Con La Profecía del Albergue, Nicolás Manasseri vuelve a poner en escena un teatro donde el humor, el absurdo, el terror, la música y el movimiento conviven sin pedir permiso. Actor, director, dramaturgo y compositor, Manasseri habla con RANDOM sobre el proceso de creación de la obra, el recorrido compartido con Fernanda, la experiencia de El funeral de los objetos y el lugar que ocupa hoy PHEPANDÚ en su manera de pensar el arte. Una conversación sobre el teatro como ritual, como juego y, sobre todo, como encuentro con el otro.
El teatro de Nicolás Manasseri parece encontrar su potencia precisamente en los lugares donde las categorías empiezan a desdibujarse. En La Profecía del Albergue, su nueva creación, el thriller se cruza con la comedia negra, el absurdo y el musical para construir una experiencia en la que el espectador no ocupa un lugar pasivo: debe mirar, sospechar, seguir pistas y dejarse llevar por un ritmo que no se detiene.
La obra es también el resultado de un recorrido. Después de varias temporadas de El funeral de los objetos, Manasseri y Fernanda encontraron en aquella experiencia una forma de entender la escena desde la combinación de disciplinas, la teatralidad y el juego. Ahora ese aprendizaje se transforma en una nueva propuesta, atravesada por el grotesco, la música y una narrativa que recupera la lógica del whodunnit: ese mecanismo clásico en el que todos pueden ser sospechosos y el público intenta descubrir quién es el asesino.
Pero hablar con Manasseri sobre teatro es inevitablemente hablar de algo más amplio. De la creación colectiva, del cuerpo presente, del aquí y ahora de cada función y de la necesidad de permanecer en movimiento. En su recorrido artístico, además, ocupa múltiples lugares: escribe, dirige, actúa y compone. Y desde PHEPANDÚ —colectivo cuyo nombre significa “metáfora”— desarrolla una concepción del arte como una forma de simbolizar y encontrar sentido en un mundo que, muchas veces, resulta complejo, maravilloso e incomprensible.
En esta conversación con RANDOM, Manasseri recorre esas ideas y vuelve una y otra vez sobre una certeza: el teatro sucede con otros. Incluso cuando el artista trabaja en soledad, la escena siempre termina siendo un espacio compartido.
—La Profecía del Albergue tiene una combinación bastante particular: thriller, comedia negra, absurdo y musical. ¿En qué momento apareció esa mezcla como lenguaje de la obra y qué les permite contar que quizás otro género no les hubiera permitido?
Luego de varias temporadas con la obra El funeral de los objetos, nos dimos cuenta de la potencia del género en la combinación de disciplinas artísticas y de lo divertido que podría ser combinar lo terrorífico con lo absurdo y lo musical. Es una obra cargada de teatro, ritmo, dinamismo, música y movimiento. Un musical que no abunda y una forma de abordarlo muy nueva y divertida.
—Elegís llevar al teatro musical argentino la lógica del whodunnit, ese juego de sospechas y pistas donde el espectador intenta descubrir quién es el asesino. ¿Qué te interesaba especialmente de ese género y qué posibilidades encontraste al cruzarlo con el humor y la música?
Nos interesaba mucho la idea de tener a un espectador totalmente activo y que intenta resolver desde su butaca una lógica narrativa. Trabajamos este género mucho desde el grotesco, donde lo más importante no es la historia en sí, sino la manera de contarla. Buscamos atrapar a un espectador que actualmente se encuentra sobreestimulado y buscamos ese dinamismo y entretenimiento desde el principio, sabiendo que la propuesta es potente y muy divertida.


—En esta obra asumís varios roles: sos uno de los creadores, escribiste el libro, componés junto a Fernanda, actuás y además dirigís. ¿Cómo convivís con todas esas funciones sin que una termine condicionando a la otra? O bien, ¿en qué momento dejás de mirar la obra como autor para empezar a verla como director o como actor?
No es la primera vez que sucede, ni será la última. Venimos del teatro independiente y ahí la multiplicidad de roles es algo casi habitual. Escribirla, dirigir y actuar no son procesos complementarios, pero sí compatibles. Todo es caos al principio y requiere de mucho esfuerzo, desgaste y de un elenco y equipo artístico bien sólido que acompañe y esté disponible.
