En un universo vitivinícola argentino que todavía conserva templos, rituales y guardianes masculinos, Laura Ciacera irrumpe como una rareza fresca y luminosa. Una creadora que convirtió su intuición en método y la tradición familiar en un laboratorio a futuro. Licenciada y Máster en Comunicación, formada entre aeropuertos, viñedos y barricas, aprendió desde temprano que una marca no es un producto sino un relato, y que, cuando esa historia se vuelve auténtica, puede cambiar el modo en que se elige, se piensa y se bebe el vino. Su verdadero roce con el segmento, sin embargo, estuvo en San Juan, en la bodega familiar donde pasó casi dos décadas desarrollando líneas, mercados y un radar fino para leer al consumidor global.
En 2016 decidió romper con todo y al año siguiente fundó Lala lá, proyecto que empezó con un malbec orgánico cuando casi nadie apostaba por ese camino en la Argentina. Hoy es una firma joven, elegante y en expansión, con cinco variedades, partidas limitadas y una identidad que combina precisión francesa, sensibilidad contemporánea y pulso propio. Con un equipo de enólogos encabezado por los premiados Leo Borsi y Silvia Corti, Ciacera, a sus 52 años, diseña vinos que cambian con cada vendimia, pero conservan un estilo reconocible: frutados, sofisticados, limpios, fáciles de beber, profundamente actuales.


Entre Mendoza, Buenos Aires y Europa, la fundadora de Lala lá lidera una marca que crece 30 por ciento anual, rompe viejos esquemas de producción y redefine qué significa hacer vino desde la sustentabilidad, la creatividad, la libertad y el cuidado del medio ambiente. En exclusiva para Random, su historia.
-Tu recorrido personal y profesional está muy ligado al vino.
-Vengo de una familia sanjuanina y mendocina, ambas con raíces vitivinícolas. Mis abuelos maternos tenían viñedos en San Juan y en el año 2000 empezamos a elaborar una etiqueta propia, llamada El Guardado. Fue mi escuela, allí aprendí el oficio, sobre la tierra y el consumidor. Esa experiencia marcó mi vínculo emocional y profesional con el vino. Y si bien la empresa familiar continúa enfocada en vinos a granel, mi camino tomó el rumbo orgánico, cuando en 2016 comencé a desarrollar ideas distintas que no iban con el estilo de la empresa familiar.
-¿Cuáles eran esas ideas?
-Empecé a estudiar más el mercado, a los nuevos consumidores y entendí que el consumo pedía otra cosa: vinos más livianos y orgánicos. Era difícil implementar esas ideas en una estructura tradicional como la sanjuanina, entonces creé mi propia marca. Al tener formación en comunicación e imagen corporativa, comencé a desarrollar líneas, conceptos y estéticas más acorde a los tiempos que se venían.


–¿Así nació Lala lá?
-Exacto. Me instalé en Mendoza, armé un equipo con profesionales de más de quince años de experiencia y diseñamos una propuesta coherente con esa tendencia que veía crecer. En 2017 salió nuestro primer Malbec y hoy tenemos seis etiquetas, entre ellas una Criolla 100 por ciento que obtuvo 93 puntos Suckling y un rosé Tempranillo-Criolla.
– Qué significa “Lala lá”?
-La marca salió con el nombre Lala lá porque quería que quien la viera imaginara algo orgánico desde el principio, sin un nombre institucional o un apellido. “La la lá” es lo que cantamos cuando no sabemos la letra, algo natural, espontáneo. La etiqueta también transmite momentos naturales que perdimos con la vorágine tecnológica, como tirarnos en el pasto, un picnic, jugar con nuestra mascota, escuchar música, desconectar. Lala lá es un estilo de vida, no sólo un vino.
-¿Cómo es ser la dueña de una marca de vinos en un rubro liderado por hombres?
-Gracias a Dios, en los últimos años, las mujeres salimos más a la luz en el rubro vitivinícola. Las enólogas estaban, pero no se veían. Las sommeliers también, pero no tanto. En la última década tomamos más visibilidad. Pasamos a ser, en muchas empresas, las frontwoman y eso me llena de orgullo. De hecho, ahora, la mejor sommelier argentina es Alma Cabral y para todas debería ser un espejo, un faro. Hay grandes enólogas. Pero sigue habiendo pocas mujeres que hayan hecho lo que yo hice, salirse de la empresa familiar y tomar un camino propio. Cuando una tiene algo en qué creer, le recomiendo seguir su instinto y su sueño.
-Una de las bases de toda organización, es armar un equipo sólido y homogéneo.
-Coincido. Nosotros somos unas diez personas que compartimos la misma filosofía, la de elaboración sustentable, impacto social positivo y un producto que prioriza calidad sin volverse inaccesible. Hay pocos vinos orgánicos certificados con esta delicadeza en Argentina. Los nuestros combinan cuidado del viñedo, trabajo artesanal y un perfil de media-alta gama.

