«A Pichuco se lo amaba sin condiciones, como a una prolongación de la propia ciudad.» — Astor Piazzolla
Como admirador de la memoria sonora, pocas veces nos enfrentamos a una pieza de orfebrería emocional tan densa y precisa como la Suite Troileana que Astor Piazzolla compuso en 1975 como respuesta al luto por la muerte de Aníbal «Pichuco» Troilo.


Si despojamos a la obra de su estructura formal y nos adentramos en sus entrañas mitológicas, descubrimos que los primeros movimientos de esta suite no son meras piezas musicales: son los cuatro altares profanos sobre los que se construyó la vida de Troilo. Pichuco no fue solo un músico; fue una persona de pasiones absolutas, un hombre habitado por obsesiones tan humanas que terminaron convirtiéndose en arte puro.
En esta columna, nos adentraremos en cómo Piazzolla retrata magistralmente los grandes amores de Troilo en el inicio de esta travesía: el Bandoneón, Zita, el Whisky y el Escolazo.


I. El Bandoneón: La voz encarnada en un fuelle
El primer movimiento de la suite lleva por título, llanamente, Bandoneón. Pero en el universo de Troilo, el fuelle no era un instrumento de trabajo; era una extremidad de su propio cuerpo, un altar de sonidos.
- Lo que escuchamos: Piazzolla esculpe este movimiento como un latido denso. El bandoneón de Pichuco no cantaba alegremente; roncaba, suspiraba y lloraba con una voz ronca que parecía arrastrar las calles de Buenos Aires. En este primer panel sonoro, Piazzolla retrata el matrimonio indisoluble entre el hombre y su caja de resonancia. Era una relación de dependencia simbiótica: Troilo le soplaba el alma en cada sonido, y el instrumento le devolvía la única verdad que el mundo le debía.
II. Zita (Ida Grandinetti): El Refugio del Hogar
Para entender a un ser nocturno como Troilo, hay que mirar a su puerto seguro: Zita. Su esposa, su compañera de toda la vida, la mujer que sostuvo los abismos, las ausencias y las borracheras del maestro con una mezcla de firmeza inquebrantable y amor infinito.
- Lo que escuchamos: Aunque el título oficial de los movimientos posteriores varía, la atmósfera que Piazzolla imprime a la intimidad de la suite (en esa mezcla de ternura y melancolía que impregna Tristezas de Aníbal) evoca inevitablemente el espacio que Zita custodiaba. Ella era la frontera entre el genio desbocado y la cordura del hogar. En la partitura, esto se traduce en acordes protectores, en una pausa cálida dentro del vértigo porteño, recordándonos que detrás del mito siempre hubo una mano firme que cuidaba la frágil salud del gigante.

III. El Whisky: El fuego de la Noche y la Sombra
No se puede narrar la bohemia de Pichuco sin el ámbar líquido que coronaba sus madrugadas. El whisky (el «blanco y negro» de las largas charlas de boliche) era tanto su anestesia como su combustible creativo.
- Lo que escuchamos: En el pulso rítmico y denso de la suite, esa atmósfera brumosa funciona como el humo de los cigarrillos y el destello del vaso en la mesa de un cabaret a las tres de la mañana. El alcohol en la vida de Troilo no era un vicio vulgar, sino el vehículo de una melancolía metafísica. Piazzolla musicaliza ese trago amargo y dulce a la vez; el ardor que quemaba la garganta y que luego se transformaba en una nota sostenida, flotando en el aire espeso de la noche porteña.
IV. El Escolazo: La Pasión por los Burros y la Sorte de la Azotea
El cuarto gran amor de Troilo ocurría en los hipódromos. El escolazo (las carreras de caballos, la timba) era su religión paralela. Pichuco podía perder una fortuna en una tarde en Palermo y salir del hipódromo silbando un tango con la misma elegancia con la que había entrado.
- Lo que escuchamos: En los movimientos más dinámicos de la suite —como aquel que evoca los objetos y el bullicio de su mundo en El Cachivache— late el vértigo de la apuesta. El turf representaba para Troilo la incertidumbre de la vida misma: el riesgo, la velocidad de los purasangres cruzando la recta final, el azar y la fe ciega en un pálpito. Era la adrenalina que contrastaba con la infinita tristeza de sus milongas.


Epílogo Curatorial
Escuchar los primeros compases de la Suite Troileana es asistir a una autopsia poética. Astor Piazzolla no idealizó a su maestro; lo retrató en su totalidad, con su fuelle, su gran amor, sus vicios y sus pasiones de naipe y burro.
Pichuco amaba el bandoneón porque le daba voz; a Zita porque le daba paz; al whisky porque le abría la puerta de la noche; y al escolazo porque creía en el milagro del azar. En las manos de Piazzolla, esos cuatro amores se convirtieron en mármol eterno, demostrando que los grandes hombres no se miden por sus medallas, sino por la intensidad con la que abrazaron sus propias debilidades.








