Maxi Mc Coubrey: “La música es una forma de acceso directo a lo que somos”

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Para este prestigioso psicólogo y escritor: la música no es solo un recurso expresivo: es una vía de acceso. A la memoria, a la identidad, a lo que muchas veces no logra ponerse en palabras. En su trabajo clínico, ligado al trauma y a las experiencias complejas, las canciones aparecen como huellas, como anclajes, como formas posibles de decir (o de evitar) aquello que duele. Esa mirada es la que ahora lleva a escena en “Somos lo que cantamos”, el espectáculo que comparte con Alejandro Schujman y que propone un cruce entre psicología y música en vivo. Allí, lo que suele suceder en la intimidad del consultorio se expande: se vuelve experiencia colectiva, diálogo, identificación.

Con una combinación de reflexión, emoción y humor -entendido no como evasión sino como una forma de reposicionarse frente al dolor- la propuesta invita a escuchar(se) desde otro lugar. A preguntarse qué dicen de nosotros esas canciones que nos acompañan desde siempre. En esta entrevista con RANDOM, Mc Coubrey profundiza en ese vínculo entre música y subjetividad, y en el poder que tiene lo compartido cuando lo íntimo encuentra resonancia en otros.

Maxi es psicólogo clínico especializado en trauma complejo y abuso emocional. Sostiene que la integración entre la ciencia, el vínculo terapéutico, el humor y el arte constituye una vía legítima hacia la salud mental. Es autor, divulgador y docente, y acompaña procesos de comprensión e integración de experiencias complejas. Entre sus publicaciones se destacan El amor después del desamor y Traumalandia.

Tu trabajo está muy ligado al trauma y a las experiencias complejas. ¿Cómo aparece la música como herramienta de acceso o elaboración en ese universo?

La música está ligada a lo humano como una forma de lenguaje anterior, precursora a los signos lingüísticos. Es decir, forma parte de nuestra cultura, de nuestra organización social desde que somos especie. El ritmo, la melodía, la entonación… Está ligada a la memoria entonces, y a una memoria generacional, transgeneracional, intergeneracional. La música tiene que ver con la identidad, la música tiene que ver con los momentos evolutivos de la persona, por lo cual es una vía de acceso directa a esos momentos.

Podríamos decir, una de las formas de acceso a lo inconsciente por la cantidad de elementos que moviliza. Es decir, específicamente en el trauma o en el abuso emocional, la música podría pensarse como forma de comunicar algo o como forma de evitar algo. Es altamente específico e individual, pero que aparece siempre en la terapia como metáfora, como condensación de determinado momento, como ejemplo, como ejercicio.

Por lo menos en mi trabajo, a pesar de que no soy musicoterapeuta, la considero uno de los elementos que puede funcionar de anclaje. En relación al trauma también, ¿no? Tanto para bien como para mal. Puede ser una situación traumática que regrese por medio de la música, lógicamente. Y eso es muy interesante para trabajarlo, o inclusive para evitarlo. Y ver hasta dónde no hay que acercarse o por qué no hay que acercarse. ¿De qué manera se puede desensibilizar eso? Por por cómo lo veamos, desde donde lo veamos, la música, al estar ligada a la memoria, a la identidad y al lenguaje, está presente. Siempre en la psicoterapia, que de alguna manera, o de muchas maneras, trabaja con eso.

Foto gentileza Agencia Coral

“La música es una de las formas de acceso a lo inconsciente por la cantidad de elementos que moviliza.”

El espectáculo propone una experiencia sensible pero también con humor. ¿Qué lugar ocupa el humor cuando se abordan temas emocionalmente profundos?

Tenemos la tendencia a creer que los temas serios hay que abordarlos desde el drama. Pero si tenemos un avistaje y un acercamiento respetuoso a la delicadeza de algunos temas, creo que mirarlos desde la comedia es más proactivo y empuja hacia la irreverencia, la posibilidad de jugar con lo que está estancado y darle una dirección hacia adelante.

De las bellas artes más comunes, el drama y la comedia, me parece que ambas son serias. Pero darle lugar al humor, insisto, a la irreverencia, a la adecuada dosis de ironía, reposiciona frente al dolor. Y además es un mecanismo natural, aún en situaciones muy complejas los humanos recurrimos al humor.

Para aliviar, es una forma de alivio, de relajar las tensiones y de reposicionarnos rápidamente. Es como una catarsis que el sistema nervioso propone, inevitablemente. Y no tiene que ver con algo fácil o sonso o burlón. Son categorías distintas. Eso sería el mal humor, como podría ser también el mal drama, si los pensamos al drama y a la comedia como antagónicos. Así que, así, un llamado a la proactividad que la irreverencia, dentro de la tragedia o dentro de lo inevitable, propone.

¿Qué te interesaba explorar personalmente al aceptar este cruce entre psicología y música en formato teatral?

