El 1 de agosto, la tierra tiene hambre: lo que el día de la Pachamama nos dice sobre quiénes somos

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Una vez al año, millones de personas se arrodillan frente a un pozo en la tierra y le dan de comer a la Madre. No es solo una tradición: es una de las cosmologías más completas del ser humano haya construido y tiene mucho para decirnos sobre como vivimos hoy.

Hay una escena que se repite cada 1 de agosto en el noroeste argentino, en los altiplanos de Bolivia, en los Andes de Perú, Chile y Ecuador, y que en los últimos años se fue extendiendo silenciosamente a los balcones de los departamentos porteños y a las plazas de las grandes ciudades: alguien cava un pozo en la tierra, deposita comida, bebidas y palabras, lo tapa, y pide. No a un dios en las alturas. A la tierra que pisa.

Esa escena tiene más de dos mil años. Y, si la miramos bien, dice cosas que ningún psicólogo de autoayuda ha dicho mejor.

Una palabra que contiene el universo

El término Pachamama viene del quechua y del aimara. Mama significa madre. Pero pacha no significa simplemente «tierra»: significa mundo, universo, tiempo y espacio al mismo tiempo. Todo junto, todo en una sola palabra. El arqueólogo sueco Eric Borman, quien recorrió el noroeste argentino documentando estas tradiciones, lo resumió así: «Pacha quiere decir ‘deidad’, ‘ser sobrenatural’. Pachamama es, según los habitantes del altiplano, la Santa Tierra, la madre de todos y de todo».

No hay en la cosmovisión andina una separación entre el ser humano y la naturaleza. No existe ese abismo que la modernidad instaló entre «nosotros» y «el ambiente». En el pensamiento andino, esa grieta no existe: todo lo que existe tiene vida, desde las personas hasta las piedras, las montañas, los ríos y las estrellas. «El todo es más que la suma de las partes. Nada se comprende aislado: todo está inmerso en un sistema interrelacionado», explica el psicólogo peruano Arnaldo Quispe.

Por qué agosto, y por qué el 1

La elección de la fecha no es arbitraria ni poética. Es técnica y espiritual al mismo tiempo. En el calendario agrícola andino, agosto marca el fin del invierno: la tierra sale de su descanso, está por despertar, está por recibir las semillas. Pero antes de pedir, hay que dar. Antes de sembrar, hay que alimentar a quien siempre nos alimenta.

Horacio Delfín Galán, docente y guía en el Pucará de Tilcara, miembro de la comunidad kolla, lo explica con precisión: «La Pachamama se inserta dentro del ciclo agropastoril a lo largo del año. En la época seca, agradecemos lo cosechado y ofrendamos comidas. Es el inicio del barbecho: limpiamos canales, podamos plantas, damos vuelta la tierra». No es una celebración aislada: es el eje alrededor del cual gira el año entero.

La tradición dice, además, que el 31 de julio los cuatro elementos —agua, fuego, aire y tierra— entran en conflicto y disputa durante doce horas. El mundo está, durante esa noche, en una tensión cósmica. El mediodía del 1 de agosto es el momento en que se reestablece el equilibrio. Y es allí cuando la ceremonia central debe ocurrir.

La corpachada: darle de comer a la tierra

El ritual central se llama corpachada, y es tan concreto como profundo. Se cava un pozo redondo —la «boca de la Pachamama»— y se deposita dentro: locro, tamales, humita, hojas de coca, chicha, vino, frutas, dulces, tabaco. El abuelo, siempre el mayor, conduce la ceremonia. Enciende un cigarrillo y lo coloca vertical en la tierra. Musita en quechua: «Pachamama, kusilla, kusilla».

Cada ofrenda se entrega de rodillas, en orden de edad, de mayor a menor. El gesto tiene una lógica tan clara que resulta casi obvia: devolver a la tierra una parte de lo que ella entregó. No es súplica. Es reciprocidad. «Lo que nosotros llamamos la crianza recíproca», dice Galán. «Yo crío mis animales, me crío junto a ellos. Cuando cosecho, cuando comparto esa comida, hay una convivencia continua con el territorio».

La caña con ruda también forma parte del ritual: tres sorbos en ayunas de aguardiente macerado con hojas de ruda macho, tradición que llegó de los pueblos guaraníes. «La caña con ruda, contra el mal ayuda», dice el refrán. Se echa un chorrito en la tierra para convidarle a la Pachamama, y se dice: kusiya, kusiya —»ayudame, ayudame», en aimara.

Tres mundos, una sola conciencia

Lo que más asombra de la cosmovisión andina es su sofisticación filosófica. El psicólogo Arnaldo Quispe traza una correspondencia que detiene: los tres planos del universo andino —el Kaypacha (el mundo del presente), el Ukupacha (el mundo interior y pasado) y el Jananpacha (el mundo superior y futuro)— equivalen, en términos psicoanalíticos, al consciente, el subconsciente y el supraconsciente.

Y hay más. Así como el pensamiento oriental propone el Yin y el Yang como opuestos complementarios, la cosmovisión andina propone la dualidad entre Tata Inti —el Padre Sol, también llamado Wiracocha, el Padre-Cosmos— y la Pachamama, la Madre-Cosmos. Dos fuerzas que no se anulan: se complementan, se equilibran, se necesitan.

La que sobrevivió a todo

La Pachamama no llegó a nuestros días por inercia. Llegó a pesar de todo. Con la conquista española, estas prácticas fueron perseguidas, condenadas, forzadas al silencio. Y resistieron. Durante la última dictadura militar argentina, los rituales fueron nuevamente prohibidos y criminalizados. Las familias andinas los practicaban de noche, a escondidas, para no ser vistas. «Cuando éramos niños, muchas personas celebrábamos la Pachamama a la noche porque ahí estábamos a resguardo y anónimos», recuerda Galán.

Que hoy se celebre en plazas, en hogares urbanos y en balcones con macetas es también un acto de resistencia cultural que lleva siglos acumulados.

Lo que la Madre Tierra nos está pidiendo

María Ochoa, cacique de la comunidad Kolla Malkawasi de La Plata, dijo algo que merece quedarse: «Los jóvenes tienen una mirada distinta de lo que es la vida y buscan lo natural, lo sano, la buena alimentación. Hay una energía cósmica que se está dando, a la que nosotros llamamos el Gran Pachacútec: una energía de gran despertar, de conciencia, de volver a los conceptos fundamentales de la existencia».

En tiempos de crisis climática, sequías, incendios y sobreexplotación de recursos naturales, la figura de la Pachamama cobra una dimensión nueva. Lo que por siglos fue patrimonio de los pueblos originarios hoy resuena en los informes de las Naciones Unidas: no se puede tomar sin devolver. No hay civilización posible sin reciprocidad con la tierra.

Cada 1 de agosto, millones de personas se arrodillan frente a un pozo y recuerdan eso que la modernidad parece haber olvidado: que la tierra no es un recurso. Es una madre. Y tiene hambre.