A 25 años de una obra que desapareció sin dejar registro, el actor regresa con “Solo como una perra”, ahora junto a Juanse Rausch. Entre memoria, amistad, humor, teatro y paso del tiempo, el actor reconstruye un espectáculo que ya no podía volver exactamente como había sido.
Hace más de dos décadas, Juan Pablo Geretto estrenó Solo como una perra. Después, la obra se perdió. No quedaron registros, videos ni archivos que permitieran volver sobre aquella experiencia. Quedó algo mucho más frágil: la memoria. Y también quedaron las personas que la habían visto. Recientemente, junto a Juanse Rausch, Geretto decidió regresar a ese material. No para reproducir aquello que alguna vez existió, sino para descubrir qué podía aparecer cuando una obra perdida vuelve a ser pensada desde el presente.
El resultado es un espectáculo que transita entre la reconstrucción y la creación, entre lo que uno recuerda y lo que los demás recuerdan de uno. Una obra sobre el teatro, pero también sobre el paso del tiempo, la amistad, las transformaciones sociales, el humor, las referencias que construimos y las que quizá no supimos que estábamos construyendo.
En paralelo, Geretto continúa en cartel con Berlín, Berlín, sostiene a esa Maestra Normal que se convirtió en uno de sus personajes más reconocibles y recuerda su experiencia con Las cosas maravillosas. En esta charla con RANDOM, todo parece dialogar con una misma pregunta: qué hacemos con el tiempo que tenemos y qué queda de aquello que alguna vez hicimos.
¿Cómo nació esta posibilidad de volver a hacer Solo como una perra y qué empezó a trabajar en vos ese mecanismo de los recuerdos?
Sí, la verdad que básicamente lo que empezó a laburar en mí es conocer a Juanse también. Y bueno, se inició medio como contándole una obra que yo no tenía registro y que había desaparecido, como uno le cuenta a otra persona. En este caso, Juanse tiene 29 años y era más o menos la misma edad que tenía yo cuando estrené esta obra.
Así que empezamos a tener esas charlas donde me parece que garpaba el intercambio generacional y las diferentes formaciones que tenemos y demás. Enriqueció algo que después se fue dando.Cuando le propuse hacer Solo como una perra ya estaba propicio todo para que sucediese.

¿Y qué recordás de aquella obra? ¿Qué descubriste que tu memoria también había transformado, inventado o incluso borrado, escondido bajo capas?
Muy. De hecho, la obra la estrenamos hace muy poco, pero todo el proceso fue precioso. Fue hermoso, fue a flor de piel. Encontrarme de nuevo con el público de ese momento, con amigos de aquel momento y pensar que contar esas historias también era necesario en esta nueva versión de Solo como una perra, que nunca recordamos igual. El recuerdo ya por definición es como un hecho creativo. Básicamente, qué bueno que no hubo registro de todo esto.
Primero porque es improbable que yo hubiera hecho la obra nuevamente. Y todo eso nos permitió pensar un poco lateralmente en qué se podía hacer y eso fue muy enriquecedor, la verdad. Básicamente la obra es eso, es como juntarse con gente, recordar juntos diferentes puntos de vista de tu vida que, si por ahí lo tenés impreso y tenés las fotos y tenés el video, te quedás en tu casa con toda esa información digital. Y toda la analogía de encontrarnos y de charlar y que uno se acuerde y que otro no, y que otro aporta y demás fue increíble.
Porque aparte aparecieron videos y cosas que yo ya no recordaba bien si había hecho yo o si no. Pasaron muchos años, pasó mucha vida dentro de esos años también, así que fue como, diría, sorprendente todo lo que sucedió y emocionante.
«…Y si me dan muchas ganas de hacer algo, me lo produzco, busco producción y lo hago. Quiero decir, no soy un actor que se quede esperando que las cosas sucedan…»
También hubo que revisar qué pasó con el humor en estos 25 años. ¿Qué tuviste que transformar para traer aquella obra al presente?
Sí, también nos reíamos del bullying y eso no es humor. Nunca lo fue, digamos. Entonces habría que entender como otra… o abrir otro melón, como dicen los españoles en este sentido, porque me parece que las cosas que había en ese momento que podrían llegar a ser ofensivas o tenían que ver con el contexto del transformismo también, con una forma de comunicarnos entre nosotros y de leernos.