Me interesaba explorar es salir de mi zona de confort. Y es, si bien yo he hecho, he cantado en otras oportunidades, he tenido bandas, he cantado en coros, esto de hacerlo desde mi rol de psicólogo, el maxi psicólogo, que va a hablar de temas de psicología, pero también va a cantar, permite expandir mi zona de confort y además también, volviéndole irreverencia.

No estamos acostumbrados a pensar en estancos, el deberíamos, si yo soy psicólogo debería ser solemne y serio, no puede ser que debería cantar o usar el humor. Y me parece que hacer un llamado a la plasticidad posible, de hacer las cosas bien, tenemos un director musical, tenemos una directora de escena, tenemos un guion, tuvimos ensayos, ese movimiento que va desde lo establecido a lo no tan convencional, me parece que desafía a la gente, me desafía a mí y además, me motiva a seguir indagando espacios, costados míos que, no sé si que no me animo a ver, pero sí que desconozco.

Así que, creo que tiene que ver con eso, con una nueva forma de comunicación de lo mismo desde otro lugar, saliendo de la comodidad del consultorio, de la comodidad del psicólogo que puede hacer esto que estoy haciendo ahora, hablar de teoría y, qué pasa cuando le pones el cuerpo, cuando cantás, cuando te movés, cuando haces chistes, cuando hay otra dimensión y me parece que eso puede ayudar a la gente a que se lo propongan ellos, una forma de contagio sano.

En escena, lo íntimo se vuelve compartido. ¿Qué te pasa al ver cómo el público se reconoce en canciones o relatos que podrían ser propios?

Lo que pasa con la música, es como te decía, pregunta cuatro, lo que pasa con la música es la identificación directo a la memoria. Yo creo que pasa que con la música o con la intimidad de ciertos temas, nos unimos y somos grupo. Se rompe esto de el que está hablando y el otro que está mirando. Se forma como un diálogo que incluye, que aúna. Me parece que tiene que ver con la identificación grupal, me parece que tiene que ver con el hacer algo juntos. Y cuando eso pasa y está bien intencionado y tiene algo de belleza, es un lugar seguro.

Así que lo que me pasa es que me siento parte de algo más grande que yo. Eso me pasa. Lo mismo me pasa con las experiencias corales o cuando estás viendo una orquesta. Es como que hay una especie de fusión sin perder la conciencia de lo que uno es. Y eso es lo que hace el arte, que me parece fantástico. Pasa también con la conversación terapéutica. Pero en el teatro, cuando tenés la posibilidad de ir mezclando todo, es mucho más interesante tal vez, más intenso tal vez. Eso me pasa.

“Cada canción puede ser refugio… o puede ser algo que todavía no estamos listos para mirar.”

Trabajás mucho con la idea de integrar experiencias. ¿La música puede ser una forma de “ordenar” lo que sentimos cuando todo parece caótico?

La música es una forma de integración. Sí, lo es. La música interviene en lo interoceptivo, lo exteroceptivo. Si uno se empieza a mover. La audición, la memoria emocional. Algunas cuestiones que tienen que ver con lo inconsciente. La música es un ejemplo de integración. Lo mismo pasa con una buena conversación. Lo mismo pasa con un buen texto. Crea silencio. Aúna.

Entonces, me parece que poder tener la intención al menos de que eso funcione y de que eso suceda en una obra de teatro es muchísimo. En terapia, yo no soy musicoterapeuta, pero los ejercicios narrativos que incluyen música o experiencias sensibles, sensoriales, de reconocimiento del tono, de las fluctuaciones del cuerpo, eso es integrar. Es pensar de la cabeza hacia el cuerpo y del cuerpo hacia la cabeza. Así que sí, la música es un elemento privilegiado. El sonido, el ritmo es un elemento privilegiado para eso.

Si tuvieras que pensar en una canción que represente un proceso de sanación, ¿cuál te viene primero a la cabeza? ¿Por dónde puede empezar alguien para usar a las canciones como herramientas de sanacion?

Cada música puede sanar a alguien o cada música puede enfermar a alguien. Depende del momento, de la intención, de lo que metaforice. No sé si hay una canción para sanar. Podría decirte una canción que me sirve a mí o que me sirvió a mí en los momentos en que he tenido que sanar algo y la música ha vuelto.

My Way es una canción que canto en el espectáculo, que es de Sinatra. Y en su momento me sirvió mucho para pensar el fin, la muerte de alguien querido. Y pensar cómo en ese sonido todavía está. Esta abuela tan querida, que le gustaba tanto esta canción. Me viene ahora esto a la mente. Creo que también la canción libre de Nino Bravo, que no la canto en la obra, pero una vez que me separé y pude lograr cantar esa canción después de mucho tiempo. O sea, es altamente individual. Es como la narrativa que uno inaugura, forja para el momento en el que está.

Yo creo que la gente tiene que sentir, si quiere empezar a integrar la música a su vida, y darle tiempo a ese sentimiento y transcurrir la canción. Hay gente en movimiento, hay gente sentada. Pero como forma de meditación, con un propósito, me parece excelente. “El otro lado del río”, pienso también, fue una canción que me sirvió mucho en un momento que estaba dudando de ciertas cosas de mi vida. Pensar esto, creo que he visto una luz al otro lado del río. Entonces, altamente individual. El aprovechamiento individual de la música, tal vez se puede explicar esto y utilizarlo como excusa para sentarnos a meditar y a pensarnos. Tanto de manera individual como grupal.

