Damián Szifron vuelve a dirigir y en El sobrino pone en juego su obsesión más incómoda. Volver no siempre es un gesto de continuidad. A veces es una forma de riesgo. Después de años sin dirigir, Damián Szifron regresa al cine con una nueva película y, más que apoyarse en lo que ya hizo, parece dispuesto a tensionarlo. Porque si algo definió su obra -desde Los Simuladores hasta Relatos salvajes- fue esa capacidad para observar lo humano cuando empieza a desbordarse. Cuando el control falla. Cuando lo que creemos ser entra en crisis.
El sobrino, su nuevo proyecto junto a Netflix y K&S Films, no rompe con esa tradición: la afina. La vuelve más íntima. Más silenciosa. Y, quizás por eso, más inquietante. Hay algo perturbador en el talento cuando aparece demasiado cerca. No el propio —ese que se construye y se defiende— sino el ajeno, cuando irrumpe sin aviso, cuando nace en otro cuerpo pero amenaza el territorio propio. Más aún si ese cuerpo es el de un niño. Más aún si ese niño es familia.
Ahí empieza El sobrino.
Un pianista de renombre internacional, en la cima de su carrera, ve tambalear su mundo cuando descubre que su sobrino de nueve años posee un talento musical que podría superarlo. La premisa es simple, pero la grieta que abre es profunda: ¿qué pasa cuando el talento deja de ser identidad y se convierte en espejo?
Hay algo reconocible en Szifron incluso cuando cambia de registro. La tensión sigue ahí, pero parece más contenida. Más precisa. Según sus productores, esta podría ser su película más ambiciosa a nivel emocional:
El protagonista —interpretado por Leonardo Sbaraglia— es un hombre hecho de precisión. Un intérprete que ha convertido el control en forma de vida. Lo que sigue no es solo una crisis profesional. Es algo más difícil de nombrar: una fisura en la propia identidad. Porque en el universo de la música clásica, donde la excelencia no admite errores, el talento no es una virtud. Es un destino. Y cuando ese destino parece cambiar de dueño, todo lo demás empieza a tambalear.
La película se desplaza: Buenos Aires, Hamburgo, Londres, Nueva York. Pero el verdadero movimiento es interno. Un corrimiento. Una pérdida progresiva de certezas. Junto a Sbaraglia, el elenco suma a Rita Cortese, Luisana Lopilato y Valeria Lois, en una red de vínculos donde lo afectivo nunca está del todo a salvo. Y en el centro, Luan Adler Fuks, no solo como personaje sino como presencia que desordena todo.

Szifron habla del inicio de rodaje como un cruce de umbral. Su testimonio, completo, funciona como una declaración de principios: “Empezar un rodaje es una experiencia intensa. Marca el punto en que un importante caudal de ideas visuales y narrativas, largamente conversadas con equipos de artistas y colaboradores, cruzan el umbral de la imaginación y comienzan a transformarse en imágenes y sonidos concretos. Se trata de un proceso de materialización fascinante que se parece a la magia, pero que con frecuencia se produce bajo condiciones de mucha presión, porque hacer cine es caro y riesgoso. El desafío es mantenerse creativo y sensible en ese contexto, y encontrar aliados que comprendan y potencien la tarea.
La película se desplaza: Buenos Aires, Hamburgo, Londres, Nueva York. Pero el verdadero movimiento es interno.
Desde que tengo memoria, las películas que más me impactaron habitan en la intersección entre arte e industria. Hoy, esa intersección es cada vez más delgada, por eso considero un privilegio el apoyo contundente de Netflix, principal productor de contenido a nivel global, y de K&S Films —a esta altura, parte de mi familia—, a la hora de contar esta historia.
Leo está en un momento actoral increíble: lúcido, profundo, maduro y vital, y me entusiasman especialmente la reconexión con mi adorada Rita, el encuentro con Luisana y Valeria, el descubrimiento de un actor tan joven y singular como Luan, y la oportunidad de colaborar con Franco Nero, ídolo máximo de mi infancia. Nueva película. Nueva aventura. Allá vamos”, declaró en un comunicado que acaba de presentar Netlfix.