Luego eso está blanqueado en la obra. Jugamos incluso con eso, con decir: “Mirá, decíamos esto, era una barbaridad, ahora no lo vamos a decir”. Igual lo decimos, o sea, porque ya está dicho en la obra. Al decir esto ya lo decimos. Y a mí me parece como divino eso de poder decir: “Che, mirá, hace tantos años nos reíamos de esto y ahora nos seguimos riendo de esto”, porque del otro lado hay alguien que puede… porque es de nosotros mismos, básicamente.
Y me parece también que tiene que ver con la intención con la que se hacen las cosas. Siempre pongo el mismo ejemplo, pero había representaciones de los gays en ese momento de los noventa que eran ofensivas o por ahí con un estereotipo que no hablaba, que te ponía incómodo. Y después estaba Huguito Arana con el mismo estereotipo, lo hacía con una ternura, con otra intención y con otra amorosidad. Y no es lo mismo que lo haga una persona que lo haga otra, así haga lo mismo.
Entonces es como también las intenciones, comprender lo que se dice, comprender un colectivo, comprender el sufrimiento. Pero nosotros siempre estuvimos en las minorías, entonces eso lo entendíamos perfectamente y hacer humor era parte de la supervivencia. Entonces, bueno, nos salía de esa manera.
Así que no tuve que adornar nada en el humor. Sí, después en otras cosas más técnicas, pero en el humor no hubo que hacer nada.
¿Y qué te pasó al reencontrarte con ese artista que eras hace más de dos décadas? ¿Hubo algo que te sorprendió al volver a mirarlo? Tal vez su coraje, su valentía o incluso cosas en las que estaba adelantado a su época?
Mirá, dos cosas. La crueldad era de la época y si vos decís que estar adelantado a la época era no ser cruel, te lo tomo, pero nunca fue cool, o fue de ninguna época ser cruel. Y luego, con una mirada, cuando yo miro fotos o todo el material en video que encontramos, espectáculos o lugares donde estoy, siempre hay una mirada propia y ajena al mismo tiempo. Es como, mirá, no sé si me reconozco bien, bien, pero indudablemente soy yo.
Y hay una ternura en esa mirada también, como una cosa de más piedad y de más amor del que tenía a mí mismo en ese momento. Si todo fue bien en la vida y pudiste cumplir años y si todo fue mucho mejor en la vida y pudiste madurar en esos años, creo que es la mirada que corresponde.
“Qué chiquito, qué divino y cuántas cosas hacía con tanto menos miedo, con tanta más alegría”. No cambiaría esa época por esta tampoco, pero poner las cosas en su lugar con respecto al discurso interno.


¿Qué descubriste haciendo esta reconstrucción que quizás no te hubiera pasado si hubieras conservado el texto y todos los registros originales?
No sé si fue en eso, sino como, bueno, cuando hicimos la revisión, el encuentro, el recorrido por esos años, por los años 90 en Rosario. Pero se podría haber trasladado a cualquier otra ciudad.
Eso fue como lo que decidimos contar, más que nada, cómo habíamos normalizado algunas cosas, en qué situación estábamos. Por supuesto, siempre yo hablo en plural, pero el show es en singular, hablando por todos. No solo por todos los colectivos, sino porque eso excede al colectivo como sociedad. Qué nos pasaba en ese momento, qué habíamos normalizado, qué nos parecía divertido, los que están, los que no están, por qué. Cómo fue eso nos parecía interesantísimo para contar.
Y sobre todo, aquel espectáculo Solo como una perra, que fue muchos espectáculos. Porque imaginate que en años cambió muchísimo. Algo tan personal cambia mucho. Básicamente, porque uno va madurando, porque el texto cambia, se te ocurren otras cosas y así de a poco se va transformando en otra cosa.
Pero básicamente en ese momento hablaba de mi viaje del pueblo a Rosario. Y en ese momento fue como Rosario y la red de gente que te sostiene. Rosario o cualquiera que te sostiene en tu vida. La familia más allá de la familia, la red que se teje con los parientes, con los amigos, con el paisaje, con tus mascotas, con las cosas que te sostienen más allá de la familia, de lo que uno se imagina que tiene que ser una familia. Así que sí, fue como más que nada hablar básicamente de los amigos.
«…no estoy en grupos donde no quiero estar. Y sobre todo, cuando uno va cumpliendo años ya va pensando que su tiempo es más finito y valioso…»
Ahí aparece algo muy afectivo en la obra. Y también en la manera argentina de construir vínculos.
Porque en esos momentos, y creo que para todos y sobre todo para los argentinos que hemos inventado el Día del Amigo, no es casual. Nuestras contradicciones, la forma de relacionarnos que tenemos los argentinos con otros es muy particular, como muy particular es cualquiera en el mundo, pero yo la verdad es que no preferiría otra.
