Julia Calvo: «Actuar es lo único que sé hacer, quizás, y lo único que me hace feliz»

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La actriz protagoniza Misery junto a Juan Gil Navarro en la cartelera porteña, pero la charla se expande hacia el oficio, los personajes que siguen vivos en la memoria del público, la ficción argentina y la libertad de elegir qué historias contar. Tras un vertiginoso año donde ganó un Martín Fierro por Margarita y se desafió a si misma en Masterchef Celebrity, Julia desborda de pasión por su oficio.

En Misery, el texto célebre de Stephen King, Julia Calvo interpreta a Annie Wilkes, una mujer capaz de pasar de la ternura a la amenaza en segundos. Lejos de reducirla a una villana, la actriz encuentra en ella preguntas sobre la admiración, la posesión y los límites de la comunicación. En diálogo con RANDOM, habla del trabajo con Juan Gil Navarro, del juego como motor de la actuación y de una carrera que la llevó a encontrarse con públicos de distintas generaciones.

En Misery interpretás a Annie Wilkes, un personaje que puede pasar de la ternura a la amenaza en cuestión de segundos. ¿Cómo encontraste su lógica interna? ¿La considerás una villana?

Yo no termino de considerarla mala. La hacen malos sus actos, pero no es esencialmente mala. Le salen, obviamente, la desaprobación, el rencor y el fanatismo, pero no termino de considerarla mala.

Una vez Juan (Gill Navarro, su compañero en la obra) me dijo: “Mirá que acá no hay un malo y un bueno”, y eso me abrió un mundo. Porque si es la mala, es bastante sencillo: hacemos una acción física y caminamos por ahí. En cambio, la composición fue más interesante porque estamos hablando de una problemática muy actual, que se agudiza con las redes y con lo inmediato. Cuando se escribió la historia todavía no existía este mundo de internet tan mediatizado.

Yo no vi la película. Me la tengo prometida para cuando termine la temporada. Confié en la presentación que me dieron Juan y Manuel González Gil, que ya había hecho la obra y me llevó al mismo lugar al que había llegado Alicia Bruzzo. Yo decía: “Este es un gran desafío, porque semejante actriz, ¿por dónde lo habrá encontrado?”. Cada función es distinta: seguimos encontrando cosas y cuestionándolas.

La obra habla de la obsesión, pero también de la incomunicación y del poder que puede tener el vínculo con alguien a quien admiramos. ¿Qué te despierta ese tema?

Como actriz me divierte ir buscando ese salto casi olímpico, pasar del buen humor al peor de los humores. Inclusive pensaba qué bueno que puedo ponerlo en un personaje, porque es algo que nos pasa en la vida.

Me hace pensar mucho, por un lado, en la incomunicación y, por otro, en el poder de la comunicación, que puede hacer que te apoderes de alguien. Por estar en contacto, alguien ya pasa a ser parte tuya. Algunos ensayos terminaba muy inquieta, con la lágrima a flor de piel. Les decía al equipo: “Estamos contando algo realmente tremendo que pasa, que está pasando”.

El texto también es muy actual. No podés estar un día de mala onda porque enseguida aparece el “qué mala onda que tiene esta mina”. Y no: hoy tengo un día que no está bueno, me duele la panza o la cabeza. Nos pasa a todos. Pero en la inmediatez parece que eso fuera una provocación.

El suspenso se construye con silencios, miradas y cambios de ritmo. ¿Cómo trabajás esa tensión con Juan Gil Navarro, sabiendo que cada función es distinta?

Lo compongo con Juan. Si no, no podría componer nada, ni el arroz con leche. Eso hace que descubramos cosas, que encontremos otras que nos sirven y algunas que no, y que revisemos los ritmos. Estamos componiendo con el otro, en un constante juego. A veces algo no sale bien y hay que volver a probar. Es maravilloso porque la obra va cambiando sin dejar de ser la misma.

«…Y si tenés un poquito de espiritualidad, no te bajan de un hondazo a la tierra: bajás tranquilo vos…»

¿Cómo hacés para entrar en un universo tan oscuro y salir de él cuando termina la función?

Yo debo confesar que termino y lo primero que quiero hacer es encenderme un cigarrillo. Es un postcoito, es orgásmica cada función. ¿Puedo entrar en esos lugares y salir de la misma manera? Sí, porque estoy jugando. Si me olvido de jugar, pasa como cuando era chica: jugaba a pleno, me creía todo. Me vestía de mamá y ya pensaba que estaba en el siglo pasado. Me gusta entrar en ese universo y salir después.

