Entre lo propio y lo fantástico

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En las últimas décadas, la literatura latinoamericana ha ido resignificando no sólo la tradición del realismo mágico que la hizo célebre en el siglo XX, sino también los territorios más amplios de la speculative fiction: la ciencia ficción, la fantasía y las narrativas utópicas y distópicas que dialogan con el futuro, la tecnología, la memoria histórica y las tensiones sociopolíticas de nuestros países.

En Argentina, uno de los núcleos más fértiles de esa conversación se encuentra en la obra de Samanta Schweblin, autora cuya novela Kentukis ha sido destacada por críticos y lectores por su reflexión distópica sobre la tecnología, la intimidad y el capitalismo posindustrial. La trama gira en torno a un dispositivo que transforma las relaciones humanas en un mercado de vigilancia y entretenimiento, reconfigurando las fronteras entre alienación tecnológica y deseo humano. Esta obra —aunque difícil de encasillar en un subgénero rígido— exhibe cómo la ciencia ficción puede articular preguntas profundas sobre el presente latinoamericano en clave especulativa.

También desde Buenos Aires, la obra de Agustina Bazterrica ha puesto las distopías en el centro de la conversación literaria contemporánea. Con Cadáver Exquisito y Las Indignas, Bazterrica construye futuros inquietantes donde los cánones éticos, sociales y biológicos se desmoronan, obligando al lector a confrontar cuestiones sobre cuerpo, violencia, consumo y poder que resuenan con problemas sociales actuales. Autora de una prosa precisa y provocadora, Bazterrica ha transformado la distopía en un lente para entender las tensiones de la modernidad sudamericana.

Mientras tanto, la fantasía reivindica raíces más tradicionales y épicas. La trilogía “La Saga de los Confines” de Liliana Bodoc (1958–2018, Argentina) es un monumento de la fantasía latinoamericana contemporánea. Inspirada en mitologías indígenas y en cosmologías propias del continente, Bodoc reimagina conflictos ancestrales como resistencias a la colonización y pugnas por la armonía con la tierra en un arco narrativo que dialoga con la épica clásica sin renunciar a su profunda hondura cultural. Su universo, en obras como Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego, articula una respuesta latinoamericana al canon global de la fantasía heroica con una voz propia e integrada a su geografía cultural.

También hay un diálogo en Argentina entre la tradición fantástica y el tratamiento contemporáneo de temas de género, poder y política. Mariana Enríquez, aunque asociada más al horror o a la weird fiction, traza líneas familiares con lo distópico al explorar, en obras como Nuestra parte de noche, los efectos persistentes de la violencia estatal y social, aun cuando su foco principal sea lo sobrenatural y lo grotesco. Su escritura demuestra cómo la fantasía y lo especulativo pueden ser vehículos para revisar traumas históricos, dictaduras y exclusiones.

En el terreno juvenil y urbano de la fantasía, la obra de Romina Garber, radicada entre Argentina y Estados Unidos, merece atención. Con Lobizona, una novela que mezcla elementos del folclore argentino —el mito del lobizón y la bruja— con la experiencia contemporánea de migración y desposesión, Garber crea una fantasía que no rehúye el contexto sociopolítico. Su narración se sirve de elementos clásicos del género fantástico para hablar de identidad, fronteras y pertenencia en un mundo globalizado donde las tensiones entre lo legal y lo ilegal, lo mágico y lo real se solapan.

Si bien géneros como cyberpunk y steampunk son todavía menos frecuentes en el mercado editorial argentino, hay rastros de su influencia. En el ámbito latinoamericano, nombres como Jorge Baradit (Chile), asociado a la hibridación del cyberpunk con mitos locales en obras como Ygdrasil, sugieren cómo esa estética postindustrial atraviesa el Sur Global con una sensibilidad propia, donde lo tecnológico se entromete con las jerarquías de poder y la periferia cultural. Desde Argentina, el escritor radicado en Nueva York, Michel Nieva, es el primero en explorar estos escenarios entre lo vernaculo y lo retro-futurista, acuñando incluso el termino Gauchopunk.

Otro giro interesante se encuentra en la hibridación del género fantástico con formas narrativas experimentales. Autoras como Belén Gache (Argentina-España), que exploran formas de escritura hipertextual o intermedial, incorporan lo especulativo no sólo en los contenidos, sino en la forma misma de narrar, extendiendo la utopía de la literatura más allá de las páginas tradicionales.

En conjunto, estos autores y autoras —aun cuando no todos se ajusten a estrictas etiquetas como solarpunk o steampunk— muestran la vitalidad de los géneros utópicos y distópicos en Argentina y Latinoamérica: una producción que no se limita a imaginar futuros tecnológicos, sino que transfigura la historia, el mito, la memoria y la política en un prisma especulativo profundamente arraigado en las complejidades culturales de la región.

La literatura contemporánea de la región ha aprendido a hablar de futuros posibles no como abstracciones distantes sino como espejos deformados del presente: desde la distopía crítica hasta la reconfiguración de lo fantástico, los escritores latinoamericanos están reescribiendo —y desafiando— las utopías heredadas para proponer imaginarios que resuenen con sus mundos reales.