Si tengo que pensar por qué me gusta ser argentino creo que es por eso también. Porque la forma que tenemos de expresar el afecto y de charlar y de meternos en problemas hablando sin que el otro se ofenda o, si se ofende, se desofende.
He tenido oportunidad de viajar, de estar en otras sociedades y en otras culturas y es como la superficialidad que sostienen en las conversaciones puede durar años hasta que van abriendo la capita.
No digo que esto sea mejor o peor, pero a mí me encanta esto. Viste, vamos al hueso, charlamos lo que tenemos que charlar, nos duele, lloramos, nos abrazamos, nos damos un beso, seguimos, nos peleamos. Como algo bueno, más latinoamericano te diría. No solo latino, digo latinoamericano. Y hay algo bueno.
Hay algo muy particular en el teatro: la función sucede y después desaparece. Y esta obra, de algún modo, habla de esa naturaleza misma del teatro y de lo que queda cuando una experiencia termina. ¿Sentiste eso durante el proceso?
Claro. Básicamente también lo reconstruimos con lo que nos decía la gente que le había pasado con la obra, que básicamente ahora es la obra. La gente decía cosas increíbles, amorosas, sospechadas por un Juan Pablo de 29 años que solo estaba tratando de pagar el alquiler. No tenía muchas más pretensiones con mi trabajo, ni siquiera una vocación firme o una expectativa.
Y con eso, digo, muchos años después, sobre todo a partir de mis 50 años, chicos que me escribían: “Yo vi tu obra y, a partir de ver tu obra, entendí que el teatro era posible para mí”, que se podía hacer de otra manera, que se podían contar otras cosas o que habían salido del closet.
Porque en ese momento yo tenía 29 y era chico. Uno de 18 o 17 era muchísimo más chico que yo. Y tener un referente admirable, digamos, no para nosotros mismos, porque nosotros nos admirábamos mucho entre nosotros, pero estábamos en boliches donde no podés llevar a tus viejos, en una época distinta.
Pero acá era en el marco de un teatro. Lo que el teatro te ofrece: público heterogéneo, admiración hacia ese artista. Y ahí tuvo uno que decirse: “Bueno, mirá, viste todo esto, bueno, les tengo que contar algo”.
Y eso también. Muchos chicos me hablaron de eso y chicas. Fue precioso eso. Por supuesto, yo no me esperaba ni pretendía semejante cosa. Pero había pocos referentes en ese momento y yo poco menos no sabía que lo estaba haciendo para un puñadito de gente.

También estás haciendo Berlín, Berlín, con un elenco grande. ¿Qué descubriste al trabajar con tantos compañeros después de tantos años construyendo tus propios personajes y espectáculos?
Todo construye el presente. En este momento creo que hay cosas que se mantienen y cosas que no. Como, por ejemplo, no estoy en grupos donde no quiero estar. Y sobre todo, cuando uno va cumpliendo años ya va pensando que su tiempo es más finito y valioso, así que destinarlo a grupos donde uno no tiene ganas tiene un costo mucho más alto que cuando sos joven.
Entonces primero me aseguré de que el grupo fuera un grupo humano donde me diera gana de estar. Puede fallar, pero en este caso no falló. Ya había trabajado con Fer, Fer había trabajado con Maxi, todos habían trabajado en algún momento o se consiguen referencias más fácil. Y todo eso conformó un grupo humano para el cual hacemos la obra todas las noches.
Todos hacemos la obra para nosotros mismos y nuestros compañeros todo el tiempo. Y creo que eso es precioso. No porque el público no interese, sino porque el público va ese día y se va y nosotros estamos con nosotros todo el tiempo.
Entonces cambiás algo para que el otro se ría, se sorprenda, se divierta, se emocione. Esas cosas, como para los técnicos también, hay algo que se produce ahí que es hermoso y creo que se ve. Y por suerte lo acompañó la gente en esta vuelta.
Pero bueno, me encanta estar en Berlín, Berlín, con una producción de Gustavo Yankelevich a la cabeza, de RGB, que está en los detalles, que es amorosa, que es exigente. Es una industria y hay que estar a esa altura. Y en eso sí es mucho más relajado que lo que hacíamos en los 90, sobre todo porque vivo a tres cuadras del teatro, estoy cerquita y eso me da más calidad de vida también. La paso bien, la pasamos bien.


¿Y te modificó algo tu manera de pensar el teatro o tu propia manera de actuar trabajar sobre un texto como Berlín, Berlín?
