienza a correr dentro nuestro, pero, como dice el dicho, la resaca es el problema de mañana.

Así es que, después de haber probado toda la serie Label de Johnnie Walker, desde el Red hasta el Blue, y habiendo tenido muchas charlas y confesiones con el Johnnie Negro (Black Label), también emprendí el viaje a ediciones un poco más especiales como el J. Walker XR 21. Esta vez me tocó descubrir el Swing, otra edición especial que trae una botella de fondo circular que hace que se balancee sin caerse, diseñada por Sir Alexander Walker II (nieto del fundador) para los bares de barcos de lujo. Es un whisky muy rico, de final largo, con notas dulces y un ahumado muy característico de la Casa.

Lo que me llamó la atención fue que tiene un detalle: el caminante en las primeras ediciones va de derecha a izquierda, lo que la convierte en una pieza de colección que se destaca justamente por eso y por las décadas en que fue fraccionado; cuanto más antigua es la década, mayor valor tiene, ya que van quedando menos en el mercado.

Luego está la del caminante de izquierda a derecha, donde la marca decide simbolizar el progreso, el avance hacia el futuro y el lema «Keep Walking» (sigue caminando). La paradoja es que el pasado cobró valor como una pieza de arte, pero lo que más me gusta de Johnnie Walker es que los niveles te desafían a progresar: desde el Red, donde hay muy poco para descubrir, pasando por el Black, donde comienza el verdadero viaje del caminante (quizás desde la oscuridad hasta llegar al cielo), hasta el tan deseado Blue Label, donde el camino recorrido sí hace la diferencia para poder disfrutarlo como este brebaje del Dios Baco lo merece. No existe exceso en este nivel: cada sorbo es un remanso, para disfrutar con amigos o en la soledad, donde el tiempo es efímero.