Pero es altamente individual. No podés decir qué canción puede escuchar alguien para hacerlo. Sí, canciones que lo motiven a mejorarse, a ser una mejor versión de ellos mismos o de ellas mismas. A mí me gustan las canciones que no dan órdenes, ni que son onomatopéyicas, sino que tienen algo de poesía. Si te llega, ahí hay algo de tu historia.

Tus libros tienen una fuerte impronta de comprensión y reparación. ¿La música puede funcionar como una especie de puente entre lo que entendemos racionalmente y lo que todavía duele?

Tanto el amor después del desamor, que si te pones a pensar es la canción de Fito Páez, el amor después del amor, como Traumalandia intervienen directamente en la obra. El amor después del desamor es el disfraz del amor, el desamor, el abuso, la intermitencia disfrazada de te voy a cuidar y me convierto en lo peor que te pasó en la vida.

Hay una parte entera en la que hablamos de desamor y Traumalandia es ese lugar al que somos llevados cuando algo de los recuerdos nos enferma y tenemos que volver a la tierra de ese lugar sombrío, confuso, disonante. Y también está Traumalandia en la obra. Hablamos de trauma, hablo de trauma. Hacemos un ping pong de Alejandro. Así que es una integración de estos dos libros que escribí, sintética, como si fueran pequeñas gotitas, esencia de eso, pero el espíritu está presente en ambos.

¿Qué creés que Alejandro aporta a este espectáculo que lo vuelve único?

Alejandro lo que aporta a la obra es la obra en sí. Creo que ambos somos auténticos en que lo que mostramos es lo que somos. Un poco de teoría, un poco de música, un poco de irreverencia, un poco de solemnidad. El ir más allá de nuestros propios límites, empujarnos a encontrar nuevas versiones de nosotros mismos.

Creo que en eso nos asemejamos. Por eso estamos construyendo una amistad con Ale. Me parece que tiene que ver con eso, con animarnos a eso y a hacerlo juntos. Alejandro aporta es manejo escénico. Alejandro tiene mucho timing en esto, mucho más que yo. Y también aporta, me parece que la claridad de alguien que ya pasó por muchas cosas y que tiene mucha tela cortada y que eso en escena se ve, sobre todo en la manera en la que articula lo que piensa con lo que dice. Coherencia aporta Alejandro. Me parece que a pesar de ser una comedia lo que va a ir a ver la gente es una obra coherente.

Por otro lado, ¿En qué estás trabajando a nivel personal, nuevos libros, conferencias?

Estoy trabajando en un workshop que voy a dar en junio en el Paseo de la Plaza. Inauguro una serie de workshops ahora presenciales, volver a lo presencial, al encuentro, al contacto, que se llama El apego se sana con apego. La necesidad de que lo que se alteró, vulneró o rompió en una relación con otro, se sane, se integre, se recupere en una nueva relación con otro.

Encontrarnos desde un lugar seguro, encontrarnos y validarnos, salir de la confusión, de la disonancia. No se necesita una multitud, pero sí un par de otros significativos que nos den ese espacio. Así que eso, construir, estoy construyendo esto de los workshops, seguramente tengo que presentar el traumalandia ahora en la feria del libro.

Después sigo dando clases, estoy formando colegas, tengo grupos de reflexión, la terapia individual. Me gusta mucho mi trabajo y la verdad que estoy muy acostumbrado a trabajar mucho y lo disfruto, hay veces tengo que aprender a parar, pero bueno, creo que en eso con él estamos en la misma línea, intentando trabajar y frenar también, porque ya, viste, yo estoy en los 50 y él está en los 60 y es una época que ya no nos rinde el cuerpo cuando estábamos en los 30, así que bueno, ahí estamos. Pero con mucha actividad, gracias a Dios y gracias a la gente que sigue confiando en mi trabajo.

A lo largo de la conversación, Mc Coubrey vuelve una y otra vez sobre una idea: la música no es un adorno emocional, es una forma de acceso. A lo que fuimos, a lo que somos, a lo que todavía no terminamos de entender. Pero también es algo más inestable, más vivo. Puede ser refugio o disparador, puente o límite. No hay fórmulas ni canciones universales. Hay historias. Hay momentos. Hay decisiones -conscientes o no- sobre qué escuchar y qué evitar.

En Somos lo que cantamos, esa experiencia deja de ser individual para volverse compartida. Y en ese pasaje, donde lo íntimo encuentra eco en otros, aparece algo que no se puede ensayar del todo: la identificación, el encuentro, lo grupal. Quizás ahí esté la clave. No en encontrar una canción que explique todo, sino en animarse a escuchar qué parte de la propia historia sigue sonando.

Somos los que cantamos estrena el lunes 18 de mayo, 20:30 hs | Paseo La Plaza