Lo que le pasa al cerebro cuando leemos ficción: la ciencia que explica por qué los lectores son más empáticos

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Leer una novela no es simplemente entretenerse. Es, según los neurocientíficos, una de las formas más sofisticadas que tiene el cerebro humano de entrenarse para vivir en sociedad. La ciencia tiene pruebas.

Hay algo que los lectores empedernidos saben de manera intuitiva y que ahora la neurociencia está confirmando con resonancias magnéticas: leer ficción nos cambia por dentro. No de forma metafórica. De forma literal, medible, con actividad cerebral que persiste días después de cerrar el libro. La pregunta no es si leer hace bien. La pregunta es por qué hace exactamente lo que hace.

Tu cerebro no sabe que es ficción

Cuando leés una novela y un personaje corre, cae o llora, algo en tu cerebro no distingue muy bien entre la escena ficticia y una experiencia real. Una investigación de Lisa Aziz-Zadeh, publicada en Current Biology, demostró que leer frases que describen acciones físicas —»tomar una banana», «morder un durazno»— activa las mismas regiones cerebrales que controlan esos movimientos reales. Las neuronas espejo no leen la aclaración «es ficción» al pie de página.

Y esto va más lejos. Un estudio liderado por el neurocientífico Gregory Berns de la Universidad de Emory, publicado en Brain Connectivity, siguió durante 19 días a 21 estudiantes que leían la novela Pompeya de Robert Harris. Los escáneres cerebrales mostraron algo extraordinario: la conectividad en la corteza temporal izquierda y en la región sensoriomotora aumentaba significativamente en las mañanas posteriores a la lectura. Berns lo llamó «actividad sombra» —como la memoria muscular, pero para experiencias narrativas—. Los efectos persistieron hasta cinco días después de terminar el libro.

El simulador social más antiguo del mundo

Investigadores de Princeton y Harvard van un paso más allá en la explicación. En un estudio con neuroimágenes publicado en Social Cognitive and Affective Neuroscience, Diana Tamir y Jason Mitchell descubrieron que leer ficción activa la red neuronal por defecto —el circuito que el cerebro usa cuando piensa en otras personas, imagina el futuro o se pone en el lugar de alguien—. Cuanto más ficción leía una persona a lo largo de su vida, mayor era la activación de esa red ante contenido social.

La metáfora que usa Hartung, investigadora de la Universidad de Radboud, es precisa: la ficción funciona como un simulador de vuelo para pilotos, pero aplicado a la vida social. Cada vez que te sumergís en las motivaciones de un personaje, en sus contradicciones, en sus vínculos, tu cerebro está practicando exactamente lo mismo que necesita para entender a las personas reales.

Ficción literaria versus todo lo demás

Acá viene el dato que cambia la conversación: no cualquier lectura tiene este efecto. David Kidd y Emanuele Castano, de la New School for Social Research de Nueva York, condujeron una serie de experimentos con cientos de participantes y llegaron a una conclusión específica: solo la ficción literaria —no la ficción popular, no la no ficción— mejora de manera consistente la capacidad de entender los estados mentales de otras personas, lo que los psicólogos llaman Teoría de la Mente.

¿Por qué? Porque la ficción literaria obliga al lector a construir su propia interpretación de lo que sienten y piensan los personajes. No se lo dice explícitamente. Lo insinúa, lo deja incompleto, lo complejiza. Y ese esfuerzo activo es exactamente el que entrena la empatía.

Un estudio de la Universidad de L’Aquila con 214 participantes confirmó esta especificidad: quienes leyeron ficción literaria mostraron mejoras medibles en capacidades de mentalización al terminar la lectura. Los que leyeron no ficción o ciencia ficción, no.

Lo que esto significa para tu vida

El cerebro de un lector frecuente de ficción no solo procesa historias de manera diferente: procesa a las personas reales de manera diferente. Tiene más conexiones activas entre las áreas de lenguaje y las áreas sociales. Es más rápido leyendo emociones en los demás. Es más preciso interpretando situaciones ambiguas.

En un mundo que se fragmenta a velocidad creciente, donde cada vez es más difícil entender a quien piensa distinto, leer novelas no es un lujo ni una evasión. Es, posiblemente, uno de los pocos ejercicios que todavía nos entrena para ser humanos.