Creo que eso es lo más interesante de nuestra vida, más allá de la puesta, de la letra y de que todo esté perfecto: generar ese universo. Y ese universo es el que me hace jugar. También está la mirada del otro. Admiro muchísimo a quienes hacen unipersonales o stand-up, pero yo no sabría hacerlo: necesito estar con alguien en escena. El compañero termina de componer el dominó.

No todos los días estoy igual. A veces me duele la panza o la cabeza, o comí algo antes. Todo modifica el juego. Si uno se ofrece al aquí y ahora real, empieza la función con lo que tiene ese día. A veces les digo a mis compañeros: “Hoy estoy en un 40”. Y trabajamos desde ahí, sin empujar el lápiz ni hacer fuerza, jugando con lo que hay.

Que haya 200 personas, 180 o 250 también me modifica. La respiración del público llega y me da material. Todo me da material. Es como cuando éramos chicos: todo era posible.

Hablás mucho del juego, pero también de la exigencia. ¿Qué necesitás que suceda en una función para sentir que valió la pena?

Si no me pasa algo, si no aprendo en esa función, prefiero no hacerla más. Necesito seguir aprendiendo. Aprendo de Juan, del público, del maquinista, de la luz que me ilumina. Aprendo porque digo un texto que ya venía diciendo y, de pronto, ese día me resuena de otra manera. Me abre un mundo.

Hay una frase en la obra en la que Annie le dice a Sheldon: “A mí la lluvia me hace llorar”. Y cada día le agrego algo distinto: “La lluvia me hace llorar y los lunes también”, o “los perritos sarnosos también”. A veces Juan se da vuelta y me mira como diciendo: “Vos acabás de inventar que esto otro también te hace llorar”.

Cuando uno está melancólico, lo hace llorar hasta la llave de la luz. Esos permisos aparecen en escena y a veces el público se ríe, incluso en pleno horror mío. No es mi intención que se rían: es lo que me hace llorar hoy.

Tus personajes suelen permanecer en el recuerdo del público, incluso cuando tienen zonas oscuras. ¿Cómo se construye esa identidad que los espectadores reconocen en vos?

Intuyo que debe ser porque sigo usando cosas mías o cosas de mi entorno. Sigo pensando mucho en cómo era mi mamá, en cómo era mi abuela. Uno toma esos datos, ni siquiera para copiarlos, sino porque forman parte de la propia identidad. Si los ponés en la identidad del personaje, se genera un universo. Insisto: ese es el trabajo más hermoso que tenemos los actores.

Con algunos personajes pasó algo muy hermoso. En Casi Ángeles, por ejemplo, era tan mala y tan oscura que los personajes jóvenes de la tira empezaron a querer adoptarla para hacerle bien. El público tomó ese lugar también. La ayudaron a redimirse, y lo más hermoso es que se redimió siendo mala igual. La aceptaron así.

A lo largo de tu carrera pasaste por ficciones como este éxito que mencionás pero también Padre Coraje, Alma Pirata, La Leona y, más recientemente, Margarita. ¿Qué significa que tus personajes sigan encontrando espectadores de distintas generaciones?

Tuve la satisfacción de recibir abrazos de gente de cuarenta años que, de repente, se siente de veinte; de gente de quince, porque soy la tía, y ahora también de chicos de ocho años con Margarita. Eso es hermoso. Los personajes que me tocaron trascendieron en el cariño y la comprensión de la gente.

Me pasó también con MasterChef. En ese momento, cuando me paraban en la calle y me decían “¡MasterChef!”, y yo la estaba pasando mal. Hoy me paran y me dicen “¡Ay, yo te veía en MasterChef!” y me encanta también.

«…Como actriz me divierte ir buscando ese salto casi olímpico, pasar del buen humor al peor de los humores…»

En MasterChef Celebrity te mostraste sin la protección de un personaje de ficción. ¿Cómo viviste esa experiencia?

Hoy, con el diario del lunes, lo pasé bien; en el momento, no. Me sentía muy desprotegida porque no encontraba ese esqueleto. Pero ¿sabés qué? Me mandan capturas de fotos de MasterChef y digo: “Ah, pero era un personaje lindo”. Yo no lo estaba componiendo, no sé. Me dicen: “¡Lo que nos reíamos con vos!”, y yo me la pasaba así.

Me sentía desprotegida en mi capacidad de componer. Ahí no tenés un libro con un arco argumental que te sostenga. En las últimas emisiones empecé a ver que ese personaje ya tenía un recorrido y podía jugarlo con más tranquilidad. Sí lloré mucho cuando me fui: dije “no sirvo para nada, no sirvo para cocinar”. Igual, aprendí un montón, y eso para mí suma puntos.