«..Soy una persona bastante solitaria y amo estar solo, pero es imposible pensarme como un individuo aislado. Somos sujetos colectivos, sin el otro no existimos…»
—Con Fernanda vienen de una experiencia muy particular como El funeral de los objetos, que además de sostenerse durante años encontró una conexión muy fuerte con el público. ¿Qué tuvieron en cuenta de ese recorrido que inevitablemente aparece ahora en esta nueva creación?
Muchas cosas, sobre todo la idea de una teatralidad potente, dinámica, con un sello bien particular, propio. Ahhh, y que si arriba del escenario nos divertimos, el público lo hace por dos.
—En tu recorrido artístico, ¿qué cosas sentís que fueron cambiando en tu manera de entender el teatro y de construir una obra en una era dominada por las imágenes y los videos?
Creo siempre estar en movimiento. Nunca nada, ninguna idea, concepto o conclusión es definitiva. Todo siempre debe ser puesto en duda. De lo único que puedo tener certezas es que es el deseo el que guía, y se retroalimenta, por supuesto, de lo que uno recibe del otro. Sea el espectador, el actor, la sociedad.
Nunca supe bien qué es lo que me moviliza a elegir el teatro, pero sé que seguro está relacionado con la labor colectiva del mismo y con la construcción del aquí y ahora, una de las pocas cosas que lo diferencia de las demás disciplinas. También su misión ritualista de cada función: ese encuentro único e irrepetible y, por qué no, irreparable, encuentro con el espectador, con el otro.
Me encanta la potencia de lo visual, pero el cuerpo en vivo recrudece y vuelve a construir algo nuevo.

—PHEPANDÚ parece funcionar no solamente como una compañía sino también como un espacio de experimentación donde distintas disciplinas terminan encontrándose. ¿Qué lugar ocupa hoy ese colectivo en tu manera de pensar y producir teatro?
Hoy PHEPANDÚ manifiesta mi ser colectivo y artístico en todos sus sentidos. Su significado es “metáfora” y creo que es esa palabra justa para describir por qué hacemos esto. Y lo hacemos porque sentimos que es la metáfora, la capacidad nuestra de simbolizar, lo que nos trae calma y tranquilidad en este mundo complejo, maravilloso e incomprensible por momentos.
«…Buscamos atrapar a un espectador que actualmente se encuentra sobreestimulado y buscamos ese dinamismo y entretenimiento desde el principio, sabiendo que la propuesta es potente y muy divertida…»
—La obra plantea dos preguntas que funcionan casi como una declaración de principios: “¿Acaso el arte del engaño es un arte?” y “¿Acaso el arte es un engaño?”. Después de tantos años creando y actuando, ¿qué respuesta te darías hoy a esas preguntas?
Diría que nos vivimos engañando a nosotros mismos. Por momentos estos engaños nos ayudan a seguir adelante y otras veces nos juegan malas pasadas. El arte no es ningún engaño, pero a veces hay engaños tan artísticos que pueden ser considerados como tal. ¿O acaso el engaño no es también la posibilidad de crear una ilusión, una esperanza, una oportunidad? ¿O acaso no nos engañamos y nos olvidamos de nuestra finitud?
Por supuesto que el arte es transformación y tiene poco de engaño, pero sus procedimientos muchas veces son parecidos.
—En cuanto a próximos pasos, y como te vengo preguntando, todo en tu vida funciona en colectivo —aunque quizás esa sea tu filosofía de vida—, ¿cuáles son tus próximos objetivos personales?
Estrenar, disfrutar de lo que hago, seguir produciendo, pero sobre todo disfrutar de las cosas que me suceden y seguir con energía para generar que sigan sucediéndome.
Seguir creciendo artística, profesional y personalmente. Soy una persona bastante solitaria y amo estar solo, pero es imposible pensarme como un individuo aislado. Somos sujetos colectivos, sin el otro no existimos. Así es en el teatro y en la vida, por lo menos para mí.