Cuando lo entrevistamos para la edición 75 de RANDOM el prestigioso director también habló del proceso creativo y de la intimidad de la creación en el hogar. Acá te compartimos un fragmento de la entrevista que le hicimos para la edición en papel:
Esta película, ¿Te agarra en tu mejor momento de escritor, de mayor fluidez creativa? O tengo que pensar que esa bañadera donde escribís es mágica… (Risas)
Lo tengo que desmitificar a eso que dije alguna vez, es que no escribo solo en la bañadera (sigue tentado), escribo en bares, en el estudio, en mi casa, son múltiples lugares pero hay algo real en el contacto con esas sustancias, por así decirlo, como el fuego, el agua, las estrellas. Si escribís desde el placer me parece que lo hacés mucho mejor porque si tenés que elegir entre quedarte pensando frente al fuego y optás por escribir, es que lo que estás escribiendo vale la pena. Son cosas que se han ido logrando gracias al trabajo. Mi familia fue muy generosa con los juguetes, películas, fotos, videos o súper 8 que había en mi casa y esos han sido los mejores regalos que me pudieran haber hecho.
Y eso que venimos de una generación que si bien no somos la de “mi hijo el doctor”, tampoco existía tanta licencia para lo creativo. Es muy justo tu reconocimiento a tus padres…
Recibí mucho apoyo siempre y un apoyo que no perseguía resultados. A nadie se le cruzó por la cabeza que yo me iba a dedicar a realizar cine o escribir películas. Primero fui muy alimentado como espectador. Mi viejo tenía una gran pasión por el cine y me fue mostrando las grandes películas desde muy chico. Fue gracias a los dos, mi mamá y mi papá, pero tuve un gran maestro que me inauguró un montón de caminos, no había nada más maravilloso para mí que ir a ver una película a la calle Lavalle. Ningún programa comparable a eso, ni el “Italpark” (parque de diversiones), ni jugar al fútbol, ni viajar a Disney. Nada de lo que otros compañeritos podían desear se comparaba al placer de ver una película. Cada vez que entro a ver una película salgo siendo otra persona. De hecho hago el ejercicio de pensar quién hubiera sido yo si no hubiera visto todas las películas que vi y definitivamente sería otro tipo, creo que mucho menos interesante.


¿Y cómo son tus sostenes actuales? Imagino que en la paciencia de tu esposa María Marull, por ejemplo, comprendiendo esos momentos de soledad y escritura…
Absolutamente, no tengo dudas que la creación, independientemente que sea de una firma, involucra a mucha gente que incide de alguna manera radical y se mantiene en las sombras. Muchas veces mis películas están atravesadas por mi relación con mis padres, con mi mujer, ahora con mis hijas. Por ejemplo, la liberación en términos del pensamiento inconsciente que produjo en mí el hecho de ser padre no tiene nombre. Como pasás a comprender todo de otra manera, la mirada, a quién le escribís, en quién pensás. Eso modifica el material cuando tenés en cuenta la mirada del otro. Una mujer como la que tengo yo es absolutamente influyente sobre las cosas que escribo, sobre cómo lo escribo. Y ya te digo la relación con mis hijas es increíble, una acaba de nacer, toda esta etapa estuvo atravesada por el embarazo, el nacimiento y la crianza de mis hijas.
La vieja obsesión, en otro tono
Hay algo reconocible en Szifron incluso cuando cambia de registro. La tensión sigue ahí, pero parece más contenida. Más precisa. Según sus productores, esta podría ser su película más ambiciosa a nivel emocional: una historia que usa la comedia para explorar zonas más densas —la familia, la creación, el paso del tiempo— sin perder nunca el pulso narrativo.
En el fondo, El sobrino vuelve a una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con aquello que nos define cuando deja de pertenecernos? Tal vez no sea una película sobre la música. Ni siquiera sobre el talento. Tal vez sea sobre ese instante en el que alguien cercano nos obliga a mirarnos de nuevo. Y descubrir que ya no somos exactamente quienes creíamos ser.