Sí lloré mucho cuando me fui. Dije: “Ni siquiera fue como una mala función… No sirvo para nada. No sirvo para cocinar”. Igual, aprendí un montón, y eso para mí suma puntos. En cualquier obra, si no aprendo, no me sirve.

También encontraste en la música y el canto otra zona de tu trabajo, desde Manzi hasta Ellas son tango. ¿Qué te aportan esas experiencias?

Fue un descubrimiento precioso, muy valioso. Siento que el canto y la música me completan. Lo hago desde chiquitita y me encanta, pero poder incorporarlo a los personajes o a una propuesta como Manzi o Ellas son tango, que es puro tango, para mí es tocar el cielo con las manos.

Cantar con un músico al lado, con un instrumento que está respirando conmigo y yo con él. En Ellas son tango, cuando cantaba “Tinta roja”, sentía ese bandoneón ahí, casi acariciándome la espalda. Era un estado de gracia.

¿Hay algún personaje o universo que todavía tengas ganas de explorar?

Volver a componer a Nelly Omar, a quien hice desde dos ángulos diferentes en Manzi y en Ellas son tango, me dejó picando las ganas de seguir explorando. Siempre quise hacer una biografía de los últimos años de una cantante o de una actriz, contar algo de alguien en sus últimos momentos.

También hay una obra hermosa en el San Martín, La cuidadora, de Emiliano Dionisi, sobre una cuidadora en un geriátrico. Es un musical con títeres, una idea hermosa. Algún día se hará y ahí estaré, disfrutándola. Me interesa contar eso que no se cuenta tanto. Actuar es lo único que sé hacer, quizás, y lo único que me hace feliz.

¿Te cuesta decir que no a un proyecto? ¿Cómo elegís hoy qué historias querés contar?

Cuando tenía veinte o veinticinco años decía que sí a todo. No me importaba qué era, hasta que me pasó eso de decir: “Esto no me gusta. ¿Por qué voy a estar haciendo algo que no me gusta?”.

Ahora, que ya tengo 65 años, elijo lo que hago. ¿Me interesa contar esto? ¿Va algo de mí en lo que se cuenta? ¿Me mueve contar esto? A veces digo que no y me miran como diciendo: “¿Quién te creés que sos?”. Pero, sinceramente, en este momento de mi vida no estoy para contar esto o no siento que cuente nada.

Lo hago con el mayor de los respetos. A veces, cuando decís la verdad, en vez de tomarla como la verdad de alguien, se interpreta como un enfrentamiento. No me pasa por ahí. No soy ni de River ni de Boca: soy de Racing. No es estar en el medio, es ser otra.

En tu carrera hubo muchos años de ficción televisiva, pero hoy la producción argentina atraviesa un momento difícil. ¿Cómo ves el presente y qué creés que hace falta para que vuelva a crecer?

Cada día estoy más convencida de que tenemos actores maravillosos, directores maravillosos, creativos de ambientación, vestuario y escenografía, y guionistas del carajo. Tenemos ideas maravillosas. Lo que no tenemos es iniciativa de producción y, mucho menos, riesgo de producción.

Siento en la calle, cuando camino o salgo del teatro, que la gente desea ver ficción. En otras épocas hubo maravillas como Atreverse, que era una cámara negra y dos sillas, y la gente se prendía a ver una situación escénica, artística, poética, problemática. Me gustaría que la televisión vuelva a abrir ese espacio.

Creo que algo está latiendo y se está moviendo. Hay productores que se están juntando y ganas de salir de esto. No sé cuándo va a pasar, pero me alegro de que esté empezando a moverse.

En alguna oportunidad hablaste de tu espiritualidad y del agradecimiento. ¿Qué lugar ocupa hoy en tu vida?

Creo que sí, que la espiritualidad es algo que se me impartió. Tengo mi espiritualidad y también tengo otra cara. Tengo mi momento, como todo el mundo. De todo le saco jugo, obviamente, porque sirve. Pero me siento mucho más tranquila cuando puedo volver a mi centro.

Trato todas las mañanas de dar las gracias. Cuando me olvido, no me enojo conmigo, pero digo: “Algo está pasando”. El diablito anda por ahí. Soy muy poco talibanesca, antidogmática. Me encanta escuchar, pero cuando algo se presenta como la última y única palabra, no estoy de acuerdo. Cuando me dicen “esto es así y punto”, no. Punto no.

La espiritualidad no tiene que ver necesariamente con una religión, más allá de que soy creyente. Tiene que ver con tener el espíritu abierto hacia todos los lados. Y si tenés un poquito de espiritualidad, no te bajan de un hondazo a la tierra: bajás tranquilo vos.