Lo que pasa es que en las comedias no es que teníamos que sí o sí ser tan rigurosos con el texto. Yo creo que por lo menos mi personaje, no digo nada de lo que estaba en el texto, tiene ese espíritu, tiene ese fin. Los pies hay que darlos, las cosas hay que hacerlas, pero nos da mucha libertad para poner nuestra impronta.
Y creo que para eso nos llaman también, para que pongamos nuestra impronta en esos personajes. En este tipo de obras, donde más allá de lo que se dice, lo que no se dice o del texto, hay que entender los mecanismos y los engranajes del humor. Que eso es otra historia también, ¿no?
Un grupo grande… cuanto más grande es el grupo, más cositas pueden fallar. Hubo mucho ensayo, mucho profesionalismo, mucha diversión y mucha creatividad en el medio. Y libertad también. Cosas que proponía, que en general, digo, todos eran bienvenidas. Y eso es genial. La directora, Corina, es muy buena en eso, con tomar lo que vos tenés y potenciar el costado que querés trabajar.

Y volviste también con Maestra Normal, un personaje que sobrevivió más de dos décadas y atravesó épocas muy distintas. ¿Qué tiene ese personaje que hace que no envejezca?
Sí, total. Bueno, creo que lo que tiene es como que ese modo de educar al soberano ha transcurrido durante muchas generaciones y que de alguna manera sigue haciéndolo, cambiando la fachada pero no la estructura. Tal vez más degradado, pero como todavía ese tipo de educación para la industria sigue siendo algo presente, esa estructura sigue estando.
No sé cuándo tendremos tiempo de trabajar sobre cosas a largo plazo en este país porque estamos siempre atendiendo lo urgente. Pero también me parece que, y también me parece que perdura porque yo, como premisa, tengo siempre no juzgar a los personajes. Los espectáculos tienen mucho tiempo como para explicar otras cosas, para darle matices, profundidades, superficialidad, la cosa que parezca esto pero es otra cosa, que parezca otra cosa pero es esto.
Todo eso lo podés desarrollar con tiempo. O por lo menos yo, que no sé trasladar esto a lenguajes más audiovisuales o televisivos con los tiempos, más que nada.
También tuve la suerte de que este personaje durara muchos años. Porque también todos pasamos, cuando digo todos exagero, es más un deseo… pasamos por la educación pública alguna vez. Entonces, es como mi devolución crítica y amorosa a todo eso, a todos esos momentos.


También pasaste por Las cosas maravillosas, un texto muy duro pero que encuentra en el teatro una manera muy particular de hablar de esas cosas. ¿Qué te llevó a elegirlo?
Básicamente elegí este texto también porque era un texto que pensé que podría haber sido mío. Quiero decir, no que lo podría haber escrito, sino que entendía por dónde iba y creía que le podía aportar algo a eso.
Fue muy difícil para mí hacer ese texto. Así que, y hermoso también. Tuve revoluciones preciosas. Fue breve y hermoso.
Después de tantos años, tantas funciones y tantos personajes, ¿qué materias pendientes, anhelos o sueños sentís que te quedan?
Sería divino tener un solo trabajo y vivir de eso. Sería como el anhelo de todo el mundo, básicamente. En el teatro no estamos exentos. En general siempre hago lo que tengo ganas. Entonces nunca tuve ganas de hacer otras cosas de las que hice. Era porque era lo que quería hacer en ese momento.
Y si me dan muchas ganas de hacer algo, me lo produzco, busco producción y lo hago. Quiero decir, no soy un actor que se quede esperando que las cosas sucedan. Por lo menos para mí funciona de esa manera.
Claro eso atraviesa toda tu carrera y es la autogestión. Esa decisión de no quedarse esperando el llamado.
Lo que pasa es que la gente que hemos transitado o que quisimos hacer esto en el interior, claro, no te queda otra. No estaba la figura del productor que te llamaba, era algo más de Capital. Entonces, bueno, en un momento ya lo aprendimos a hacer y lo seguimos haciendo.
Solo como una perra, con actuación de Juan Pablo Geretto, dramaturgia de Geretto y Juanse Rausch y dirección de Rausch, se presenta los lunes a las 20 en Dumont 4040. Más que recuperar una obra perdida, Geretto parece estar haciendo otra cosa: conversar con aquello que fue, aceptar que la memoria nunca devuelve exactamente lo mismo y permitir que el presente termine de escribir lo que alguna vez comenzó.