-¿Estás involucrada en todo el proceso?
-Sí, en absolutamente todas las etapas. No soy enóloga, pero acompaño desde la selección de las uvas hasta la certificación técnica. También trabajo la estética, que es clave para nosotros: una identidad delicada, femenina, orgánica, con un espíritu artesanal que refleja el cuidado que hay detrás de cada botella.
-¿Qué diferencia encuentra el consumidor distraído entre un vino Lala lá y uno tradicional?
-La gran diferencia es el proceso. En los viñedos convencionales se usan pesticidas, herbicidas y fertilizantes; en la elaboración, sulfitos y químicos. Nosotros no usamos nada de eso, trabajamos con viñedos limpios, sin glifosato, sin residuos y con mínima intervención. Buscamos pureza y expresión natural. El vino orgánico genera bienestar. Lo tomás sabiendo que no te va a caer pesado y que al día siguiente no te vas a sentir mal. Y por sobre todo, que está hecho con responsabilidad ambiental.
«formada entre aeropuertos, viñedos y barricas, aprendió desde temprano que una marca no es un producto sino un relato«
–¿Cómo son recibidos los vinos orgánicos en el país y en el exterior?
-Depende la región. Iguazú, Córdoba y Mar del Plata los adoptaron muy bien. Zonas más tradicionales como Bariloche, son más lentas, pero de a poco lo van conociendo. En el exterior hay un interés genuino porque el consumidor global está habituado a productos orgánicos. Nosotros operamos con depósitos en Mendoza y Buenos Aires, y distribuimos a todo el país. Para el exterior trabajamos con importadores y adaptamos la oferta según cada mercado. Es un crecimiento gradual, pero sostenido. En un país cambiante como el nuestro, estas cuestiones burocráticas son día a día, pero en líneas generales, Argentina es un punto vitivinícola de interés para el mundo.
-¿Cómo es tu día a día entre Buenos Aires, Mendoza y el exterior?
-Me reparto de forma metódica entre los tres puntos. Opté por una estructura mínima porque los costos en Argentina se vuelven muy difíciles. Entonces comparto bodega, electricidad y recursos para reducir costos y sostener la sustentabilidad con otras firmas. Trabajo con tres viñedos orgánicos certificados en Mendoza y superviso cada parcela en cosecha. Vivo en Buenos Aires, viajo seguido a Mendoza y participo de ferias internacionales según la estrategia comercial del semestre.
-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere entrar al mundo del vino desde cero?
-Que investigue las tendencias globales, no sólo del mercado argentino o regional, sino internacional. Que arme un equipo confiable, desde enólogos hasta ejecutivos de ventas, y que incorpore herramientas digitales, que hoy por hoy, son la clave. Y si quiere ir hacia lo orgánico, que se prepare para un proceso largo de certificaciones y aprendizaje técnico, porque demanda rigor y mucha paciencia.







