El vino que nunca queda solari

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Hay una regla no escrita que se cumple en casi todas las reuniones de amigos. No importa si es un cumpleaños, un asado improvisado, una noche de truco o esos partidos de la Selección que convierten cualquier living en una tribuna. Siempre llega el momento más difícil de la organización.

—¿Qué llevamos para tomar?

Ahí aparecen las primeras diferencias. El fanático de la cerveza artesanal. El que no abandona el fernet ni aunque juegue Argentina una final del mundo. El que compra gin porque «es más fresco» y hoy sigue estando de moda. Y no falta el que se hace el sofisticado con un whisky que nadie pidió (pero que igual se agradece aunque en épocas de crisis son menos los de esta categoría). Y también está el del vino, que suele tener un problema: convencer al resto.

Sabemos que elegir un vino para compartir no es lo mismo que elegir uno para uno. Cuando comprás una botella para tomar solo, podés darte el gusto de buscar un Cabernet Franc bien especiado, un Pinot Noir delicado o un blend raro que encontraste de casualidad, pero cuando la botella va al medio de la mesa, deja de ser un gusto personal para convertirse en una especie de acuerdo democrático. Y ahí, pocas veces falla el Malbec.

No es casualidad. Hay cepas que enamoran a algunos y desconciertan a otros. El Malbec, en cambio, tiene esa rara virtud de ser amable sin perder personalidad: tiene cuerpo sin ser pesado, fruta sin empalagar y carácter sin necesidad de levantar la voz. Es ese amigo que puede sentarse en cualquier mesa y al rato ya está conversando con todos.

Julio suele convertirse en el mes de la amistad, de los reencuentros y de las excusas para levantar una copa. Si me preguntaran qué llevar cuando hay muchas personas alrededor de la mesa y pocos acuerdos sobre los gustos, esta vez no tendría dudas.

Quizás por eso terminó convirtiéndose en nuestro vino. No solamente porque Argentina lo haya llevado a un nivel extraordinario, sino porque refleja bastante bien una forma de ser. Nos gusta discutir de fútbol, de política o de música, pero cuando alguien sirve una copa de un buen Malbec, la charla encuentra un punto de acuerdo. Y si hablamos de Malbecs que parecen hechos para esas ocasiones, el de Durigutti entra en esa categoría con absoluta justicia.

Los hermanos Durigutti hace años entendieron que un gran vino no necesita disfrazarse de inaccesible. Detrás de esta botella hay precisión, respeto por el viñedo y muchísimo trabajo en la bodega, pero lo que llega a la copa es algo mucho más simple de explicar: equilibrio. No busca impresionar desde el primer sorbo. Hace algo más difícil y se deja querer. Tiene fruta madura, buena estructura, taninos redondos y esa frescura que hace que una copa invite naturalmente a la siguiente. Es un Malbec que puede acompañar una tabla de quesos con unos salames caroyenses (o de Oncativo para que no se me enojen), unas empanadas, un asado completo o incluso una charla que se estira hasta la madrugada cuando nos olvidamos del reloj.

Asi como hay vinos que son para guardar y otros para descorchar en una fecha especial; este pertenece a otra categoría que a veces valoramos poco: los vinos que hacen quedar bien al que los llevó. Estamos de acuerdo que todos conocemos esa escena. La botella pasa de mano en mano y aguien la prueba y levanta las cejas. Otro pregunta cuál es. Un tercero ya está sirviendo otra copa. Cuando eso ocurre, el vino deja de ser protagonista para transformarse en parte de la reunión. Y, en el fondo, esa es la misión más noble que puede tener.

Nos gusta discutir de fútbol, de política o de música, pero cuando alguien sirve una copa de un buen Malbec, la charla encuentra un punto de acuerdo. Y si hablamos de Malbecs que parecen hechos para esas ocasiones, el de Durigutti entra en esa categoría con absoluta justicia.

Julio suele convertirse en el mes de la amistad, de los reencuentros y de las excusas para levantar una copa. Si me preguntaran qué llevar cuando hay muchas personas alrededor de la mesa y pocos acuerdos sobre los gustos, esta vez no tendría dudas. Sabemos que hay gente que compra vinos para impresionar y por ese snobismo paga un precio innecesario (y obtener  así un status exprés), pero la clave en las juntadas son esos vinos que consiguen algo mucho más difícil: que todos quieran repetir.

Vino recomendado: Durigutti Malbec.

Con quién degustarlo: Con esos amigos que, aunque no se vean seguido, siempre hacen que la conversación continúe donde quedó la última vez y se la exagere un poquito.

Costo aprox. $16000 al cierre de esta nota: