Accidentes afortunados: los descubrimientos científicos que ocurrieron de pura casualidad

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Un chocolate derretido en un bolsillo. Un pegamento demasiado débil. Una placa de Petri olvidada durante unas vacaciones. Algunos de los descubrimientos que cambiaron el mundo no nacieron de un plan perfecto ni de un científico que sabía exactamente qué estaba buscando. A veces hubo algo mucho más interesante: un accidente, un error o una circunstancia inesperada y alguien que decidió mirar dos veces antes de tirar todo a la basura.

Louis Pasteur lo resumió hace más de un siglo con una frase que todavía parece escrita para estos casos: “El azar solo favorece a la mente preparada”. No hablaba simplemente de tener suerte. Hablaba de esa capacidad bastante rara de reconocer algo importante cuando aparece delante de nosotros, incluso cuando no era lo que estábamos buscando.

El moho que mató bacterias (y salvó millones de vidas)

En septiembre de 1928, Alexander Fleming regresó de sus vacaciones en Suffolk y encontró su laboratorio del Hospital St. Mary de Londres prácticamente como lo había dejado. Entre las placas de Petri que habían quedado sobre una mesada había una contaminada con un moho de color azul verdoso.

Lo curioso no era que hubiera aparecido moho en una placa. Lo que llamó la atención de Fleming fue otra cosa: alrededor del hongo había quedado un círculo perfectamente limpio, sin bacterias. En lugar de descartar la placa contaminada, se quedó observándola.

Fleming comenzó a investigar y descubrió que el hongo, identificado hoy como Penicillium rubens, producía una sustancia capaz de inhibir el crecimiento de determinadas bacterias. La llamó penicilina.

El descubrimiento tardaría más de una década en convertirse en un medicamento de uso amplio, pero terminaría transformando la medicina. Durante la Segunda Guerra Mundial, la producción masiva de penicilina permitió tratar infecciones que hasta entonces podían ser mortales y contribuyó a salvar millones de vidas.

Lo extraordinario es que Fleming no estaba buscando un antibiótico ese día. Una placa contaminada, que podía haber terminado directamente en la basura, terminó abriendo una de las revoluciones médicas más importantes del siglo XX.

El radar que cocinó un chocolate

En 1945, el ingeniero estadounidense Percy Spencer trabajaba para Raytheon desarrollando tecnología de radar. Mientras estaba cerca de un magnetrón en funcionamiento, notó algo extraño: la barra de chocolate que llevaba en el bolsillo se había derretido.

En lugar de limpiarse el bolsillo y continuar con su trabajo, Spencer quiso averiguar qué había ocurrido. Hizo algunas pruebas con palomitas de maíz y después con un huevo. Las pruebas demostraron que las microondas podían calentar los alimentos de una manera completamente nueva.

El principio estaba relacionado con la interacción de las ondas electromagnéticas con las moléculas de agua presentes en los alimentos. Spencer entendió que aquella tecnología desarrollada para la guerra podía tener otra aplicación mucho más doméstica.

Al año siguiente, Raytheon patentó un sistema de cocción por microondas. El primer horno comercial era prácticamente un monstruo de cocina: medía alrededor de 1,80 metros y pesaba unos 340 kilos. Costaba una fortuna y estaba muy lejos del aparato que hoy tenemos sobre la mesada.

Aun así, aquella barra de chocolate derretida había revelado algo que nadie estaba buscando. El horno microondas había comenzado con una pregunta tan sencilla como “¿por qué se derritió esto?”.

El pegamento demasiado débil

En 1968, el investigador de 3M Spencer Silver estaba intentando desarrollar un adhesivo más fuerte. El resultado fue casi exactamente lo contrario: consiguió un pegamento que podía adherirse a una superficie, pero también podía despegarse fácilmente sin dejar residuos importantes.

Desde el punto de vista del proyecto original, parecía un fracaso. 3M no encontró inicialmente una aplicación comercial evidente y el invento quedó archivado.

Pero seis años después apareció otro problema, esta vez mucho más cotidiano. Art Fry, colega de Silver, estaba cansado de que el marcador que utilizaba en su himnario se cayera constantemente. Entonces recordó aquel extraño adhesivo que parecía no servir para demasiado.

La idea apareció casi de golpe: ¿y si ese pegamento removible fuera justamente lo que necesitaba para mantener el papel en su lugar?

Así nació la idea que terminaría convirtiéndose en los Post-it. El producto llegó al mercado después de varios años de desarrollo y se transformó en uno de los artículos de oficina más reconocibles del mundo.

La ironía es perfecta: Silver había pasado años intentando conseguir un adhesivo fuerte y terminó creando, sin saberlo, algo cuyo valor estaba precisamente en ser fácil de despegar.

La lluvia que descubrió la radioactividad

En 1896, el físico francés Henri Becquerel estaba investigando las sales de uranio. Su hipótesis era que estos materiales podían emitir una radiación después de haber sido expuestos a la luz solar, una idea relacionada con los recientes descubrimientos sobre los rayos X.

Preparó placas fotográficas protegidas de la luz y colocó cerca de ellas materiales que contenían uranio. Pero entonces ocurrió algo que ningún científico puede controlar: París se quedó sin sol.

Durante varios días el cielo permaneció nublado. Becquerel guardó las placas en un cajón y esperó a que mejorara el tiempo. Cuando finalmente decidió revelarlas, esperaba encontrar una imagen débil.

Ocurrió exactamente lo contrario. Las placas aparecieron fuertemente impresionadas. El uranio había producido el efecto sin necesidad de luz solar.

Becquerel acababa de descubrir que ciertas sustancias podían emitir radiación espontáneamente. Aquel resultado inesperado abrió una nueva línea de investigación que sería fundamental para el desarrollo de la física nuclear y, poco después, para los trabajos de Marie y Pierre Curie.

En este caso, el experimento que no salió como estaba previsto terminó siendo mucho más importante que el que Becquerel había imaginado.

Lo que une a todos estos accidentes

Un chocolate derretido. Un hongo en una placa. Un adhesivo que no pegaba lo suficiente. Unos días de lluvia en París. Las historias parecen diferentes, pero tienen algo en común.

La casualidad puso el acontecimiento delante de ellos. Lo verdaderamente extraordinario ocurrió después. Fleming miró la placa. Spencer investigó el chocolate. Silver no descartó su adhesivo. Becquerel reveló las placas aunque su experimento parecía haber fracasado.

Ninguno se limitó a pensar que algo había salido mal y siguió adelante. Todos hicieron, de una manera u otra, la misma pregunta: ¿por qué?

Y quizá esa sea la parte más interesante de estas historias. La ciencia no siempre avanza porque alguien encuentra exactamente lo que estaba buscando. A veces avanza porque alguien se detiene frente a un error y tiene la suficiente curiosidad para no dejarlo pasar.

La casualidad reparte las cartas. La curiosidad decide la partida.